La esencia del bambú Capítulo 40
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Capítulo 40

El silencio es total por la sorpresa. Sara trata de aguantar la emoción al escucharlo, y aunque sus sentimientos se mezclan unos con otros, la alegría es innegable. Siente que por fin se está haciendo justicia, a pesar de haber llegado seis años tarde.

—Oh, qué buena noticia. —Alberto se pone de pie con las manos en la cabeza—. Quiero decírselo al abuelo personalmente, se va a poner muy contento, nunca entendió que no lo hicieran en su día.

—Sí, está muy bien que vayas a decírselo —comenta levantándose para darle un abrazo a su hijo.

—Creo que es el momento de brindar por esa magnífica noticia —menciona Jaime en tono respetuoso—, ya que este sería el primer homenaje en su honor.

—Sí, yo opino lo mismo —añade Selmo con orgullo—.  Hay que celebrar que se hace justicia con un hombre que ya no está entre nosotros, pero merecedor de esa medalla sin ninguna duda.

—Gracias —dice Sara dirigiéndose a Jaime en un susurro—. Voy a pedirle a Alicia que traiga unas copas y cava.

Nadie ha querido seguirla porque todos son conscientes de que necesita unos momentos a solas para lidiar con la emoción.

—Ha sido un bonito detalle por tu parte haber propuesto ese brindis —le dice Blanca a su padre en un momento en el que están solos.

—Es lo menos que podía hacer.

—Por cierto —añade sonriendo con malicia—, tengo que confesarte que al principio me he sentido rara al ver esas muestras de cariño entre vosotros, sin embargo, no te puedes hacer una idea, de lo feliz que me siento al verte tan enamorado.

—Para para —aclara alzando las manos—. Eso son palabras mayores. Aún es demasiado pronto para hablar de algo así.

—¡Ja! A mí no me engañas —expresa disfrutando al ver a su padre tan apurado—, pareces un jovenzuelo dándole besitos cuando crees que nadie te está mirando.

—No tiene gracia —protesta cabreado con una sonrisa mal disimulada.

—No pretendía que la tuviera —subraya abrazándolo—. ¡Qué feliz te veo, papá!, pese a las circunstancias en las que estamos inmersos ahora. A ver si acaba pronto todo esto, para que podáis pasar página de una vez.

Alberto aún no se ha repuesto del todo, después de escuchar a su madre relatar el modo en el que consiguió que Antonio confesara.

A pesar de haberlo contado como si de una película de acción se tratara, no podía disimular el infierno que vivió, ya que el temblor de sus manos daba fe de ello.

Por otra parte, tiene que reconocer que la relación de su madre con Jaime era lo mejor que podía haberle pasado, al ser testigo de la complicidad que existía entre ambos.

Ahora podía volver a Manhattan más tranquilo, sabiendo que no estaba sola.

—Jaime, hay algo que quiero preguntarte y me gustaría que fueras totalmente sincero. —Él alza una ceja al escuchar a Sara decirle eso—. Vale, eso ha estado demás, ya que siempre lo has sido.

—A ver, dime qué está rondando por esa cabecita tuya —la insta abrazándola por la cintura mientras pasean por la playa.

—No sé cómo decirte esto.

—Suéltalo sin más, y a ver qué pasa —señala parándose para mirarla a los ojos—. Te escucho.

—¿Por qué no…? —carraspea aclarándose la garganta—. Eh… ¿por qué…?

—Voy a ayudarte, para terminar pronto. La pregunta es… ¿Por qué no me he acostado contigo desde hace tres semanas? —Ella abre los ojos sorprendida—. La respuesta es muy sencilla, quería darte un poco de espacio y que fueras tú la que decidiera el momento adecuado.

—Ah, ¿acaso llevaba la pregunta escrita en la cara? —lo increpa con la cara muy roja—. Gracias por ser tan considerado, pero te echo de menos.

—Entonces no perdamos más tiempo y volvamos a casa —la apremia dándole un tierno beso en los labios—. Tenemos tres días para nosotros solos hasta que regresen nuestras familias y nuestros amigos para el homenaje.

Los días han pasado muy deprisa. Alberto y Blanca se han ido esa misma mañana a Manhattan prometiendo volver para el próximo verano; el resto de la familia están en el comedor, preparados para irse a Gijón tras disfrutar de una agradable comida.

Todos comentan, que aún tienen latente el recuerdo agridulce por reconocimiento tardío al que habían asistido el día anterior, y también las muestras de respeto que se habían sucedido unas tras otras, por parte de los antiguos compañeros de Yago, los cuales, aparte de pedirles disculpas, prometieron poner todo su empeño en esclarecer todo lo relacionado con aquella “tragedia”; como ellos la denominaban.

Santiago aún se siente emocionado por el bonito gesto que habían tenido con él su nieto y su nuera, al permitirle quedarse con la medalla.

Todos los presentes no han dejado pasar la ocasión de agradecerle a Jaime, la generosidad tan grande que ha tenido al ofrecerles su casa para estar todos juntos esos días.

—Sara, debo irme inmediatamente o perderé ese avión —le confiesa Jaime.

—Espero que todo quede por fin solucionado con tus socios.

—Si tengo que renunciar a algo lo haré, con tal de dejarlo todo firmado y cerrado cuanto antes. Ahora que voy a quedarme solo con mis cuatro asistentes, he pensado contratar a alguien más, ya que me he propuesto reducir mis horas de trabajo.

—Eso está muy bien —dice sin apartar de su mente la llamada que le ha hecho su jefe—. Yo no sé qué va a pasar con mi futuro laboral, estoy un poco asustada.

—No te preocupes, en cualquier caso, si esa reunión es para despedirte, te puedo contratar de secretaria.

—Para eso no hacía falta que me pidiera ir a Madrid el jueves —menciona en tono airado.

—No pienses ahora en eso. Anda, date prisa, si no tu familia se va a ir sin ti.

—De acuerdo, ya he acabado —afirma cerrando la bolsa de viaje—. Lo mejor de esa reunión es que el fin de semana vamos a estar juntos.

—¿Ves? Después de todo no ha estado tan mal que te haya citado allí —bromea dándole pequeños mordiscos en el cuello—. Estoy deseando volver a verte para besar una a una, esas pecas que me vuelven loco.

Por la noche han llegado a la estación de Gijón, y han decidido aceptar la invitación de Santiago para cenar todos en su casa. Les ha confesado que de paso quiere mostrarles el lugar tan especial donde va a poner la medalla de su hijo.

Al día siguiente, Sara se ha levantado antes del amanecer para no encontrarse con sus padres. No quiere que nadie la interrumpa en lo que tiene pensado hacer. Ha desayunado un café y una tostada, se ha puesto sus zapatillas de deporte y ha salido sigilosamente bajo un cielo plagado de estrellas.

Cuando ha llegado al parque del cerro de Santa Catalina, tras una larga caminata a paso muy ligero, ha subido por la empinada cuesta donde el sonido del mar se escucha cada vez más cerca.

Ha dejado la carretera y ha ido bajando por un pequeño sendero, mientras las primeras luces del día empiezan a aparecer tímidamente en el horizonte.

—Por fin he venido a decirte lo que tantas veces había soñado —habla mirando al horizonte tratando de contener la emoción mientras se sienta en el borde del acantilado—, tu asesino ya está en la cárcel.

No voy a reprocharte que en su día no me contaras tus sospechas, entiendo que jamás imaginaste que las cosas acabarían así.

Ha sido un largo camino, pero al fin tenemos todas las respuestas.

»He pensado mucho en las cualidades que tiene la planta con la que se hace esta esencia, y también en las creencias que existen en torno a ella —dice sacando el frasco de su bolsillo—, y he llegado a la conclusión de que siempre ha existido un hilo invisible que os mantenía unidos.

»De todas las historias que me contaste, hubo una que llamó especialmente mi atención.

Fue cuando me explicaste que, tras plantar su semilla, era imprescindible la perseverancia y la paciencia, y además había que tener la capacidad de saber esperar, ya que deben pasar seis años hasta que la vemos brotar.

Durante ese tiempo gracias a nuestros cuidados, sus raíces poco a poco van afianzándose a la tierra haciéndola muy fuerte.

—Respira soltando un hondo suspiro—.  Ese ha sido exactamente el tiempo que ha pasado hasta que se ha resuelto tu asesinato.

»Nunca creí que fueras culpable, sabía que eso era imposible.

Jamás me di por vencida y el tiempo me ha dado la razón.

En todos esos años, me aferraba a este aroma porque me hacía sentir que aún estabas a mi lado, y esa certeza me dio fuerzas aquella mañana para esclarecer tu muerte y conseguir que confesara el verdadero culpable.

Espero que pague todo el mal que ha causado y, aunque no te va a devolver la vida, ni a ti ni a los demás, por lo menos ya no hará más daño.

»Yago, hoy he venido a despedirme, ha llegado el momento de dejarte ir, tu alma ya puede descansar en paz.

No pensaba desistir hasta conseguir demostrar tu inocencia y por fin lo he conseguido con la ayuda de Jaime, que creyó en mi instinto.

Por eso, ya puedo cerrar ese capítulo de mi vida con la conciencia tranquila.

»Aunque ya no estés a mi lado, siempre estarás conmigo, Alberto es la prueba de lo que significó nuestro amor —continúa poniéndose en pie—.

Gracias por todos los años de felicidad que nos dedicaste.

Fuiste mi primer amor y ese lugar siempre será tuyo, pero debo seguir mi camino, y lo voy a hacer junto al hombre, que además de ayudarme a limpiar tu nombre, también me ha demostrado que se puede volver a amar, porque el corazón tiene una capacidad inmensa.

Sé que querrías que fuera feliz y en verdad lo soy.

Adiós Yago, hasta siempre. —Inspira por última vez su aroma, lo aprieta contra su pecho unos minutos, y después lo lanza al mar mandando un beso al cielo.

Sara ha salido de la reunión con su jefe y los nervios aun los siente a flor de piel.

Han sido cuatro horas en las que había tratado de convencerlo de lo equivocado que estaba por la decisión que había tomado, sin embargo, no lo ha conseguido.

Por eso aún está intentando hacerse a la idea de que ya no va a volver a trabajar en el hotel Torre Nazarí Coast.