La esencia del bambú Capítulo 39 #4
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Capítulo 39 #4

—Sí sí. Va a venir en cuanto le sea posible para estar conmigo.

Él ya está al tanto de todo, por eso es primordial que me jures que no le vas a contar nada a Alberto, y en el caso de que se entere, no pueda encontrar el pasaporte —le insiste en tono suplicante—.

Por favor, dame tu palabra de que lo vas a hacer.

Necesito que se quede ahí hasta que yo te dé permiso para que se lo devuelvas.

—De acuerdo, te lo prometo. Pero a cambio te pido que me vayas informando paso a paso.

—Cuenta con ello —acepta dando un hondo suspiro—. Ahora debo dejarte, tengo muchas cosas que hacer y el tiempo se me va. Gracias, tesoro, espero que pronto nos veamos. Cuida de mi “pequeño héroe” .

Después de tomarse un café y una pastilla para reponerse de la dura conversación que ha tenido con Blanca, ha mandado un mensaje a sus amigas y a su madre, diciéndoles que se va de viaje, que ya las llamará.

Ha mirado el teléfono y ha visto todas las llamadas que le ha hecho Jaime, y las ha ignorado todas, porque sabe que si habla con él le va a confesar la locura que está a punto de llevar a cabo, y ahora necesita a toda costa tener la mente despejada para vengar la muerte de Yago sin ninguna interrupción.

En este momento, su prioridad es Antonio, porque él, y solamente él, tiene todas las respuestas.

El vuelo privado que ha conseguido Jaime salía por la mañana. Ir en coche eran más de diez horas y no era una opción.

En un primer momento, cuando le contó a Sara lo que sabía, tenía la esperanza de que ella se quedara esperándolo como le había prometido, pero al comprobar que había desconectado el teléfono temía que cometiera un disparate, y con ello pusiera su vida en peligro.

Eso era algo que jamás se iba a perdonar.

Sin perder el tiempo, ha llamado a Manu para ponerlo en antecedentes, y su amigo le ha asegurado que no la va a perder de vista ni un segundo.

A primera hora de la mañana se ha cruzado con Silvia en la recepción y han mantenido una conversación muy tensa, en la que Jaime ha descubierto que ha sido Elizabeth, que es periodista y tiene contactos en la policía, quien le había contado lo del asesinato de ese hombre.

—Silvia, te lo advierto —le deja claro mientras la reta con la mirada—, si sale el nombre de Sara en las noticias antes de que se aclare todo, lo vas a pagar muy caro. Tú decides.

—Yo no tengo poder para frenar esa información —dice con desagrado.

—¿Piensas que soy estúpido? Te lo repetiré una vez más para que no tengas ninguna duda.

Si aparece el nombre de Sara por algún lado, no voy a parar hasta hundirte.

Ahora que vamos a romper la sociedad, necesitas mantener tu cartera de clientes, y puedo hacer que la pierdas si me lo propongo.

No voy de farol, y lo sabes perfectamente.

—Hablaré con mi amiga para ver si no es demasiado tarde, aunque hay más periodistas, y cualquiera de ellos no va a perder la ocasión de contar algo tan jugoso —farfulla apretando los labios.

—Estoy seguro de que vas a conseguir que tu amiga Elizabeth cierre el pico, si no las consecuencias van a ser catastróficas para ti —añade rabioso girándose para salir hacia el aeropuerto.

Ha subido al avión con el corazón en un puño porque Sara sigue sin contestar a sus llamadas, y la incertidumbre de no saber lo que está pasando lo está volviendo loco. Por eso, ha vuelto a llamar a su amigo Manu, a ver si él puede darle alguna información, pero su teléfono también está apagado.

El viaje se le ha hecho eterno, a pesar de haber durado apenas dos horas. Al bajar del avión ha llamado a Sara, y aunque lo tiene encendido no le ha contestado ni una sola vez. Manu lo tiene apagado, pero tiene un mensaje en el que le pide que esté tranquilo.

Ha dado un puñetazo de impotencia al volante del coche de alquiler, y seguidamente ha vuelto a llamar a Sara, llevándose una sorpresa mayúscula, ya que ha empezado a escucharla hablando con Antonio.

—No tengo nada más que decirle a ese impresentable. Ya te he dicho que hemos terminado.

Jaime acaba de quedarse sin aliento cuando se han confirmado sus sospechas. Esa mujer está jugándose la vida, piensa con angustia, y él es el responsable de lo que está pasando. Ahora debe seguir escuchando para saber dónde están.

—Solamente quiero pedirte un último favor, y con eso me he jurado cerrar esa horrible etapa de mi vida. —Carraspea aclarándose la garganta—. Necesito que me lleves al sitio exacto donde asesinaron a Yago.

—La madre que la parió —exclama Jaime apretando los dientes—.

Pero ¿qué está haciendo? ¡Se ha vuelto loca de remate!

Ahora la pregunta es… ¿dónde cojones mataron a su marido?

, porque el puerto es muy grande y no sabría ni por dónde empezar a buscarla.

Si ese desgraciado no la mata, la voy a matar yo por no cumplir su palabra.

«Si no muero yo antes de un infarto», piensa mientras la sigue escuchando hablar.

— Llevo mucho tiempo reuniendo el valor para venir a este lugar, aunque fuera una vez en la vida, y lo único que te pido es que seas más preciso.

—Ya te he dicho que fue ahí — lo escucha decir en tono nervioso—. Más o menos. Creo. Hace tanto tiempo de eso, que no lo recuerdo con exactitud.

—Por favor, sé más preciso, es de vital importancia para mí que estemos los dos en el sitio exacto. —Jaime está muy atento a la conversación mientras devora los kilómetros que los separan con el alma en un puño.

—Fue aquí —dice en tono rabioso—. No entiendo cómo puedes darle tanta importancia.

—Antonio —ruge en tono frío—, para mí es de suma importancia saber el lugar exacto en el que le pegaste dos tiros a Yago.

Jaime acaba de apretar el acelerador como si le fuera la vida en ello. Está convencido de que no va a llegar a tiempo para salvar del desastre a esa mujer que se ha vuelto loca de remate. Por primera vez ha sido consciente de que no podía permitirse perderla.

—Sara, lo hice todo por ti, ese malnacido no te merecía.

—¡Eres un asesino! —grita con rabia—. ¿Por qué le mataste?

—Se acostaba con otras mujeres y tú no merecías ser engañada, por eso lo maté.

—Aunque hubieran sido cientos de ellas, no tenías ningún derecho a asesinarlo. Además, ¡él nunca me engañó!

—No sabes lo que estás diciendo, fui testigo todas esas noches.

—¿¡Todavía no te has enterado!? —chilla llorando amargamente—, aquellas noches las pasaba conmigo, era nuestro secreto. Siempre fui yo. ¡Siempre fui yo! Eres un ser despreciable.

—No puede ser, estás confundida.

—Él no merecía morir, era un hombre maravilloso y tú lo mataste — grita mientras le da golpes en el pecho sin que él se defienda—. ¡ Eres un asesino!

Jaime acaba de llegar al puerto cuando ha empezado a escuchar gritos y sirenas a través del teléfono, causándole un alivio infinito. Ahora solamente tiene que seguir a los coches de policía que ve a lo lejos.

—¡Quieto, levanta las manos! —le grita uno de los agentes que ha surgido de la nada, junto a otros que van apareciendo por todas partes.

—Ni se te ocurra hacer ningún movimiento —le dice el policía que apunta a la cabeza de Antonio con un arma—, porque no voy a dudar en disparar.

—Toma —arrancándose de un tirón el trébol que lleva prendido en la blusa y tirándoselo a la cara—, ella fue tan asesina como tú.

—¿No te das cuenta? —Trata de acercarse a ella sin conseguirlo—. Ese cabrón no se merecía el amor que le tenías, yo siempre he sido mejor que él.

—¿¡Tú!? —brama escupiéndole a la cara—, jamás le llegaste ni a la suela de los zapatos.

—¡Sara! —le grita Jaime cuando logra sortear la barrera de policías.

—Oh, Jaime —dice girándose y corriendo junto a él—, has venido. Sabía que me encontrarías. Él lo mató. Él lo mató. Dios mío, ¿cómo pude estar tan ciega y no darme cuenta?

—Shhh, ya estas a salvo. Cálmate, reina mía. ¿Cómo se te ocurre poner tu vida en peligro de esa manera? —susurra en tono suave mientras la abraza para tranquilizarla—. Me prometiste que no harías nada hasta que yo no estuviera contigo. Casi me da un infarto.

—Perdóname, por favor, pero se lo debía a Yago —declara temblando sin poder contenerse, mientras no deja de llorar—. Siento haberte hecho sufrir, pero tenía que hacerlo, tenía que conseguir que confesara, ese derecho no me lo podía negar nadie. Ha sido horrible, pero al final lo he logrado.

—No quiero ni imaginar lo que has tenido que pasar —confiesa abrumado por no poder consolarla lo suficiente—. Si te hubiera sucedido algo, jamás me lo habría perdonado. —Mira con aversión hacia el coche donde se llevan a Antonio detenido.

—Pero no ha sido así. —Alza la mirada mientras llora amargamente—.

Estuve toda la noche pensando en todo lo que me habías contado y tenía que conseguir que confesara.

Gracias por haber confiado en mí y ayudarme a encontrar al culpable de su asesinato.

Sin ti nunca habría descubierto lo que realmente pasó.

—Sin mí, no —dirige su atención hacia un hombre de unos setenta años que en ese momento se está acercando a ellos—, él es la persona de la que te hablé anoche. Te presento a Manuel Rodríguez.

—Hola —saluda dándole un fuerte abrazo—. Gracias, gracias, gracias. Nunca le podré pagar todo lo que ha hecho por limpiar el nombre de Yago.

—Tengo entendido que diriges un hotel —deja caer en tono jocoso mientras admira a la mujer que tiene delante—. No me vendría mal descansar unos días a un precio razonable.

—Todos los que necesites corren por mi cuenta —afirma limpiándose las lágrimas—.  Desde hoy has pasado a formar parte de la gente que aprecio.

—Bueno, aún quedan varios asuntos por esclarecer, pero ya tenemos su confesión gracias a tu aventura. Has sido de gran ayuda, a pesar de habernos vuelto locos en las últimas horas.

—No podía quedarme de brazos cruzados, lo siento.

—A partir de ahora todo va a ir más rápido —aclara poniéndose serio de nuevo—, porque también se han incorporado a la investigación hace unos días, los antiguos compañeros de tu marido.

—¿Ellos? —cuestiona mostrando reticencia.

—Sí, porque, aunque no lo creas, hacía tiempo que sospechaban de él.