Capítulo 39 #3
—Cuando me dijiste que tenías la sensación de que algo no cuadraba en la muerte de tu marido, decidí hablar con un comisario que ya está jubilado.
Tengo plena confianza en él, por eso le pedí que investigara por su cuenta.
Me has demostrado que eres una mujer con los pies en la tierra, y por esa razón, cabía la posibilidad de que pudieras estar en lo cierto.
Este amigo —continúa tratando de hablar con calma—, ha sido de los mejores en su profesión y si había alguna posibilidad de encontrar algo, por muy insignificante que fuera, sería Manu quien lo consiguiera.
Es un hombre íntegro; pondría mi vida en sus manos sin pensarlo.
No quise decirte nada porque no quería crearte falsas esperanzas.
Sin embargo, después de un trabajo minucioso, por fin surgió una pequeña pista que le llevó a ir descubriendo algo que ya intuía.
—Sara lo escucha conteniendo la respiración—.
Aún es pronto para saber más detalles, pero a mi amigo desde el principio no le gustó Antonio, y aunque no había nada en su forma de actuar que lo hiciera parecer sospechoso, su instinto le decía que había algo raro en él.
»Sin embargo, el tiempo pasaba y no encontraba nada, y eso hizo que en alguna ocasión estuviera tentado de tirar la toalla.
—Sigo sin saber a dónde quieres llegar.
—Sara, ahora más que nunca tienes que llevar muchísimo cuidado, mientras tratamos de dilucidar hasta qué punto está implicado en todo este asunto.
—¿Me estás diciendo que su mano derecha lo traicionó? ¿Qué la única persona que me ha ayudado en todo este tiempo tiene algo que ver con su muerte?
—La última vez que hablé con Manu, me contó que lo vio en más de una ocasión reunirse con ese hombre del que me has hablado —Sara ahoga un grito al escucharlo—.
No puede ser casualidad que ahora lo relacionen contigo, tengo que hablar con mi amigo inmediatamente para informarle de lo que está pasando.
—Dios mío… Eso no puede ser —le dice con un hilo de voz—, debe tratarse de un error.
—Hay algo más. El día del entierro de su madre —continúa en tono pausado para elegir bien las palabras—, Manu estuvo en el cementerio dándose una vuelta, porque él mantiene la teoría de que son muy importantes los gestos de la gente en los momentos más delicados.
Sin proponérselo, escuchó una conversación entre la chica que cuidaba a la difunta y otra señora.
Esta le contaba, que la pobre Adela la confundía con otra mujer y le insistía en que se tenía que casar con su hijo.
En ese momento mi amigo pensó que podía descubrir algo interesante, así que se hizo pasar por un familiar y entabló una conversación con ella cuando la vio sola.
—A mí me decía siempre lo mismo cuando iba a verla —confiesa desconcertada—, pero nunca le di importancia a esos comentarios.
Eso no tiene por qué significar nada, era una manía que se le había metido en la cabeza.
Jaime todo esto que me cuentas no tiene ni pies ni cabeza.
Adela no estaba en sus cabales y decía disparates continuamente.
—Sí, en eso coincido contigo. Lo que ocurre es que esa chica también le explicó, que la pobre señora, efectivamente, decía muchas tonterías.
Sin embargo, una de ellas, le llamó la atención a Manu —le sigue contando—.
Le aseguró que una vez, la difunta llegó a confesarle que su hijo le pidió que mintiera a todo el mundo, asegurando que estuvieron todo el tiempo juntos en casa la noche en que mataron al cabrón de su jefe.
Capítulo 39
Sara acaba de escuchar con verdadero estupor las palabras de Jaime, las cuales han entrado en tromba en su cabeza, una tras otra. Intenta ordenarlas para tratar de encontrarles algún sentido, pero no es capaz.
—¡No! Es evidente que estás equivocado. ¿Cómo va a ser posible lo que dices? Es absurdo. Dime ahora mismo que no es cierto lo que me cuentas. Es imposible que… —De pronto algo ha hecho clic en su cabeza.
—Sara, ¿sigues ahí? ¿qué te pasa? Háblame —pregunta en tono preocupado, al escuchar su respiración agitada durante unos segundos—. Sabía que era un error, no tenía que haberte contado nada.
—Espera —demanda con la voz ahogada mientras intenta recuperarse después de vomitar—, dame un momento.
—En cuánto salga el primer avión, estaré ahí contigo. Voy a buscar el modo de llegar lo antes posible.
—Dios mío, ahora todo empieza a cobrar sentido. No puede ser —solloza conteniendo a duras penas las lágrimas—. Esto es horrible.
—Sí, lo es. Por eso ahora más que nunca, tienes que alejarte de Antonio, es un hombre extremadamente peligroso.
Manu buscará la manera de esclarecer la implicación de él en el asesinato de ese hombre y, por otro lado, indagar sobre la confesión que le hizo aquella chica en el entierro para ver hasta dónde lo lleva.
Aunque de momento no ha querido hablar más con ella para no levantar sospechas.
Voy a llamarlo para informarle de lo que te ha pasado.
—Estoy intentando procesar todo lo que me acabas de contar, y suena horrible. Jamás lo habría imaginado —manifiesta andando de un lado a otro por la habitación—. Esto me supera.
—Siento mucho no estar ahí contigo, pero sé que eres una mujer fuerte, y antes de que te des cuenta estaré a tu lado.
—Esta vez no sé lo que voy a poder aguantar sin derrumbarme —tal y como lo dice empieza a llorar sin poder remediarlo—.
Esta mañana me he sentido igual que hace seis años.
Aquel policía me hacía preguntas para las que no tenía respuestas, y Antonio estaba a mi lado fingiendo no saber nada. ¿¡Cómo ha podido hacernos esto!?
—No sabemos qué pretende, mañana estaré contigo en todo momento y lo iremos averiguando. No voy a dejar que ese cabrón te haga daño.
—Qué locura —profiere enjuagándose las lágrimas—. Es lo último que me esperaba, Antonio implicado en el asesinato de Yago. ¿Por qué?, no le encuentro ningún sentido.
—Vamos a llegar al fondo de todo, te doy mi palabra.
Jaime ha empezado a elaborar una teoría, pero prefiere no contarle sus sospechas puesto que ya le había revelado demasiado y teme que ella cometa una locura. —Aunque sus temores iban a hacerse realidad muy pronto.
—Ahora necesito pensar detenidamente en todo lo que me has contado. Lo siento, Jaime, ya hablaremos cuando vengas. Adiós.
—¡Sara!, ni se te ocurra colgar el teléfono. Habla conmigo, por favor.
Pero ella ya lo había apagado.
Sara se ha quedado en shock después de hablar con Jaime y ha colgado, a pesar de la insistencia de él en que no lo hiciera. Después ha desconectado el teléfono para que nadie la llamara, mientras un odio infinito le iba recorriendo todo el cuerpo.
—Hijo de puta —dice una y otra vez con los dientes apretados—. Hijo de puta. ¿Cómo han podido engañarme esos dos? No puede ser, Dios mío, ¿cómo he podido estar tan ciega y haber confiado plenamente en él, todo este tiempo?
Sintiendo un impulso, ha ido al armario donde tiene guardado lo que nunca pensó que iba a volver a necesitar, y se ha sentado en un rincón de su habitación para inspirar lo que tanto añora.
Poco a poco el aroma está consiguiendo despertarle todos los sentidos mientras se va calmando, y de paso acompasar los latidos de su corazón.
Lleva un buen rato repitiendo como un mantra la misma frase.
—No puede ser. No puede ser. Hijo de puta — mientras su cuerpo se balancea sin cesar.
Después de estar aspirando durante un largo rato el aroma que tanto le recuerda a Yago, ha jurado entre sollozos que piensa limpiar su nombre, a pesar de haberle prometido a Jaime que no haría nada.
Seguidamente, se ha levantado con decisión y ha empezado a planear la forma de conseguir que Antonio le confiese toda la verdad.
Ha pasado la noche en vela, mientras camina de un sitio a otro repasando una y otra vez todas las frases que le decía la madre de Antonio, y ha llegado a la conclusión de que él se ponía muy nervioso, porque tenía miedo de que su madre hablara más de la cuenta.
Recordando la frase que siempre le decía Yago: “Que el enemigo nunca sepa que lo sabes ” , se ha dado una ducha para relajar todos los músculos. Ahora más que nunca necesita tener la mente despejada para poner en marcha su plan.
—Hola, Blanca, ¿qué tal estás? —pregunta armándose de valor e intentando sonar tranquila a esa hora de la mañana—. Necesito hablar contigo a solas, se trata de algo muy importante que pasó ayer.
—Hola, Sara. Estoy sola, Alberto ha salido. ¿Qué te pasa?, te noto muy seria.
—Verás, la policía está investigando el asesinato de un hombre: Han descubierto que me llamó en un par de ocasiones, yo ni siquiera las recuerdo, pero ellos están tratando de averiguar qué relación podía tener conmigo.
Tengo que aclararte que yo no lo conocía de nada, pero ya sabes que el trabajo de la policía es preguntar a todo el mundo para esclarecer cualquier duda. —Decide reducir al máximo la historia.
—Oh, qué fuerte me parece.
—Por eso es muy importante que me ayudes. Sé que voy a ser la causante de un conflicto entre vosotros y me duele en el alma, sin embargo, no me queda más remedio que pedirte un gran favor.
—Puedes contar conmigo. Dime qué necesitas —le dice en tono resuelto.
—Te ruego que escondas el pasaporte de Alberto y que no se lo des bajo ningún concepto.
No quiero que venga por aquí hasta que todo este lío se resuelva.
No me extrañaría que alguien os llamara para contaros, de forma distorsionada lo que está pasando, y sé sobradamente que a Alberto le iba a faltar tiempo para subir al primer avión, y presentarse aquí.
Lo último que necesito es verlo en medio de todo este jaleo.
—¿Has hablado con mi padre para que te ayude? —pregunta muy preocupada.