Capítulo 39 #2
—Mi marido me tenía totalmente engañada —admite con la voz rota—, y tú eres la persona que me está abriendo los ojos.
Dios mío, ¿cómo he podido estar tan ciega todo este tiempo?
¿Tienes algo más que contarme que yo no sepa de ese sinvergüenza?
, porque ya no me va a sorprender nada de lo que me digas.
—Él llegó a mi comisaría para usurpar el puesto que me correspondía a mí, —ella lo mira sin comprender—. Yo llevo aquí toda la vida, en cambio él era un forastero que llegó dándonos órdenes como si tuviera todo el derecho del mundo.
—Pero eso no fue decisión suya, a él le hubiera gustado quedarse en Gijón.
Aunque puedo entender tu enfado —añade enseguida—, no tenía ningún derecho a ocupar tu lugar.
Ahora no sé cómo voy a decirle a Alberto sin hacerle daño otra vez, que su padre era peor de lo que imaginábamos.
Me sentiría mucho mejor si se lo dijéramos los dos juntos. ¿Me harías ese favor?
—Por ti haré lo que haga falta —le responde en tono formal.
—No ha tenido que ser fácil para ti, callarlo todo este tiempo. Antonio, necesito que me perdones por todas las cosas que te he dicho, pues nunca he sido justa contigo —se disculpa totalmente desolada—. Debes comprender que mi marido me tenía engañada y no vi cómo era realmente.
— No hay nada que perdonar, al final el karma hizo su trabajo.
Yago era vanidoso y nunca se imaginó que las cosas le podían salir mal.
—Le pone un mechón de cabello detrás de la oreja mientras la mira con verdadera admiración—.
Sin embargo, puedes quedarte tranquila, siempre he estado a tu lado y así seguirá siendo.
—Ahora entiendo por qué se quedó con dinero que no era suyo, sería para hacer regalos a sus amantes. ¿No crees?
—Eh… bueno, no te quepa la menor duda.
El teléfono de Sara vuelve a sonar sin parar, pero ella trata de ignorarlo deliberadamente apretando los labios cuando ve de quién se trata.
—¿No piensas contestar?
—No tengo nada más que decirle a ese impresentable —ruge mostrándole la pantalla—.
Ya le he dicho que hemos terminado. Si no lo he apagado, ha sido porque tengo miedo de que mi nombre salga en las noticias y lo vean mis padres.
Necesito estar alerta por si me llaman para poder tranquilizarlos.
Quiero que sepan que estoy muy bien porque estoy contigo.
—Qué alegría me da oírte hablar así.
—Solamente quiero pedirte un último favor, y con eso me he jurado cerrar esa horrible etapa de mi vida. —Carraspea aclarándose la garganta—. Necesito que me lleves al sitio exacto donde asesinaron a Yago.
—¿¡Qué!? —exclama apartándose desconcertado—. No eres consciente de lo que me estás pidiendo. ¿Te parece poco el sufrimiento que has tenido ya?
—Nunca he querido ir a ese lugar, pensando que no podría soportar ver dónde lo habían matado, ya que creía que era inocente. —Lo mira fijamente—. Ahora que me has hecho ver la clase de hombre que era, necesito estar en el sitio exacto en el que lo mandaron al infierno.
—De acuerdo. —Suelta un sonoro suspiro—. Si eso es lo que quieres, espero que sea lo último que necesites para acabar con toda esta situación cuanto antes.
—Voy a pedirte un poco de tiempo para recuperarme de esta traumática situación, pero ahora más que nunca, tengo muy claro que la promesa que le hice a Yago en su día no pienso cumplirla —afirma mirándose las manos cuando suben al coche—. Por fin soy libre de salir con quien me dé la gana.
—No te preocupes, iremos a tu ritmo —dice dándole un suave apretón en la rodilla.
Sara no sabía si había mordido más de lo que podía masticar, pero no tenía ninguna duda de que se había lanzado como una kamikaze hacia el objetivo, y costara lo que costara, pensaba conseguir lo que andaba buscando.
Ahora que iba encontrando las respuestas que llevaba años esperando, el ansia de llegar hasta el final le estaba haciendo hervir la sangre.
—¿Estás segura de que esto es lo que quieres? —le pregunta con cautela cuando llegan a un lugar apartado del puerto.
—Es necesario para poder pasar página, ya te lo he dicho antes.
—De acuerdo. —Le señala un rincón a lo lejos entre dos grandes contenedores—. Es por ahí más o menos donde lo encontraron.
—¿Estás seguro de que fue exactamente aquí? —sondea temblándole la voz mientras baja del coche y empieza a caminar.
—Sara, por Dios, ¿qué más da un metro allí o aquí? No te tortures más, por favor —va tras ella poniéndose nervioso de repente—. Vuelve, es mejor que nos vayamos ya.
—Llevo mucho tiempo reuniendo el valor para venir a este lugar, aunque fuera solo una vez en la vida, y lo único que te pido es que seas más preciso.
—Ya te he dicho que fue ahí —repite señalando la parte derecha de un estrecho espacio—. Más o menos, creo, hace tanto tiempo de eso que no lo recuerdo con exactitud.
—Por favor sé más preciso, es de vital importancia para mí que estemos los dos en el punto exacto. —Aprieta sus puños muy nerviosa.
—Fue aquí —asegura acercándose a ella con mucha rabia y señalando a sus pies.— No entiendo cómo puedes darle tanta importancia.
—Antonio —brama con voz muy fría, mirándolo con odio—, para mí es de suma importancia saber el lugar exacto en el que le pegaste dos tiros a Yago.
La noche antes…
—Estás ciego con esa mujer, se ha propuesto amargarme la vida desde el mismo día en que me conoció y esta vez por fin lo ha conseguido, inculpándome en un asesinato nada menos. Y, aun así, tú la sigues defendiendo.
—No la defiendo, te vuelvo a repetir que ella no ha tenido nada que ver. Por Dios, Sara deja de decir eso —clama mientras su preocupación va en aumento.
—¿Ya se te ha olvidado que interpuso una denuncia falsa contra mí?
Es una mala persona, que me ataca una y otra vez porque soy un estorbo para ella—chilla de forma acalorada—.
Nunca has querido reconocer que me odia y haría cualquier cosa para quitarme de en medio.
Mira, Jaime, voy a hacerte una pregunta porque me resulta muy sospechoso que la defiendas, incluso en esta situación, sin dudarlo siquiera después de lo que te he contado, y ya no aguanto más. Por favor, quiero que seas sincero.
—Tienes mi palabra de que así será. —Bufa tratando de ganar tiempo para serenarse.
—¿Te has acostado con ella? —pregunta tras un prolongado silencio—. Contéstame, por favor.
—Sí —admite, pues no pensaba mentirle.
—Lo sabía —solloza llena de rabia—. Ahora todo cobra sentido, por eso la defiendes. Me dais asco. No vuelvas a llamarme jamás.
—Sara, ¡espera, por favor! Escúchame.
—¿Que te escuche? Creo que ya no necesito oír nada más.
—Dame al menos la oportunidad de explicártelo. Me has pedido que sea sincero y lo he sido, ahora soy yo el que te suplica que me escuches, y después tomas la decisión que creas mejor para ti.
—Adelante, voy a escucharte —dictamina soltando el aire, cabreada—, pero te adelanto que me va a resultar imposible pasar por alto tu traición.
—Me acosté con ella una vez hace veinte años.
—Hoy era la segunda vez que salía el tema a relucir, piensa con enfado—.
Aquella noche yo había bebido más de la cuenta, porque de vez en cuando necesitaba olvidar que había perdido a Sandra para siempre.
Silvia se ofreció a llevarme a casa y ya te puedes imaginar el resto.
Es algo de lo que me avergüenzo, sin embargo, ya no tiene remedio.
Te juro que solo pasó aquella noche, necesito que me creas.
Las palabras de Jaime han sonado muy sinceras, y si fue algo que ocurrió hacía tantos años ella no tiene ningún derecho para juzgarlo a estas alturas.
—Aunque te crea —contesta en tono neutro—, eso no justifica de ningún modo, que ahora la defiendas en toda esta burda mentira que se ha montado contra mí.
—Sé que no ha sido ella porque hay algo que deberías saber, pero me gustaría contártelo en cuanto vaya a tu casa —afirma pasándose una mano por el pelo muy nervioso—.
Primero necesito hablar con alguien para ver si ha descubierto algo más, pues esto se está complicando por momentos.
No creía que te iba a salpicar de esa manera.
—¿De qué estás hablando? —interroga muy sorprendida—. No puedes dejarme así.
—Es que lo que me acabas de contar complica la historia y no me gustaría equivocarme, puesto que ahora no dispongo de mucha información. Ten un poco de paciencia y después hablamos.
—Si no me cuentas por qué estás tan seguro de que Silvia no ha tenido nada que ver, al menos dame alguna explicación coherente. No puedes dejarme así hasta que volvamos a vernos.
»Ponte en mi lugar, si vuelve la policía y me acosa a preguntas, ¿qué les voy a decir?
—Nada, ya que en ese interrogatorio debe estar presente tu abogado y de eso me voy a encargar yo personalmente.
También necesito que me hagas caso, porque lo que te voy a pedir es de vital importancia.
Es imprescindible que no hables con Antonio bajo ningún concepto.
Ponle la excusa que se te ocurra, pero debes evitar que se acerque a ti.
—Jaime, me estás asustando. Dame un motivo para que no hable precisamente, con el hombre que me ha estado ayudando siempre.
—Debes mantenerte alejada de él a toda costa —explica en tono incisivo—. Voy a mirar el primer vuelo que salga, entiendo que debo estar a tu lado cuanto antes.
—¿Qué está pasando, Jaime? No tiene sentido que me prohíbas hablar con Antonio, si no sé a qué atenerme. Si no me aclaras qué es lo que pasa y me llama, no voy a dudar en hablar con él —decide presionarlo.
—Espero no tener que arrepentirme por contártelo. Aunque antes necesito que me des tu palabra de que no vas a moverte de ahí ni vas a hablar con nadie, hasta que yo esté presente.
—De acuerdo —resuelve cruzando los dedos.
—Sara, me lo has prometido —la regaña Jaime intuyendo el gesto de ella.
—Habla por favor, me tienes muy intrigada —insiste en tono suplicante.