Capítulo 39
Sara sigue en estado de shock después de hablar con Jaime. Ha colgado rápidamente el teléfono, a pesar de la insistencia de él en que no lo hiciera. Seguidamente lo ha apagado para que nadie la llame, mientras un odio infinito ha comenzado a brotar por todo su cuerpo.
—Hijo de puta —repite una y otra vez con los dientes apretados—. Hijo de puta. ¿Cómo han podido engañarme esos dos? No puede ser. Dios mío, ¿cómo he podido estar tan ciega y haber confiado plenamente en él todo este tiempo?
Sintiendo un impulso, ha ido al armario donde tiene guardado lo que nunca pensó que iba a volver a necesitar, y se ha sentado en un rincón de su habitación para inspirar lo que tanto añora, haciendo que poco a poco se le vayan despertando todos los sentidos.
Lleva un buen rato repitiendo como un mantra la misma frase:
—No puede ser. No puede ser. Hijo de puta —insiste, al tiempo que su cuerpo se balancea adelante y atrás sin dejar de pensar: «No puede ser. No puede ser. Hijo de puta».
Se ha pasado toda la noche sin dormir mientras planifica lo que se ha propuesto hacer, y siente escalofríos solo de pensarlo. Sin embargo, no le queda otra opción.
Por la mañana, con los ojos rojos a consecuencia de haberse pasado la noche en vela, se ha dado una ducha y seguidamente se ha dispuesto a poner en marcha la primera de las decisiones; una que le va a costar mucho llevar a cabo, aunque ya no hay vuelta atrás.
—Hola, Blanca, ¿qué tal estás? —pregunta armándose de valor e intentando sonar tranquila—. Necesito hablar contigo a solas, se trata de algo muy importante que pasó ayer.
Después de hablar con ella, se ha tomado un café y una pastilla para reponerse de la dura conversación que acaba de tener. También les ha mandado un mensaje a sus amigas y a su madre para decirles que le ha surgido un viaje, y que ya las llamará.
Tras comprobar todas las llamadas que le ha hecho Jaime, ha tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para no ponerse a llorar. Lo último que le apetece en estos momentos es discutir con él.
En cambio, su prioridad es hablar con Antonio, ya que es la persona que más necesita ahora, pues él, y solamente él puede ayudarla.
—Hola, perdona que desconectara anoche el teléfono, estaba agotada —le confiesa en tono amable.
—¿Qué tal has descansado? He estado muy preocupado por ti. Estuve tentado de ir a tu casa para comprobar que estabas bien —responde aliviado al escucharla.
—He tenido días mejores, pero ahora me gustaría verte —dice dando un hondo suspiro—. Eres la persona que más necesito en este momento para salir de mi casa, aquí me estoy ahogando.
Antonio se ha quedado mudo ante tal confesión, pero si ella lo necesita, no existe nadie en el mundo que lo pueda detener.
—Voy enseguida —le contesta en tono resuelto.
Sara lo está esperando en la puerta, más nerviosa de lo que nunca se habría imaginado.
Ha estado tentada de echarse atrás, sin embargo, el frasco que lleva en el bolso la empuja a seguir adelante.
Como bien explica la cultura China sobre el poder de dicha esencia: “Ayuda a la mente a trabajar para tomar las decisiones adecuadas” , y esta sin duda es la mejor.
—Gracias por darte tanta prisa —expresa sonriendo con tristeza—, quiero salir de aquí lo antes posible.
—Dime en qué puedo ayudarte y lo haré sin dudarlo.
—Vamos a tomar un café, necesito despejarme después de la noche tan horrible que he pasado. —Alza una pequeña bolsa de viaje—. Por ahora, no pienso volver a mi casa.
—Conozco un bar que a estas horas no está muy concurrido —dice mientras suben al coche.
—Antonio, necesito que me creas cuando te digo, que yo no tengo nada que ver con ese hombre que han asesinado.
—Él la mira muy serio, pero no dice nada—.
Sé que te lo tenía que haber contado. Qué ingenua fui al pensar que podía manejar la situación yo sola.
El caso es que necesitaba saber la verdad y cometí una estupidez.
Ahora con su muerte soy consciente de que nunca voy a saber lo que pasó aquella noche y la duda me va a perseguir toda la vida.
—Siento decirte esto, pero dudo que él aportara algo diferente a lo que hay en el sumario —le dice en tono sincero—. Deja de torturarte, por favor.
—Supongo que me tendré que conformar con eso, ya que ahora tengo un problema del que preocuparme, y no sé cómo lo voy a solucionar.
—No voy a permitir que te pase nada malo. —Pone una mano en su hombro—. Nunca lo olvides. Por cierto, ¿qué te ha dicho Jaime de todo esto?, imagino que se lo habrás contado.
—No me lo nombres siquiera, te lo ruego. —Aprieta los dientes—. He descubierto que su socia y él son amantes, se lo pregunté y ni siquiera se molestó en negarlo.
—Lo siento, creía que estaba enamorado de ti.
—Pues la verdad era otra muy distinta. Pero no hablemos más de él, por favor —le pide reprimiendo un sollozo—. Ahora mi prioridad es poner en orden todo el caos que tengo en mi vida, porque me voy a volver loca si no consigo respuestas. Por cierto, ¿sabes quién era ese hombre que han matado?
—No tengo la menor idea, aunque ayer cuando hablé con ellos me enteré de que se trataba de un exdrogadicto —cuenta cuando salen de la cafetería—.
Lo encontraron cosido a puñaladas en un descampado a las afueras hace varios días.
Seguramente fue un ajuste de cuentas. No sé qué relación podría tener con tu marido.
Aunque estoy completamente seguro de que quería aprovecharse de ti.
—Tengo miedo de que me acusen de su asesinato. No tengo coartada para esas dos horas que estuve en el parque esperándolo y no sé cómo voy a demostrar que no hablé con él por teléfono.
—No te tortures pensando más de la cuenta.
De momento no tienen más que esas llamadas y poco más.
También he averiguado que no han encontrado huellas ni rastros de nadie en el escenario del crimen.
Por lo tanto, lo primero que tenemos que hacer es buscar a un buen abogado que pruebe tu inocencia —le dice en tono resuelto—.
Se van a quedar con las ganas de incriminarte.
Recuerda que hace cinco años movieron cielo y tierra en busca de algo que te relacionara con los delitos de Yago, y quedó claro que eras inocente.
—Ya lo sé, no me lo recuerdes, fue horrible. Si por lo menos hubieras estado aquella noche, estoy convencida de que no habrías permitido que me acosaran de aquella manera.
—Siento que estuviera fuera de servicio esos días.
—Sí, una lástima la verdad.
—Sara —él detiene el coche en un lado de la carretera junto a un parque— me juré hace mucho tiempo que no te contaría nada, sin embargo, creo que ha llegado la hora de que conozcas algunas verdades sobre tu marido. Anda, vamos a dar un paseo y así hablaremos mejor.
—Antonio, me estás asustando, creía que me habías contado todo lo que sabías.
—Lamento decirte que hay cosas que consideré mejor callarlas para no hacerte más daño.
—Dime ahora mismo todo lo que sepas —implora abrazándose para mitigar sus temblores—.
No quiero que te guardes nada, por favor, merezco saber toda la verdad para cerrar ese capítulo de mi vida de una vez.
Estoy harta de parecer sospechosa por el simple hecho de haber estado casada con él.
—Se pone a llorar sin poder remediarlo—.
¿Hasta cuándo va a estar afectándome su muerte?
—Es injusto, lo sé.
—Cuéntame todo lo que sepas, por muy desagradable que sean esas verdades. Ya tengo asumido que era un criminal.
—De acuerdo —asiente acercándose a ella mientras le quita una lágrima con el pulgar—.
Tienes razón. A pesar de mi juramento, entiendo que necesites saber de una vez por todas cómo era tu marido.
Sabes que yo era su mano derecha, siempre nos lo contábamos todo.
Bueno, yo al menos así lo creía, —sonríe cuando le ha visto el broche de su madre prendido en su blusa—.
Él siempre hablaba de que nuestro deber era ser honrados, cumplir la ley y hacerla cumplir a los demás.
Sin embargo, él hacía cosas que iban en contra de lo que predicaba.
—Ella lo mira sin perder detalle mientras caminan—.
Ese cerdo se llevó su merecido aquel día, porque además de ser un ladrón, te engañaba con otras mujeres.
—¿¡Qué!? ¿Estás seguro?, nunca pensé que me haría algo así —chilla apretando los puños con rabia—. Creía que me quería con toda su alma, y que jamás me había sido infiel. ¿En qué te basas para contarme semejante atrocidad?
—Siento decírtelo, pero cada vez que nos íbamos para hacer algún seguimiento a otra ciudad —la mira con lástima—, él salía por la noche del piso que compartíamos y volvía al amanecer con un olor a perfume de mujer que tiraba de espaldas.
Tú no merecías que te traicionara de esa manera.
—Ella abre los ojos con horror—. Te juro por lo más sagrado que no te miento.
—No puede ser. No puede ser —repite alterada dando un paso hacia atrás, mientras se sujeta la cabeza con las dos manos—. Esto es una pesadilla, Dios mío, esto no me puede estar pasando.
Antonio trata de acercarse para abrazarla al verla tan fuera de sí, pero ella alza las manos para impedírselo al tiempo que trata de recomponerse a duras penas.
—¿Nunca le preguntaste dónde y con quién se veía? —cuestiona respirando con dificultad.
—Decía que eso pertenecía a su vida privada y no quise indagar más.
Lo siento mucho, Sara. Mil veces tuve la tentación de contártelo puesto que siempre me has parecido la mujer más especial que he conocido, en cambio, me faltó valor —explica verdaderamente arrepentido al verla tan afectada— No tenía que habértelo contado.
¿Hasta cuándo va a hacerte daño ese cabrón?
Tienes que olvidarlo y pasar página de una puta vez.
Sara acaba de morderse el labio hasta hacerse sangre para no ponerse a gritar, aun así, necesita mantener la calma para seguir encontrando más respuestas.