Capítulo 37 #2
—Silvia, tenemos que hablar —le dice su marido cuando entran en la habitación, después de la conferencia de Jaime—. Me ha surgido un problema y me voy a Mallorca esta noche. Ya he reservado un vuelo.
—No te preocupes, nadie se va a dar cuenta si faltas; somos muchos abogados danzando por aquí. —Tuerce la boca—. Ya te haremos un resumen el lunes.
—No sé si el lunes estaré de vuelta, quizá me quede toda la semana.
—De acuerdo, no tengas prisa en volver.
—Agradezco tu comprensión, y también por qué no decirlo, tu indiferencia. Es curioso que no me hayas preguntado en ningún momento, qué problema me ha surgido para tener que ausentarme tantos días. Me da la sensación de que agradeces perderme de vista.
—¿Qué intentas decirme? —cuestiona mirándolo con renovado interés.
—He observado que estabas muy pendiente de Jaime y de su teléfono todo el tiempo, eso me ha resultado muy sospechoso. —Sonríe de medio lado— Me gustaría saber que te traes entre manos.
—¿Yo?, me parece que ves fantasmas donde nos los hay.
—Mira con disimulo la pantalla del móvil—.
Pero quiero que sepas que no te pregunto nada, porque sé perfectamente que vas a ver a tu amante.
Hace tiempo que lo sé, y lo mejor de todo, es que no me importa en absoluto.
Para mí es mejor así, pues de ese modo, me dejas a mi aire.
Jaime acaba de salir del salón de conferencias y ha decidido irse rápidamente a su habitación.
No ha querido pararse a hablar con nadie, ahora lo que le apetece es descansar.
Ha mirado su reloj y ya son las ocho y media de la tarde, mañana sábado no quiere perder la ocasión de escuchar a un par de ponentes que le interesan bastante, y el domingo por la tarde cerrará el congreso dando un pequeño discurso.
«A ver si tengo suerte y no me encuentro a nadie por el camino. Sería perfecto pasar un buen rato hablando con Sara hasta la hora de bajar a cenar», piensa mientras se dirige al ascensor.
Se ha dado cuenta de que Silvia tiene su teléfono y ha ido a ver si está en su habitación, dado que la ha visto abandonar el salón junto a su marido.
Tras llamar a la puerta un par de veces, Alfredo le ha abierto, y lo ha invitado a entrar.
Silvia había salido de la habitación un rato antes dando un fuerte portazo para irse directamente al bar del hotel, dejando a su marido en mitad de la habitación con una dulce sonrisa.
Tras la confesión de ella, Alfredo ha decidido poner las cartas sobre la mesa dejando claro lo que piensa hacer a partir de ahora, y eso lo ha reconfortado muchísimo.
Sara por su parte, se ha dormido agotada de tanto llorar. Después de hablar con Silvia no ha querido contestar a ninguna llamada. Tenía miedo de derrumbarse hablando con sus amigas o con su madre, por eso ha optado por ignorarlas todas, dejando el teléfono bien lejos.
Por la noche se ha levantado más cansada que antes, las horas que ha dormido no le han repuesto como habría deseado, ya que siente todo su cuerpo entumecido. De pronto su teléfono ha vuelto a sonar, y al ver que se trata de Jaime un dolor agudo le ha oprimido el corazón.
Decide contestar, ya que piensa mandarlo al infierno sin rodeos, pues nadie se va a reír de ella o de su hijo, y de esa manera podrá salvar su orgullo, aunque por dentro se sienta destrozada.
—Dime —contesta en tono seco—. ¿¡Necesitas añadir algo más!?
—Llevo todo el día deseando hablar contigo, ¿y esa es tu forma de saludarme? —inquiere muy sorprendido.
—¿Que llevas todo el día deseando hablar conmigo? Anda, no me hagas reír —le increpa en tono sarcástico—¿te crees que soy idiota?
—Sara, ¿qué te ocurre? —le pregunta muy serio.
—No te hagas el tonto, te llamé y contestó Silvia al teléfono.
—Se lo dejé mientras daba mi charla, y después no había manera de encontrarla para que me lo devolviera. Menuda tarde he llevado entre ella y Alfredo, ya te contaré. ¿Pero qué te ha dicho para que te hayas puesto así? No entiendo nada.
Sara se ha encontrado con el dilema de creerlo o no. Aunque siendo justos, Silvia siempre había intentado boicotear su relación con él, y ahora también podría darse el caso. La duda la estaba corroyendo por dentro.
—¿Sigues ahí? —le pregunta desconcertado.
—Eh… sí. —De pronto, necesita creerlo y decide contárselo—. Esta tarde te he llamado porque me ha pasado algo horrible y ha sido ella quien me ha contestado al teléfono diciéndome, entre otras cosas, que estabais juntos en la ducha y que no querías saber nada más de mí.
—¡Será zorra! —grita muy alterado—. Te juro por mi hija, que es lo más sagrado para mí, que eso es totalmente falso. Lo que te he dicho antes es la única verdad.
—Te creo. —Suelta el aire de golpe con un alivio inmenso.
—¿Qué es eso tan horrible que te ha pasado?
—No sé ni por dónde empezar. —Da un hondo suspiro—. Esta mañana me han llevado a una comisaría porque sospechan que tengo algo que ver con la muerte de un hombre.
Ha empezado a relatarle de la forma más precisa posible todo el interrogatorio al que se ha visto sometida, y al finalizar, le ha confesado sus sospechas después de analizarlo detenidamente.
—Silvia no ha podido urdir semejante barbaridad —le dice Jaime muy tenso.
—Te repito que ella está detrás de todo esto. No intentes defenderla porque sabes perfectamente que, en más de una ocasión ha dicho, que algún día os demostraría que no soy de fiar. Si con lo que te he contado no te convences, es que confías más en ella que en mí —replica muy dolida.
—No ha sido ella, te lo vuelvo a repetir —brama cada vez más cabreado por la conclusión a la que acababa de llegar.
—Jaime, no intentes defenderla, porque al final voy a tener que pensar que era verdad lo de la ducha ¿No te resulta sospechoso que ella lo supiera tan pronto? ¿Cómo es posible?, ¿acaso es adivina?
—De eso no tengo ni idea, pero lo voy a averiguar en cuanto hable con ella. Puede ser muchas cosas, pero nunca llegaría tan lejos. Abandona esa estúpida idea.
—Estás ciego con esa mujer. Se ha propuesto amargarme la vida desde el mismo día en que me conoció, y esta vez por fin lo ha conseguido inculpándome en un asesinato nada menos. Y, aun así, tú la sigues defendiendo.
—No la defiendo, te vuelvo a repetir que ella no ha tenido nada que ver. Por Dios, Sara, deja de decir eso —clama mientras su preocupación va en aumento.