Capítulo 37
Después de contestar a las mismas preguntas varias veces durante horas, le dan una botella de agua y la dejan sola unos minutos.
—Sabemos que no nos está contando la verdad —decreta sentándose frente a ella de nuevo—, porque hay pruebas que lo demuestran.
Tiene un problema muy grande, y si no hay ningún testigo que nos asegure que estuvo con usted esas dos horas y pico, va a convertirse en la principal sospechosa de la muerte de Pedro Carlos González.
Esto nos lleva a pensar que ese hombre sabía algo que a usted no le convenía y lo quitó de en medio, ya que casualmente —recalca la última palabra—, lo mataron esa misma mañana.
Sara se ha quedado boqueando como un pez sin saber qué contestar a semejante barbaridad, por esa razón su cuerpo ha empezado a temblar sin control mientras los agentes la miran.
—¿Y qué motivos tendría yo para matar a ese hombre? —pregunta mirando a los dos policías.
—Usted es la única que sabe esa respuesta, pero si no quiere cooperar, nosotros lo averiguaremos tarde o temprano. ¿Desea hacer una llamada? Tiene derecho a hacerla.
—Sí —contesta con firmeza tratando de serenarse.
Jaime está almorzando el viernes con sus socios y algunos colegas, mientras hablan de nuevas leyes y las distintas estrategias a seguir.
De pronto el teléfono de Silvia ha empezado a sonar, y se ha disculpado levantándose precipitadamente para atender la llamada de su amiga Elizabeth.
Más tarde aparece con una sonrisa de satisfacción difícil de disimular.
—¿Qué ocurre? —le pregunta su marido.
—Nada importante —trata de que no se le note la emoción que siente por la noticia que le ha dado su amiga—, pero me harías un gran favor si me trajeras de la habitación una chaqueta, el aire acondicionado me está sentando fatal.
—De acuerdo. Nos vemos en la sala de conferencias —dice levantándose mientras se disculpa con el resto de colegas, luego añade bajito—. Guárdame un sitio, de paso voy al baño, y quizá tarde un poco más de la cuenta.
—No te preocupes —añade muy sonriente—, no es necesario que te des prisa.
—Volveré lo antes posible. —Alza la mano mientras se aleja.
—Jaime, creo que ya es hora de que nos pongamos en marcha, hoy tienes que lucirte y no debes llegar con el tiempo justo —le pide Silvia muy solícita.
—Sí, tienes razón —asiente levantándose mientras deja la servilleta sobre la mesa—. Cuanto antes empiece, antes me quito de encima este compromiso.
—Desconecta el teléfono para que no le dé por sonar en mitad de la conferencia. O mejor, me lo dejas a mí por si surge algo importante. Anda, ponlo en modo vibrar y me lo guardo en el bolso.
—De acuerdo.
Sara ha decidido llamar a Antonio, ya que considera que es quien mejor le puede ayudar a aclarar todo este horrible malentendido. O al menos ella tenía la esperanza de que así fuera.
Después de contarle a grandes rasgos todo lo que había pasado, él le ha pedido que no diga nada hasta que no esté presente, y compruebe en qué punto se encuentra la investigación.
El tiempo de espera a ella se le ha hecho eterno hasta que lo ha visto entrar como una exhalación, dándole un abrazo cuando ha llegado a su lado.
—Te prometo que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para sacarte de aquí, en cuanto sepa de qué va todo esto —declara mirando a los dos agentes que salían para dejarlos solos—. Vamos a sentarnos y me cuentas más despacio lo que ha pasado, porque no entiendo nada.
Sara ha empezado a relatarle punto por punto todo lo que ha vivido desde que esos dos agentes aparecieron en la puerta de su despacho. Antonio la escucha muy atento, aunque de vez en cuando la interrumpe para que se explique mejor.
—Antonio, te juro que te he contado la verdad —solloza en tono angustiado—. Yo no conocía a ese hombre.
—¿Por qué no me dijiste nada?, te pusiste en peligro —protesta pasándose las manos por el pelo en un gesto tenso—.
Alguien se presenta y te dice que tiene algo que contarte sobre tu marido, ¿y no se te ocurrió decírmelo?
Esto pinta mal. Te has pasado años preguntándome si había alguna información sobre él, y ahora me entero de toda esta historia… ¿En qué estabas pensando?
—Tenía miedo de escuchar su versión, me dijo que no me iba a gustar lo que me tenía que contar y…, y…, yo… —da un hondo suspiro—, no quería que nadie más lo escuchara.
—De acuerdo, es comprensible —acepta en un tono más calmado—.
Voy a hablar con ellos para ver qué podemos hacer, pero te repito que esto pinta mal.
Siento ser tan directo —confiesa levantándose y poniendo una mano en su hombro—.
Aun así, te juro que voy a mover cielo y tierra para sacarte hoy de aquí.
Hora y media más tarde entra Antonio con los dos agentes y el semblante muy serio.
—De momento vamos a dejar que se marche, pero queremos que esté localizable.
Y no se le ocurra hacer ninguna tontería, tenemos el firme compromiso de él, de que así será —explican señalando a Antonio—.
Vamos a seguir con la investigación y la volveremos a llamar muy pronto.
Le recomiendo que se busque a un buen abogado, puesto que lo va a necesitar.
Sara en ese momento ha pensado en Jaime y la vergüenza ha hecho acto de presencia, sabe que va a ser muy violento tener que contarle las sospechas que se ciernen sobre ella, y no quiere que su nombre se vea envuelto en ningún escándalo.
—Antonio, ¿me llevas a mi casa, por favor?, tengo un dolor horrible de cabeza y quiero tomarme algo. Siento que me va a estallar.
—Claro, estoy aquí para lo que te haga falta. Pero si no te importa, necesito hacerte algunas preguntas.
—De acuerdo, aunque no creo que te aporte nada nuevo. Te he contado todo lo que recuerdo.
—Háblame de esas llamadas que recibiste. He visto el registro de llamadas y no hay ninguna duda —afirma en tono seco—. No me mientas, por favor.
—¿Qué te hace pensar que miento? Antonio, por Dios, yo no conozco a ese hombre; nunca he hablado por teléfono con él. Tienes que creerme.
—Pero los hechos son los que son, y esas llamadas existen.
—Pienso que pueden tratarse de unas que recibía —él la mira un momento sorprendido—, pero nunca hablaban, solamente se escuchaban ruidos extraños y siempre aparecían con un número oculto.
—¿Por qué no me lo dijiste?, creía que confiabas en mí —escupe algo irritado.
—No le di importancia. Además, debo aclararte, que el día que decidí contarte lo de ese hombre fue el día que falleció tu madre, y no lo consideré adecuado.
—Comprendo.
—Gracias por traerme a casa, y gracias por haber hecho que me dejaran salir tan pronto. Aun así, he pasado unas horas horribles.
—Me temo que esto no ha hecho más que empezar —le confiesa con pesar.
—Tengo la esperanza de que todo se aclare lo antes posible, por otro lado, me da mucha rabia no saber lo que quería contarme esa persona realmente sobre la muerte de Yago.
Antonio se ha tenido que morder la lengua, considera que ahora no es el momento de confesarle que su marido no era el hombre que siempre había creído.
Le duele muchísimo ver cómo ella sigue insistiendo en su inocencia.
No obstante, ha preferido dejarla con ese pensamiento, puesto que es mejor para ella no saber la verdad.
—Antonio, ya te llamaré, ahora necesito tomarme algo para ver si consigo descansar.
—Quiero que sepas, que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para ayudarte, cueste lo que cueste.
Lo primero que ha hecho cuando ha llegado a su casa, ha sido quitarse toda la ropa y meterse en la ducha para limpiar esa sensación de tensión, que ha tenido durante todo el día.
Una y otra vez ha repasado todo lo que ha ocurrido en las últimas horas, y la única conclusión a la que ha llegado es que ha habido un malentendido.
Está segura de que todo se va a aclarar más pronto que tarde, o eso se repite a sí misma para tranquilizarse.
Después de tomarse una pastilla y un vaso de leche para templar el cuerpo, ha decidido llamar a Jaime.
—Hola, ¿te llamo en mal momento? Espero no interrumpir nada importante, si no fuera un tema serio, no te llamaría —le dice apresuradamente cuando oye que está en línea—, pero me ha ocurrido algo muy grave y necesito explicártelo lo antes posible.
—Hola, Sara, qué alegría tan inmensa me da escucharte —responde Silvia en tono falsamente amable—.
Jaime está en la ducha esperándome y me ha pedido que atienda yo el teléfono.
Ahora no es buen momento porque nos disponemos a jugar, ya sabes lo que le gusta practicar sexo en el agua.
¡Ah! ¿He dicho jugar?, me he confundido de verbo.
Sara acaba de sufrir un fuerte revés que la ha dejado totalmente sin palabras. Nunca se podía imaginar que él la podía traicionar, y para más humillación, hacerlo precisamente con esa mujer.
—¿Sigues ahí? —pregunta en tono jovial—. Cuéntame esa historia tan horrible, a lo mejor yo te puedo ayudar. Aunque me temo que lo tienes un poco complicado, ya que un asesinato no es algo de lo que te puedas librar tan fácilmente.
—Serás…
—Ya le dije a Jaime hace tiempo que no eras trigo limpio y nunca me creyó, menos mal que por fin se ha dado cuenta. Ahora ya estás en el lugar que te corresponde, sin embargo, debo admitir que no esperábamos que fueras a matar a alguien.
—¿Esperábamos? —le pregunta con un hilo de voz.
—No vuelvas a llamarlo, puesto que no quiere saber nada de ti; él tiene muy buena reputación y me ha asegurado que no quiere verse perjudicado por tu culpa. Así que no lo molestes más. Ah, y ten por seguro, que, a tu querido hijo, también lo vamos a meter en el mismo cubo de basura que a ti.
Sara cae de rodillas en el suelo, ya que el segundo golpe sí que la deja totalmente fuera de combate.
Lleva un rato llorando acurrucada en la cama, mientras repasa una y otra vez la conversación con Silvia, y la conclusión a la que ha llegado le está removiendo las entrañas. Ahora se daba cuenta de que Jaime y su socia, se habían burlado de ella.