Capítulo 36 #3
—Vamos a ver si aclaramos unas cuántas cosas. —Abre una carpeta—. Usted nos acaba de decir que no conoce a Pedro Carlos González Marín. ¿Se reafirma en lo que nos ha dicho antes?
—Sí, nunca he escuchado ese nombre.
—A ver si viendo su cara, le refresco la memoria. —Pone una fotografía sobre la mesa.
Sara ha abierto mucho los ojos, detalle que no le ha pasado desapercibido a los dos guardias. No sabe qué está pasando, pero su cuerpo ha empezado a tensarse como la piel de un tambor.
—Veo que sí que le conoce.
—Bueno, solamente lo vi una vez y me dijo que se llamaba Peca.
—Entiendo… —murmura en tono neutro—. Ahora ¿sería tan amable de contarnos qué relación tenían?
—Eh…, yo no tengo ninguna relación con ese hombre —alza la voz algo alterada—. ¡Un momento!, ¿ha dicho tenía?, ¿acaso le ha ocurrido algo?
—Ya le he dicho que aquí las preguntas las hacía yo. Por favor, empiece a contarnos todo lo que sepa.
—Le repito que solamente lo vi una vez en mi vida, fue una conversación breve y no lo volví a ver más.
—¿De qué hablaron? —Acerca su silla para observarla más de cerca.
Sara duda de si decirles la verdad o contarles una verdad a medias. Al final opta por la segunda opción, aunque tiene la sensación de que esos hombres no se fían de ella.
—Una mañana se presentó en el hotel donde trabajo y me dijo que quería hablar conmigo para contarme lo que vio el día que asesinaron a mi marido.
—Interesante… ¿Qué le contó?
—Nada —se apresura a contestar—, ya que no tuve la oportunidad de hablar más con él.
—Dice que es la única vez que habló usted con él. ¿Está totalmente segura?
—Sí, ya se lo he dicho antes —reitera de forma rotunda.
—Verá, creo que se le ha olvidado contarnos todas las veces que hablaron por teléfono —le va diciendo el coronel mientras saca otra hoja—. La primera llamada que tenemos constancia es del 2 de febrero a su lugar de trabajo, la segunda vez que la llamó fue…
—Un momento por favor, —lo corta—, yo nunca recibí ninguna llamada de ese hombre, me acordaría.
—Vamos a suponer que no se acuerda de las constantes llamadas que él le realizó durante los últimos tres meses —explica mirándola fijamente— pero a ver qué me dice de las llamadas que usted le hizo.
DIECIOCHO el tres de abril, VEINTICUATRO el cuatro de abril, DOCE el nueve de abril, y CUATRO el diez de abril —le enumera en un tono bastante alto—.
Ahora quiero que empiece a contarnos la verdad, aunque si quiere, puedo ayudarle para ponérselo más fácil.
—Saca otra hoja y empieza a leer—. Hemos hablado con algunos empleados, y uno de ellos, concretamente la jefa de recepción; doña Soledad Martínez, recuerda perfectamente la primera llamada de la que le he hablado antes, en la que Pedro Carlos le pidió hablar con usted de un asunto muy delicado.
Él aseguraba que se conocían muy bien, y que después de pasarle el teléfono estuvieron hablando un rato hasta que cortó la llamada bastante molesta.
—¡Eso no es cierto!
—También asegura que dejó un sobre en la recepción para usted.
¡Ah!, y un detalle muy curioso: hay varios empleados que recuerdan haberla visto hablar con él días más tarde.
Todos coinciden en que usted se mostraba bastante incómoda, y que una hora después, salió para ir al dentista —vocifera mirándola un instante—.
Pero si es verdad que fue al dentista, que lo dudo mucho, nos gustaría saber dónde está esa clínica para comprobar su coartada, puesto que volvió dos horas y media después, e intuyo que miente.
Sara tiene un nudo en la garganta que no la deja respirar, siente que el pasado vuelve otra vez, donde las preguntas se suceden unas tras otras y ella no tiene respuestas.
—Les juro que ese hombre nunca me llamó por teléfono, debe haber un error.
—¿Y qué me dice de las —indica sumando mentalmente— cincuenta y ocho llamadas que le hizo a él?
, ¿también se tratan de un error? Por no mencionar que hay un mensaje de voz en el teléfono de ese hombre, en el que usted le ruega encarecidamente volver a quedar con él.
Dígame si también ese mensaje se trata de otro error —le recrimina con sarcasmo.
—Ese hombre se presentó un día diciéndome que tenía información sobre la muerte de mi marido —repite pasándose una mano temblorosa por la frente—, yo al principio no le creí y le pregunté por qué venía cinco años después a contármelo.
Me explicó que acababa de salir de la cárcel —el coronel y el comandante se miran un instante—, y al final quedamos en un parque que hay cerca del hotel.
Allí me contaría todo lo que vio aquella noche, pero no apareció.
Les doy mi palabra de que solamente lo vi esa vez.
Después de esperarlo durante dos horas, le estuve llamando al número que él había dejado en la recepción dentro de un sobre para mí, pero jamás contestó a ninguna de mis llamadas.
—Verá —tras un momento de tenso silencio—, quiero creerla, pero usted recibió varias llamadas en las que sí que hablaron.
—Le juro que jamás hablé con él, tienen que creerme —le confiesa horrorizada.