Capítulo 36 #2
—Ya lo sé —añade soltando un suspiro—, por eso el tiempo que estemos juntos debemos aprovecharlo muy bien.
Jaime ha estado dos días en casa de Sara, en los cuales, han disfrutado muchísimo de cada minuto.
El único momento tenso, fue la mañana que se presentó Antonio con la excusa de devolverle unas macetas que se estaban marchitando, ya que su madre era la que las cuidaba.
Jaime mostró su lado más encantador y no perdió la sonrisa ni las formas, y aunque pudiera parecer que todo iba muy bien, su brazo estuvo de manera posesiva en la cintura de Sara en todo momento.
Jaime se ha ido a primera hora de la mañana cuando Sara aún dormía. No ha querido despertarla porque sabía que, de ser así, llegaría tarde para tomar el avión que le iba a llevar a Bilbao.
Cada día que pasaba con esa mujer le costaba más trabajo alejarse de ella, y eso le preocupaba cada vez más, ya que vivían demasiado lejos uno del otro. Era algo que tarde o temprano tendrían que hablar muy seriamente si querían seguir con esa relación. No podían pasarse así toda la vida.
Sara se ha despertado la mañana del jueves sola en la cama, por eso, antes de ponerse a pensar en los días que va a estar sin verlo, se ha levantado rápidamente para irse al gimnasio.
Cuando ha bajado a la cocina ha reparado en una nota que hay sobre la mesa, y al leerla, una dulce sonrisa ha aflorado de sus labios.
La invitación a una fiesta privada en la casa de la playa el próximo fin de semana, ha sido toda una sorpresa, porque van a ser ellos dos solos.
Además, le ha retado a una carrera por la playa, sin hacer trampas, en la que el ganador elegirá el sitio donde hacer el amor.
No ha podido borrar su sonrisa en toda la mañana, se siente como una adolescente en su primera relación amorosa.
A media mañana, ha tenido una reunión con el jefe de cocina para organizar los menús de las dos cenas que hay ese fin de semana: una del alcalde y varios concejales, y otra de un equipo de fútbol.
Después ha parado el tiempo justo para comer algo, y seguidamente ha ultimado los detalles con los novios y sus padres, para la boda que se iba a celebrar el próximo mes.
Estas eran con diferencia las reuniones que más trabajo y dolores de cabeza le daban siempre; si dependiera de ella no se organizaría ninguna.
En cambio, su jefe se mostraba encantado porque suponía fuertes ingresos, ya que los precios eran escandalosamente desorbitados y los padres pagaban sin ningún problema.
Por la tarde, después de pasar por la tintorería se ha ido a casa y la sorpresa ha sido muy grata al encontrarse a Rocío esperándola en la puerta.
—¿Qué haces aquí? —indaga sonriendo—, ¿te has perdido?
—Me he propuesto salir contigo a correr por la playa —dice orgullosa alzando el mentón—. Te lo he dicho esta mañana totalmente en serio, quiero ponerme en forma, y el gimnasio no es suficiente.
—Anda, entra en casa y me cambio enseguida.
Llevan un rato caminando tranquilamente mientras disfrutan de una tarde sin viento, pues Sara ha preferido no “quemar” a su amiga.
—¿Vas a contarme qué te pasa? —le pregunta Sara.
—Necesito hablar con alguien y he pensado en ti —le confiesa dando un hondo suspiro—. No tengo nada en contra de Sindy, pero ella ve las cosas de otra manera y quiero simplemente hablar de un tema que me está agobiando.
—Cuéntame eso que te preocupa —le pide mirándola un instante.
—Siempre has dicho que venir a caminar, te hace sentir muy bien, y que, además, te ayuda a pensar. Quiero creer que a mí me va a pasar lo mismo —añade sonriendo—, y si encima cuento con una amiga estupenda, mucho mejor.
—Gracias por considerarme así. —Le da una suave palmada en el hombro— dime qué es eso que te ronda por la cabeza.
—Verás —se arma de valor y se aclara la garganta—, no es fácil para mí empezar de cero en el tema de una relación, y antes de que saques conclusiones precipitadas, te diré que no estoy enamorada; por si acaso te haces ilusiones.
Aún tengo el corazón curándose de una herida muy grande que me dejó quien tú ya sabes.
Ni siquiera soy capaz de decir su nombre sin sentir dolor.
Aun así, no te voy a negar que he empezado a sentir la necesidad de conocer mejor a alguien que insistió en invitarme a cenar y, después de conseguirlo, ha querido repetir.
Eso me ha hecho pensar que no fue tan mal cómo yo creía —bromea mostrando una pequeña sonrisa— No estuve muy comunicativa y metía la pata continuamente con comentarios sin gracia. ¿Te lo puedes creer?
—Te traicionaron los nervios, es normal y, por lo visto, a él no le importó. —Puede que tengas razón, sin embargo, me sentí muy tonta durante toda la noche. Y para colmo, esta mañana ha venido a mi consulta, me ha traído una rosa, me ha confesado que lo pasó muy bien y que estaría bien repetir.
—Qué bonito.
—Debería sentirme halagada, en cambio estoy aterrada. No quiero hacerle daño con falsas esperanzas, es un buen hombre.
—No soy muy dada a dar consejos, y mucho menos tratándose de sentimientos.
—Pero acabas de empezar una relación y te veo tan feliz, que siento envidia, para qué te voy a mentir.
—Al principio también pasé un miedo horrible, no creas que ha sido un camino de rosas. Pero te voy a decir la frase que siempre me repetía Jaime desde el primer momento, y creo que te vendrá muy bien. —Su amiga la mira—: “Déjate llevar y que pase lo que tenga que pasar”.
— Es fácil decirlo, pero da mucho miedo. A veces me gustaría ser como Sindy y tomarme las cosas como ella.
—No creas todo lo que aparenta, estoy segura de que a su manera ha sufrido mucho.
—Bueno, sí, la verdad es que aparenta algo que realmente no es. Ahora no hay más que verla. Por fin ha sentado la cabeza y ya no va con unos y con otros buscando venganza.
—Rocío, si después de todo lo que me has dicho sobre la cena, te apetece repetir, hazlo. Eso no te compromete a nada y con el paso de los días las respuestas vendrán solas. Yo sentí mucha inseguridad al principio, y ahora no me arrepiento de esta relación.
—Bueno, supongo que por repetir otra cena no pasa nada, no creo que haga tanto el ridículo como la primera vez. Si me hubieras visto por un agujerito, verías las tonterías que dije —suelta riendo.
—No digas eso, seguro que no fue como tú lo cuentas.
Por la noche ha estado un buen rato hablando con Jaime por teléfono y no ha dudado en contarle la conversación que ha tenido con su amiga.
Él le ha contado que al día siguiente por la mañana tiene que participar en una ponencia con unos colegas de fuera de España.
Este año, muy a su pesar, le ha correspondido a él y no puede negarse.
Es muy temprano, y Sara ya está en el hotel.
Su primera tarea ha sido recibir a varias autoridades que han venido a pasar dos días para celebrar el noventa cumpleaños del antiguo decano de la universidad de Salamanca.
Después de acompañarlos personalmente a sus habitaciones se ha ido otra vez a su despacho para continuar con todo el papeleo que tiene sobre la mesa.
Lleva algo más de una hora revisando facturas cuando escucha que llaman a la puerta.
Sara se levanta para abrir, y así de paso, aprovecha para estirar un poco las piernas.
—Dime, Soledad, ¿hay algún problema? —le pregunta a la jefa de recepción al verla algo nerviosa.
—Han venido dos policías que quieren hablar contigo —dice haciéndose a un lado para que Sara los vea.
—Pasen, por favor —los invita intentando sonar firme sin conseguirlo—. ¿En qué les puedo ayudar?
—Soy el coronel Manuel Torres y él es mi compañero, el comandante Juan Rodríguez —le dice mientras le muestran sus identificaciones—. Nos gustaría hacerle unas preguntas.
—Hagan el favor de sentarse.
—No, gracias, estamos bien así —afirma mirándola fijamente. Es un hombre moreno de complexión fuerte con cara de pocos amigos—. ¿Su nombre completo es Sara Guzmán Fernández?
—Sí —responde en tono cauteloso—, y ahora háganme el favor de decirme a qué han venido.
—Nos gustaría saber de qué conoce a Pedro Carlos González Marín.
Sara se queda un momento pensando en ese nombre, y al final contesta muy segura.
—No tengo ni idea de quién es —asegura mirando al otro policía, que muestra una cara más amable.
—¿Está totalmente convencida de que no le conoce de nada?
—Le repito que no he escuchado ese nombre en mi vida. ¿Pueden explicarme de qué va todo esto?
—Perdone, pero aquí las preguntas las hacemos nosotros. Haga el favor de acompañarnos a la comisaría, si es tan amable. Necesitamos que nos aclare algunas dudas que nos han surgido.
Sara empieza a temblar sin poder remediarlo, ya que no entiende nada, sin embargo, ha decidido colaborar para salir de dudas. Tiene claro que debe de haber un error y cuánto antes los acompañe, antes volverá a su trabajo.
Cuando sale del hotel junto a los dos policías, no ha podido evitar fijarse en la forma en que la miran sus empleados, mientras sube al coche con ellos.
Al entrar en la comisaría sus nervios se multiplican. Sin querer, los recuerdos de hace unos años empiezan a bombardear su mente, a pesar de ser esta, una comisaría totalmente distinta.
—Haga el favor de sentarse —le dice el coronel con semblante muy serio— ¿Quiere un poco de agua?
—No, estoy bien así —le dice cruzándose de brazos para mitigar los temblores.