Capítulo 36
Cuando se han quedado solos, el padre de Sara no ha querido dejar pasar la ocasión para hablar con Jaime.
—Tengo entendido que también eres viudo.
—Sí, desde hace veinte años.
—No te voy a preguntar lo duro que tuvo que ser, porque viendo a nuestra hija me puedo hacer una idea; nunca creímos que volveríamos a verla saliendo con otro hombre —se sincera dando un hondo suspiro—. Solo te pido que la respetes, porque es una mujer extraordinaria.
—Sí que lo es —afirma mirándolo muy serio—, ha logrado conquistarme como nunca pensé que lo volvería a hacer otra mujer. Pueden quedarse tranquilos, porque mi deseo es hacerla muy feliz.
—Anda, vamos dentro, si no mi hija saldrá a regañarnos —ordena tratando de que no se le note la emoción.
—Eso le sale de maravilla. —Ríen con ganas los dos, después del comentario de Jaime mientras llevan las maletas.
Han vuelto cada uno a su trabajo después de pasar unos días intensos junto a la familia de Sara. Fue todo muy sencillo dado que, acogieron a Jaime como uno más.
Su madre le dijo a Sara antes de irse, que todo ocurría por alguna razón, y el hecho de haber perdido el viaje en barco, era una clara señal de que tenían que conocer a Jaime.
También Alberto y Blanca se alegraron mucho cuando se enteraron dónde estaban pasando las vacaciones. Todo resultó perfecto y ahora tocaba volver a la rutina.
—Hola, marinero, ¿qué tal el crucero? —pregunta su socia entrando en su despacho—. ¿No se ha caído esa impresentable por la borda? Por favor, dame una alegría y dime que sí.
—Silvia, no voy a tolerar que la insultes en mi presencia —expresa en tono seco—, cualquiera diría que sientes celos de ella.
—Sabes que lo digo porque presiento que esa mujer no es trigo limpio . Pero algún día me darás la razón —gruñe sentándose frente a él—. Cuéntame qué tal ha ido el crucero.
—Al final decidimos dejarlo para otra ocasión y preferimos irnos a Gijón con su familia.
—¿Ya te ha engatusado para que no te escapes? —increpa muy cabreada—. Te creía más inteligente, la verdad.
—Ella no me ha engatusado —aclara mirándola muy tranquilo—, fui yo el que insistió en ir a conocerlos.
—En fin —dice alterada, levantándose de un salto—, creo que voy a empezar a trabajar, puesto que no quiero pelearme contigo. No sé cómo puedes estar tan ciego y no ver que esa mujer no te conviene en absoluto.
—Agradezco tu preocupación, pero esa mujer es lo mejor que me ha pasado desde hace mucho tiempo.
Había pensado en un principio no decirle dónde había pasado las vacaciones, sin embargo, se lo ha pensado mejor y ha decidido decírselo para fastidiarla por haber insultado a Sara.
Cuando se ha quedado solo, le ha pedido a su secretaria que no le pase ninguna llamada, ya que necesita hablar por teléfono sin que lo molesten.
Media hora más tarde no sabe qué pensar.
De momento no quiere hacerse ilusiones, con lo poco que le ha contado ese hombre.
Debe conformarse con el pequeño rayo de esperanza que había surgido de una manera casual, por lo que, muy a su pesar, ha tenido que darle su palabra de que debía ser paciente y no molestarlo para dejarlo actuar sin presiones.
—Sindy, ese vestido te queda genial.
—Yo opino lo mismo —admite Rocío mordiéndose la uña del pulgar—, si mi trasero fuese un poco más pequeño, no me importaría enfundarme en esa preciosidad.
—Por favor, deja de decir tonterías, tienes un cuerpo curvilíneo la mar de sugerente —le recrimina Sindy haciendo un gesto con la mano.
—Entonces, ¿dime porqué he tenido que probarme diecisiete vestidos hasta encontrar uno que me viniera bien? —se lamenta alzando las manos—. En cambio, vosotras ya lleváis diez bolsas de ropa cada una.
—Qué exagerada eres —la sigue riñendo—. Tienes que quitarte ese complejo de “culo gordo” que tienes y lucirlo como es debido.
—No me vas a convencer.
—¿Qué os parece si nos vamos a tomar unos buenos boquerones rebozados y un buen vino? —Sara decide intervenir para que no discutan más.
—Eso eso, tú alimenta a este monstruo que me sigue a todas partes —recalca mirando hacia atrás.
—Rocío, ese monstruo seguro que tiene más admiradores de los que imaginas —le dice Sara.
—Bueno, no os voy a mentir —pone morritos—, hay un pediatra que no deja de insistir en invitarme a cenar.
Sus amigas acaban de quedarse muy sorprendidas, era la primera vez que escuchaban a Rocío decir algo así.
—Dile que sí.
—No.
—Yo opino lo mismo que Sindy.
—He dicho que no.
—Entonces, ¿por qué te has empeñado en ir de tienda en tienda para comprarte ropa? —cuestiona Sara—. Eso tiene que significar algo.
—Bueno, quizá le diga que sí —sus amigas la miran sonriendo—, pero no os hagáis ilusiones, porque yo tampoco me las voy a hacer. Una cena es solo una cena.
Llega a su casa muy cansada y sin ganas de hacer nada.
Sin embargo, diez minutos más tarde se lo ha pensado mejor y ha decidido salir a caminar un rato por la playa.
Ahora que ha vuelto a disfrutar haciendo planes en pareja, siente como si hubiera rejuvenecido diez años.
Lleva un rato caminando y su teléfono empieza a sonar haciendo que Sara se detenga con una dulce sonrisa.
—Hola, ¿qué tal te ha ido el día? —le pregunta en tono alegre.
—No ha estado mal del todo, pues he ganado dos juicios y cuatro enemigos, —ríe—. Y tú, ¿qué tal lo has pasado con tus amigas?
—Muy bien, ha sido genial. Después de ir de compras, nos hemos ido a tomar vinos y pescadito frito.
—Me encanta oírte hablar así —dice en tono sincero—. Supongo que ahora estarás quemando todo ese banquete.
—Supones bien.
—Qué lástima que este fin de semana no nos podamos ver. Aunque sabes que puedes venirte si te apetece.
—Si fueras tú solo no me importaría; pero no pinto nada en un congreso de Abogacía Española en Bilbao con tus socios.
—Es una pena, nos tendremos que conformar con hablar por las noches.
—Sí, ese es un buen premio de consolación.
—Ya es un poco tarde, ¿te queda mucho camino por recorrer? —cuestiona en tono falsamente serio.
—Sí. —Suelta una carcajada—. Ya decía yo que estabas tardando mucho en preguntármelo.
Esa era la idea de Jaime antes de despedirse de ella. Le cabrea muchísimo no poder verla el próximo fin de semana, y hacerla reír le ha provocado una sensación increíble.
Ha llegado con tiempo de sobra al restaurante donde ha quedado con sus amigas, y la sorpresa ha sido mayúscula al encontrarse a Antonio comiendo con algunos de sus compañeros.
—Hola, qué alegría —saluda con rapidez, quiere terminar cuanto antes porque no se siente cómoda—. No quiero interrumpir, ya hablaremos con más calma en otra ocasión.
—No pasa nada, a ellos ya los conoces —la mira con una sonrisa forzada— se han empeñado en que tengo que salir para distraerme y no me he podido negar.
—Haces bien, tu madre se alegraría de que así fuera —trata de apartarse— ahora tengo que dejarte, he quedado con unas amigas.
—Espera —le pide agarrándola del antebrazo—, veo que ellas aún no han llegado.
—Mejor me voy a mi mesa para esperarlas mientras reviso mi agenda. Es mejor que os deje comer tranquilos.
No ha esperado siquiera a que Antonio le conteste, ya que no puede soportar cómo la escrutaban con la mirada los antiguos compañeros de su marido.
Ha sido una situación muy incómoda, la cual quería cortar cuanto antes.
Después, se ha jurado a sí misma no volver jamás a ese restaurante para no tener que coincidir con ninguno de ellos.
—Hola, siento llegar tarde, el tráfico está hoy imposible. He visto a Sindy aparcando, no creo que tarde.
—No te preocupes Rocío, yo también acabo de llegar —indica guardando la agenda en su bolso—. Hazme el favor y no se te ocurra mirar hacia tu izquierda en ningún momento. —Su amiga la mira sin comprender—. Antonio y unos compañeros están ahí sentados.
—Ah, de acuerdo —asiente levantándose—. Voy a ponerme aquí, y así les doy la espalda.
—Mejor que mejor. Ahora cuando venga Sindy, se sienta a tu lado, y así formareis las dos una barrera perfecta.
Sara no ha podido, ni ha querido, disimular la aversión que siente hacia esos hombres, los cuales juzgaron a su marido demasiado pronto.
Al final ha podido disfrutar de la comida, puesto que sus amigas no han parado de contar historias graciosas; estaba claro que lo han hecho para que Sara se sintiera bien y ella ha agradecido ese detalle sumándose al buen ambiente.
Cuando ha llegado a su casa lo primero que ha hecho ha sido darse una ducha, y después de ponerse ropa cómoda se ha ido al pequeño despacho que tiene para adelantar algo de trabajo.
De pronto ha sonado el timbre de la puerta y no ha podido evitar asustarse, pues a estas horas no espera a nadie.
No obstante, al observar por la mirilla, ha abierto la puerta con una sonrisa radiante.
—¿Cómo se te ocurre abrir sin preguntar primero quién es? —escupe Jaime cabreado.
—Te he visto por la mirilla —argumenta borrando su sonrisa por el comentario de él.
—Ah, perdón, creía que habías abierto sin más —se disculpa algo avergonzado por la metedura de pata.
—¿Piensas entrar?, lo digo porque no llevo ropa adecuada y no quiero que los vecinos me vean así, tengo una reputación que mantener.
—Perdón. —Entra rápidamente—. Es la segunda vez que te pido perdón en menos de diez segundos.
—Te perdono todos los agravios, si me das un abrazo —dice cerrando la puerta.
—Trato hecho, aunque primero —susurra besando sus labios—, esto. Lo estaba deseando hacer desde que salí de Madrid.
—Ha sido una casualidad que hoy no haya salido a correr. —Sonríe algo apurada—. Me habrías tenido que esperar en la puerta.
—He hecho un poco de trampas. —Lo mira entornando los ojos—.
He llamado primero a Rocío con la excusa de saber que tal le había ido con el último acuerdo con su ex, y de paso me he enterado de que hoy te quedabas aquí para trabajar un rato.
Quería darte una sorpresa y no sabía si tenía que ir a buscarte a la playa.
—Me encanta que hayas venido —susurra sin soltarse de su cuello.
—No tenemos más remedio que sacar tiempo de donde sea. Es una pena vivir tan lejos uno del otro.