La esencia del bambú Capítulo 35 #3
84%

Capítulo 35 #3

—Sí, aquí llevo el pañuelo para desearte un buen viaje. —Le muestra uno de papel mientras lo agita en el aire.

A Jaime le está costando horrores aguantar el enfado, necesita que ella pague por haber preferido irse a ayudar a ese gilipollas, antes que irse con él de vacaciones; por eso ha ensayado un buen argumento para mostrar su humillación, pero ahora duda de que vaya a tener éxito.

—Has llorado.

—No. —Baja la mirada.

—¿Por qué? —interroga mientras le pone un dedo en la barbilla para que lo mire—. Merezco al menos una explicación.

—Ha sido la impotencia de querer estar en dos sitios a la vez, y saber de antemano que eso era imposible. No puedes imaginarte la ilusión tan grande que me hacía irme contigo —inspira hondo—, pero debía estar en casa de Antonio para ayudarlo.

—Era nuestro viaje. ¡Un crucero juntos!

—No se trata de ver quién de los dos es más importante para mí, porque, aunque no lo creas, ese eres tú.

Sin embargo, él no tiene a nadie y por eso, no me habría ido con la conciencia tranquila; sentía que tenía la obligación moral de ayudarlo.

No me estoy justificando ni busco tu perdón, lo único que te pido es que lo entiendas —suplica con los ojos brillantes—.

Lo siento, me duele muchísimo que hayamos discutido.

—Yo también lo siento —dice dándole un tierno beso—, aunque sigo un poco cabreado. Supongo que ya se me pasará.

—Espero ayudarte para que sea pronto.

—Si hubiera llegado cinco minutos más tarde, no te habría encontrado en casa —advierte mirándola de arriba a abajo.

—Necesitaba salir para que me diera el aire.

—¿Quieres que te acompañe?

—No llevas la ropa adecuada.

—Tengo mi equipaje en el maletero, seguro que encontraré algo apropiado.

—Tráelo y te ayudo a escoger —lo insta sonriendo por primera vez.

Han llegado a la playa y se han descalzado para pasear por la orilla, puesto que no hace mal tiempo.

—Después hablaré con mi madre, se ha quedado muy preocupada cuando le he contado lo que ha pasado.

Me ha llamado esta tarde para saber si estábamos ya de viaje, y no he tenido el valor de mentirle.

—Lo mira un instante—. Si te sirve de consuelo, ella también se ha cabreado conmigo.

No le he mencionado que te habías ido solo de viaje, necesitaba ganar tiempo.

—¿Y qué piensas decirle ahora? —Le pasa una mano por la cintura atrayéndola hacia él.

—Le diré que de momento hemos decidido quedarnos en casa para descansar. Así se quedarán más tranquilos, porque estoy segura de que se lo habrá contado a mi padre.

—Podrías preguntarle si les apetece conocerme —propone sin pararse a pensar.

—¿¡Cómo!? —grita atónita girándose de golpe.

—Por supuesto, si a ti te parece bien. —Ríe al ver su cara de asombro.

—¡Claro que me parece bien!, no sabes las indirectas que me lanzan cada vez que hablamos por teléfono, pero quería que eligieras tú el momento de conocerlos. Nunca se me habría ocurrido presionarte.

—Entonces será mejor que nos vayamos ahora a mi casa, y así mañana podemos salir hacia Gijón tranquilamente. ¿Qué te parece?

—Son cinco horas de viaje hasta Madrid —hace las cuentas mirando el reloj—, llegaríamos a las once de la noche.

—Pues no perdamos tiempo, y si tomamos algo ligero por el camino, a las doce ya estaremos en la cama. Lo bueno es que ya tenemos hecho el equipaje.

Por la mañana no han querido madrugar demasiado. Anoche cuando habló con su madre y le contó sus planes se puso contentísima. Le informó que llegarían a la hora de cenar porque querían viajar sin prisas. Por lo tanto, podían descansar antes de ponerse en marcha.

—Hola, papá —le saluda algo nerviosa cuando lo ve en la puerta—, por fin hemos llegado.

—Ya veo, hija —mira a Jaime sin disimular—, qué alegría me llevé cuando me dijo tu madre que veníais a pasar unos días.

—Te presento a Jaime —dice haciéndose a un lado.

—Hola, mi nombre es Selmo —se presenta estrechándole la mano con un gesto fuerte—. Tenía muchas ganas de conocerte.

—Y yo también —contesta su madre saliendo en ese momento por la puerta—. Soy Irene, la madre de Sara y la abuela de Alberto.

—Encantado de conocerlos a los dos —responde con una amable sonrisa.

—Deja que te dé un abrazo. Aunque eres muy alto y no sé si voy a llegar bien. Y trátame de tú, hombre, que aún soy muy joven.

Han empezado a reír por el comentario, a pesar de estar todos nerviosos.

—Mamá, yo también estoy aquí —protesta Sara alzando una mano.

—Ay, hija, ya te he visto, pero tenía tantas ganas de conocer al hombre que le ha devuelto la felicidad a mi niña, que te he dejado para el final.

—Voy a ayudaros con el equipaje —interviene el padre al ver a su mujer con los ojos llenos de emoción—, seguro que estáis cansados del viaje.

—No es necesario don Selmo —expresa el abogado en tono serio—, ya lo hago yo.

—Si me quitas el “don” y me tratas también de tú, te aseguro que me sentiré mucho mejor.

—De acuerdo, Selmo.

—De todas formas, quiero ayudarte. —Mira a su hija—. Ve con tu madre a ver si das el visto bueno a toda la comida que tiene preparada. Creo firmemente que puede venir el Orfeón Donostiarra, y aún sobraría para tres semanas más.