La esencia del bambú Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

Ha terminado de hablar con Jaime por teléfono hace quince minutos, y todavía resuenan en sus oídos todos los improperios que había soltado por su boca.

No le cabía en la cabeza que Sara anulara el viaje por tener que ir a ayudar a un tío hecho y derecho, según sus palabras, a recoger las cosas de su difunta madre.

Además, no se tragaba el cuento de que “era un blandengue”.

Sospechaba que era una excusa para aprovecharse de su buena fe, ya que intuía que había otras intenciones detrás.

Ella había tratado de hacerle entender, que no podía posponerlo y que no era justo que pensara así de Antonio.

Sara aún está muy dolida, porque Jaime le había asegurado antes de colgar el teléfono, que se iba él solo de crucero.

—Hola, muchísimas gracias por venir. —Antonio se hace a un lado cuando la ha visto en la puerta.

—Vamos a ver por dónde quieres que empecemos —menciona entrando apresuradamente.

—¿Quieres tomar algo? —pregunta retorciéndose las manos.

—No. Será mejor que empecemos cuanto antes —sugiere mirándolo un instante—, no puedo entretenerme mucho.

—Me ha sabido muy mal tener que molestarte —manifiesta en tono amable.

—No es molestia, pero cuanto antes empecemos, mucho mejor.

—Sara —le pone una mano en el hombro al verla tan seria—, ¿estás bien? Sé que apreciabas mucho a mi madre y me siento mal por hacerte pasar por esto. ¡Qué imbécil soy!, no me había parado a pensar que estarías triste.

—No te preocupes. —Ha preferido no sacarlo de su error. Es mejor así, no tiene intención de decirle que la pelea con Jaime la ha afectado mucho—. Es verdad que le tenía mucho aprecio, y ayudarte a recoger sus cosas, va a ser una bonita forma de despedirme de ella.

Se han puesto manos a la obra y cuatro horas más tarde ya lo tenían todo limpio y empaquetado, mientras el resto había ido a parar a la basura puesto que eran objetos inservibles.

Sara se ha negado en rotundo en aceptar algunas de las joyas por más que le ha insistido Antonio, diciendo que su madre así lo habría querido. Para que se quedara tranquilo, ha aceptado un broche de trébol formado por cuatro piedras semipreciosas en color verde.

—Quédate a comer, se ha hecho muy tarde y es lo menos que puedo hacer para agradecerte el inmenso favor que me has hecho.

—De acuerdo, pero no te compliques mucho. —Se apoya en la mesa de la cocina, pensando en que Jaime ya estaría muy lejos, por lo que ya no tenía sentido tener prisa.

—¿Te apetece una pizza?

—Me parece buena idea —afirma tratando de sonreír.

—¿Quieres una copa de vino mientras esperamos?

—Mejor un poco de agua.

Tiene miedo de empezar a beber y ponerse a hablar más de la cuenta, la discusión con Jaime aún sigue doliendo demasiado.

—Te noto muy callada, apenas has hablado en toda la mañana —le pregunta cuando están comiendo.

—Lo siento, es que tengo muchas cosas en la cabeza. —Deja un trozo a medio comer.

—¿Vas a tomarte algún día libre?

—Sí, me voy a casa de mis padres para descansar. —Es lo primero que se le ocurre para no dar más explicaciones

—¿Tú sola? —Ella alza las cejas—. Perdón perdón, no tengo ningún derecho a preguntar.

—Ah, no pasa nada. —le responde con resignación—. Sí, me voy sola, Jaime tenía previsto un viaje.

No ha mentido del todo, porque es verdad que tenía previsto un viaje, pero los dos juntos. Y ese pensamiento le acaba de morder el corazón.

—Bueno, llega la hora de marcharme, tengo que preparar mi equipaje — se excusa girándose para coger su bolso.

—Qué lástima, que tengas que irte ya. Se me ha pasado la mañana volando. Ni que decir tiene que no habría podido recogerlo todo sin ti. Gracias de corazón.

—No me des las gracias, tú siempre has estado ahí cuando te he necesitado y es lo menos que podía hacer —se dirige a la puerta—. Ahora lo que debes hacer es salir y no quedarte encerrado, porque los próximos días van a ser muy dolorosos.

—Sí, me temo que algo así tendré que hacer para no agobiarme.

Sara ha llegado a su casa y lo primero que ha hecho, ha sido meterse en la ducha a ver si logra despejarse con el agua fría. Cuando sale secándose el pelo con la toalla, su teléfono empieza a sonar y no duda ni un segundo en contestar, pensando que puede ser Jaime.

—¿Sí?

—Hola, cariño.

—Hola, mamá —saluda con un sabor amargo de decepción.

—¿Estáis ya en el barco?

—Me temo que el viaje tendrá que esperar para otra ocasión. —No quiere mentir a su madre.

—¿Qué ha pasado?, ¿va todo bien? —pregunta muy sorprendida.

—La mañana se me ha complicado, y era imposible llegar a tiempo para embarcar.

—Vaya por Dios, ese trabajo tuyo te absorbe mucho tiempo.

—No ha sido el trabajo. —Da un hondo suspiro—. Antonio me ha llamado temprano muy apurado porque quería recoger todas las cosas de su madre. Me ha pedido ayuda y no he tenido el valor de negarme, está tan triste el pobre.

—¿No lo podía haber dejado para otro día? —suelta algo cabreada—. Me parece muy egoísta por su parte.

—Mamá, no lo está pasando nada bien, y ver todas las cosas de su madre lo ponía aún peor.

—Eso no lo pongo en duda, pero os habéis quedado sin viaje. Estoy segura de que Jaime no se lo habrá tomado nada bien.

—Nadie se pone en mi lugar, ¿qué queríais que hiciera?, ¡no tiene a nadie! —trata de justificarse—. Yo os tuve a vosotros a mi lado y él siempre se ha portado muy bien conmigo. Ahora no podía darle la espalda.

—Sin embargo, podía haber esperado a que vinieras de vacaciones.

—Él no sabía que tenía programado un viaje. He intentado hacer las cosas bien, y ahora todo el mundo se ha enfadado conmigo —dice nerviosa y empieza a llorar.

—Anda, hija, no te pongas así, con lo contentos que estamos de verte tan feliz. Ya verás como al final las cosas se arreglan. —Le dice para animarla—   seguro que se os ocurrirá otro sitio para descansar unos días.

Sara no ha querido decirle a su madre que lo duda muchísimo, dado que él le ha asegurado que se iba solo, y cada minuto que pasa, la discusión que han tenido le estaba afectando más de lo que imaginaba.

—Ya pensaremos algo, ha sido todo tan repentino… —menciona tratando de salir del apuro—.  Mamá, ahora tengo que dejarte, estoy esperando una llamada. —Se siente fatal por engañarla de esa forma.

—De acuerdo, hija, ya me contarás qué pensáis hacer.

Ha decidido salir al jardín. y se ha puesto a quitar todas las hojas secas de las plantas mientras las lágrimas no le dan tregua.

Aunque le cueste reconocerlo, está más cabreado de lo que esperaba.

La pelea con Sara le ha superado, por eso cuando le ha dicho que pensaba irse solo a ese crucero, lo había dicho totalmente convencido.

Dos horas más tarde se halla tumbado en el sofá con un buen whisky, rememorando todas y cada una de las veces que se había acostado con esa mujer, y el resultado lo está volviendo loco.

A media tarde, Sara decide salir a pasear por la playa para tratar de distraerse; la sesión de jardinería no la ha relajado como ella esperaba.

Cuando abre la puerta, se choca con un muro vestido con pantalón negro y camisa gris claro. Sus miradas se han quedado ancladas sin que los dos hagan nada para romper el silencio, por miedo a estropear la intensidad del momento.

El corazón de Sara ha empezado a latir muy deprisa, ya que no lo esperaba. Jaime, por su parte, trata de que no le afecte el pulso de sus miradas, aunque a duras penas puede conseguirlo, puesto que tenerla pegada a su cuerpo, le está despertando sus instintos más primitivos.

—Hola, ¿ibas a alguna parte? —le pregunta muy serio.

—Sí, ahora me disponía a ir a la playa para ver si te veía pasar con el transatlántico —decide provocarlo por lo borde que se ha puesto esa misma mañana, a pesar de saber que tenía toda la razón del mundo de enfadarse con ella.

—¿De verdad? —Alza una ceja.