Capítulo 35
—¿Vas a tomarte unos días libres en Semana Santa? —le pregunta Jaime mientras están paseando por la playa dos semanas después.
—Esa es mi intención —dice mirándolo con ojos soñadores—. Tengo a mi subdirector trabajando sin descanso para que yo pueda tener más tiempo para ti y para mí.
—Me gusta que digas eso, te noto muy agobiada últimamente, y unas pequeñas vacaciones te vendrían muy bien.
—Sí, ya le he dicho que no cuente conmigo durante una semana. ¿Y tú, qué piensas hacer esos días? —le pregunta moviendo las cejas.
—Pasarla contigo donde sea. —Sonríe mientras la abraza—. Si tú estás dispuesta a aguantarme.
—Te aguantaré donde haga falta —contesta inspirando muy hondo.
—¿Incluso en un crucero?
—He dicho donde haga falta, y eso incluye también un crucero —bromea sonriendo.
—La próxima semana empezaré a prepararlo todo.
Van pasando los días y no hay noticias de ese desconocido.
Lo ha vuelto a llamar varias veces y ya ni siquiera se escucha el tono de llamada.
Al final ha llegado a la conclusión de que se trataba de algún oportunista.
Sin embargo, ha decidido que llamará a Antonio por la mañana para ver si puede averiguar a quién pertenece ese número de teléfono, y de ese modo, saber de quién se trata realmente.
—Antonio, me gustaría quedar contigo lo antes posible —le dice antes de arrepentirse en cuánto ha escuchado que estaba en línea.
—Oh, Sara, pensaba llamarte ahora —explica con la voz quebrada—, ha ocurrido una desgracia.
—¿Qué ha pasado?
—Mi madre ha muerto. Aún no me lo puedo creer. Esta mañana ha ido la chica que la cuida a despertarla, y ya estaba muerta —solloza con la voz rota.
—Cuánto lo siento —se lamenta muy sorprendida.
—Estaba en la comisaría cuando me han avisado y he vuelto a casa rápidamente. Ahora estoy esperando a que lleguen los de la funeraria; el médico que ha certificado su muerte hace unos minutos, ya se ha ido. Me ha dicho que era ya muy mayor y su muerte ha sido por causas naturales.
—Voy a posponer un par de reuniones que tengo y después voy a tu casa.
—Espera un momento que están llamando a la puerta. Acaban de llegar los de servicios funerarios, será mejor que te llame más tarde cuando lo tengan todo arreglado en el tanatorio. ¿Te parece bien?
—De acuerdo, llámame lo antes posible para estar contigo el tiempo que necesites.
Sara no puede olvidar lo bien que él se portó en aquellos días en los que se encontraba rota de dolor, de modo que, ahora lo más importante era estar a su lado.
A media tarde, Antonio le ha llamado para decirle que su madre estaba en la sala número tres. Que se acercara cuando pudiera. Ella no lo ha dudado ni un segundo y le ha dicho, que en media hora estaría allí.
Después ha llamado a sus amigas para decirles que no iba a cenar con ellas porque iba a estar acompañando a Antonio en su luto.
Él era hijo único. Su madre solamente había tenido una hermana, que ya había fallecido, y sus dos primos, que viven en Ferrol, llegarán al día siguiente.
Cuando ha llegado al tanatorio, Antonio la ha abrazado llorando como un niño desconsolado.
—Gracias, Sara, no sabes lo importante que es para mí que estés aquí. Nunca me imaginé que esto fuera tan doloroso.
—Lo siento mucho, no sé qué más puedo decirte.
—Con estar aquí es más que suficiente —dice volviéndola a abrazar.
A Sara no le han pasado desapercibida las miradas de algunos antiguos compañeros de Yago. No piensa dedicarles ni un segundo de su tiempo en saludarlos, ya que no les perdona lo mal que se portaron con ella y lo rápido que juzgaron a su marido, acusándolo de aquellos horribles delitos.
Por la noche la ha llamado Jaime para hablar, como hacen cada noche, y ella le ha relatado lo que había ocurrido; también le ha dicho que va a quedarse acompañando a Antonio unas horas más.
A la mañana siguiente, después del entierro, Sara se dispone a marcharse, porque necesita dejar arreglados muchos asuntos antes de irse de vacaciones, sin embargo, Antonio se lo impide agarrando su mano.
—No sé cómo habría podido manejar esta situación yo solo —confiesa intentando sonreír—, con lo mayorcito que soy y no he podido dejar de llorar.
—No digas eso, es normal en una situación así.
—Gracias por haber estado aquí —se sincera sin intención de soltarle la mano.
—Es lo menos que podía hacer. Aunque ahora sintiéndolo mucho, debo irme, mi jefe llega en media hora y no le gusta que le hagan esperar —concluye mientras le da un corto abrazo antes de marcharse.
Ella no deja de pensar en los momentos tan violentos que ha vivido en las últimas horas, dado que Antonio apenas se separaba de ella, y eso le hacía muy difícil el pasar desapercibida.
En un par de ocasiones habían intentado incluirla en las conversaciones que mantenían con Antonio, sin embargo, ella se había apartado discretamente.
No tenía nada que hablar con aquellos que pertenecieron al comando que dirigía su marido, y mucho menos con sus esposas, las cuales no dudaron en darle la espalda cuando más apoyo necesitaba.
Solamente quisieron hablar con ella, para ver si podían sacar alguna jugosa información que pudieran compartir con sus maridos.
A mediodía se ha sentido satisfecha, ya que su jefe se ha marchado con la promesa de dejarla tranquila durante las tres próximas semanas; también la reunión con Luis ha ido mejor de lo que esperaba.
Se siente muy afortunada por contar con él porque ha descubierto que es un gran profesional, a pesar de su juventud.
Por la tarde no ha querido salir a dar un paseo por la playa, pues tiene intención de dejar toda la casa arreglada y además le queda terminar de hacerse el equipaje.
A la hora de cenar llama a Jaime para hablar un rato mientras se toma un plato de pasta con una copa de vino.
—Mañana por la mañana llegaré con el tiempo justo a la casa de la playa, ya cuento las horas que nos faltan para desconectar de todo.
Hace un par de horas he hablado con mi hija y le he contado nuestros planes.
Me ha encantado el grito de alegría que ha dado.
Después de todo, hemos tenido muchísima suerte, puesto que nuestros hijos se lo han tomado muy bien.
—Sí, incluso Alberto me ha gastado la típica broma, de que no se me olvide el flotador por si el barco hace aguas . La verdad es que ahora estoy muy tranquila, ellos saben lo nuestro y no tenemos que ir escondiéndonos.
—A ver si al final vamos a tener que darle las gracias a Silvia —le dice con sorna.
—Eso no lo verán sus ojos —agrega en tono mordaz—. No quiero ni imaginar el disgusto que tendrá al ver que no ha hecho el daño que pretendía.
—Vamos a dejar de hablar de ella porque veo que el ambiente se está tornando denso.
—Sí, es lo mejor. Estoy feliz pensando en los días que nos esperan, y quiero disfrutarlos al máximo sin pensar en personas tóxicas.
—Mañana no llegues tarde, sabes que después tenemos por delante dos horas de viaje hasta el puerto de Cádiz.
—No te preocupes, a las nueve en punto estaré allí.
—De acuerdo. Ahora vete a descansar, no quiero verte aparecer con ojeras.
—¿Te he dicho alguna vez que eres eso que tú ya sabes?
—Mañana quiero que me lo digas al oído —murmura con voz profunda.
Amanece y Sara acaba de salir de la ducha cantando mientras escoge la ropa que va a llevar ese día. Con una dulce sonrisa se ha puesto delante del espejo, y se ha dado el visto bueno con unos cómodos pantalones vaqueros azul oscuro, camisa blanca de seda, y unas zapatillas muy cómodas.
Ya falta poco para irse cuando su teléfono ha empezado a sonar, pensando que se trata de Jaime para asegurarse de que no se le hace tarde ha contestado sin mirar siquiera de quién se trataba.
—Ya estoy a punto de salir —responde sonriendo.
—Sara, siento molestarte, pero necesito verte —le dice Antonio muy afligido.
Ella se ha quedado unos segundos sin saber qué contestar puesto que no esperaba esa llamada.
—Dime, Antonio —afirma con cautela—. ¿Se trata de algo urgente?
—Es que llevo desde anoche intentando hacerme a la idea de que tengo que recoger todas las cosas de mi madre y no puedo —balbucea sorbiendo por la nariz—. Te juro que no puedo. Ya sé que suena ridículo, sin embargo, soy incapaz de hacerlo. Me harías un favor enorme si vinieras a ayudarme.
—Entiendo que es muy difícil tener que recoger todas sus cosas. —Ella lo sabía por experiencia—. En cuanto pueda me acerco a tu casa y lo arreglamos. No te preocupes, cuenta conmigo.
—¿Puedes venir ahora? —le ruega con voz afligida—. No te lo pediría si no fuera algo que me supera. Ver sus cosas por todas partes, me está hundiendo y no me siento con fuerzas para hacerlo yo solo.
—Me pillas en un mal momento, la verdad —se excusa tratando de hablar con calma.
—Solo serían dos o tres horas como mucho, y me quitarías esta losa que me está ahogando.
Sara se encuentra en una tesitura bastante incómoda, ya que no sabe cómo decirle que está a punto de irse de viaje.
—¿No podrías esperar unos días hasta que te tranquilices un poco? Después, yo te ayudaría.
—Siento que no puedas ahora, pero estar rodeado de todas sus cosas, es una tortura para mí —insiste con la voz rota de dolor—. Y Rosa, la chica que venía a atenderla ya ha empezado en otra casa. Aunque ciertamente preferiría que fueras tú, ya que tengo más confianza contigo.
Sabe que esta decisión le va a traer muchos problemas, pero tiene que ayudar a Antonio, de la misma manera que él lo hizo en su día.
—Dentro de un rato estaré ahí —concluye antes de pensar en las consecuencias de esa decisión.
—Gracias. —Suelta el aire aliviado—. Tengo varias cajas vacías y dos paquetes grandes de bolsas, espero que con eso baste.