La esencia del bambú Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

—Sara, en la recepción hay alguien que insiste en verte —le dice la jefa de recepción algo apurada—.

Le he dicho que hoy es imposible, pero me ha asegurado que no se va a mover de aquí hasta que no hable contigo.

He preferido informarte primero antes de llamar a la policía para no montar un escándalo.

Me ha dicho que lleva varios días esperando que lo llames por teléfono, y como no ha tenido noticias tuyas, ha decidido venir.

—¿Te ha dicho su nombre? —pregunta algo desconcertada.

—Sí, dice que se llama —tras dudar un momento contesta— Peca.

—Salgo enseguida.

No tiene ni idea de quién puede ser, pero ha salido a hablar con él para saber eso tan importante que tiene que decirle. Espera que no sea nada difícil de solucionar, puesto que necesita volver a su despacho lo antes posible.

—Hola, buenos días.

Se presenta estrechándole la mano a un hombre que no ha visto en su vida.

Va vestido con pantalón negro y camisa verde, ropa que ha conocido épocas mejores, lleva el pelo peinado hacia atrás con una pequeña coleta.

Su edad podría oscilar entre los cincuenta y sesenta años; se nota que no ha debido llevar una vida muy ordenada precisamente.

No entiende cómo ha podido dejarlo entrar el portero.

—Hola —saluda el hombre, aclarándose la garganta—. Siento presentarme así, pero hace varios días dejé aquí un sobre con mi número de teléfono para que se lo entregaran, y al no recibir ninguna llamada, he querido venir para decirle en persona, lo que estoy seguro le va a interesar muchísimo.

—Haga el favor de explicarme eso tan urgente que debo saber —lo apremia, recordando de pronto, el pequeño sobre que dejó olvidado dentro del bolso— tengo muchas cosas que hacer y dispongo de poco tiempo. Si trata de buscar trabajo, debo informarle que para eso tenemos…

—No busco trabajo —la corta—. Lo que he venido a contarle —carraspea aclarándose la garganta otra vez—, es qué yo sé todo lo que le pasó a su marido la noche que lo mataron en el puerto.

Sara ha tenido que agarrarse al mostrador que tiene a su derecha porque ha notado que el suelo ha empezado a moverse. De repente, el estómago se le ha encogido y ha empezado a respirar con dificultad.

—¿Qué está intentando decirme? —sondea agitada tratando de reponerse— No entiendo por qué ha venido, después de cinco años a afirmar semejante barbaridad. Ha tenido tiempo más que suficiente para ir a la policía.

—He tardado tanto, porque hace poco que he salido de la cárcel por dos atracos que cometí en un par de gasolineras. Pero quería hablar solo con usted para que supiera toda la verdad.

—¿Y quién me dice a mí, que usted no es un embustero? —alega poniéndose muy nerviosa—. ¿Qué quiere que piense? o ¿acaso era usted uno de ellos? ¿Necesita dinero y pretende que yo se lo dé a cambio de información?

—Yo no tengo nada que ver con aquella gente —brama en tono resentido— Tampoco quiero nada, pero creía que tendría ganas de saber lo que pasó realmente aquella noche. Usted decide si quiere conocer toda la historia, o mejor me voy por donde he venido.

—Espere —lo frena al ver que hace la intención de alejarse de ella—. Aquí no es el lugar adecuado para hablar.

Sara se muestra muy incómoda porque los están observando algunos empleados del hotel, y no quiere que nadie escuche la conversación tan comprometida que está teniendo con ese hombre.

—Dígame el sitio y la hora, y allí estaré —masculla el hombre, empezando a perder la paciencia.

—Quedamos en la comisaría para que la policía esté presente —dice en tono resuelto—, así también conocerán su versión de los hechos.

—Me parece que es mejor que hablemos solos. —Lo mira escéptica—. Estoy seguro de que no le va a gustar lo que le voy a contar.

—¿Qué insinúa? —trata de no elevar el tono de voz para no llamar más la atención—. ¿Por qué tengo que fiarme de alguien que acaba de salir de la cárcel?, no sé qué quiere de mí, pero no le conozco como para quedar a solas con usted.

—No busco dinero, ni saco ningún beneficio contándoselo, pero pensaba que, dadas las circunstancias, le gustaría conocer la verdad.

Usted decide —añade mirándola muy serio—.

Si quiere, hablamos en un sitio al aire libre donde pase mucha gente, para que vea que no voy a hacerle nada.

Dígame qué piensa hacer, pero nada de policía; ya he visto bastantes durante los últimos cinco años.

—¿Cómo sabe lo que pasó?, ¿quién se lo ha contado? —continúa dudando de ese hombre.

—No me lo ha contado nadie —responde mientras juega con un cigarrillo entre los dedos—. Yo no era uno de ellos, pero aquella noche estaba a pocos metros de allí porque era un buen sitio para dormir, y vi lo que su marido y esos traficantes se traían entre manos.

Sara ha empezado a sentir cómo su corazón ha empezado a golpearle el pecho frenéticamente.

Al final, tras unos segundos de incertidumbre, ha decidido quedar con él en un parque cercano, hora y media más tarde.

Necesita un poco de tiempo para poner en orden sus emociones; ese hombre ha dado a entender que no le va a gustar lo que le tiene que contar, y no sabe si está preparada para asumir que su marido no era un hombre honrado.

Él le ha dejado muy claro que no se trata de ninguna trampa ni nada parecido, y ella le ha dado su palabra de honor de que va a ir sola.

Le ha sido del todo imposible concentrarse en el trabajo, un fuerte dolor de cabeza le está atenazando el cerebro, mientras repasa una y otra vez la conversación que ha tenido hace una hora.

De momento, no va a contarle a nadie lo que ha pasado, hasta que no sepa exactamente qué versión de los hechos le va a dar ese individuo.

No ha querido atender ninguna llamada, para evitar caer en la tentación de hablar de la reunión que va a mantener con un desconocido. Apenas queda media hora y el dolor de cabeza no le da tregua, a pesar de haberse tomado un potente analgésico.

Ha salido del hotel con la excusa de tener una cita con el dentista para llegar al parque con antelación, y se ha sentado en un banco con los nervios a flor de piel.

Mientras espera a que ese hombre aparezca, no para de estrujar entre los dedos un pañuelo de papel.

Lleva más de media hora sentada y no puede más, por lo que ha decidido dar cortos paseos alrededor para aplacar los nervios.

Está siendo una espera agónica donde mil pensamientos van pasando por su mente como si se tratara de un tiovivo.

Dos horas más tarde decide volver al hotel totalmente hundida, ya que el expresidiario no ha aparecido y tampoco ha contestado a las dieciocho llamadas telefónicas que le ha hecho, después de rescatar del fondo de su bolso el pequeño sobre olvidado.

Tras dejar todo arreglado en el hotel, se ha ido a su casa.

Lo primero que ha hecho ha sido subir a su habitación, luego se ha tumbado en la cama sin saber qué pensar.

Ha repasado una y otra vez los últimos días que vivió su marido, y aparte de encontrarlo inquieto.

Bueno, y algo ausente en algunos momentos en los que ella le hablaba, no ha recordado nada más.

Nunca entró dinero ilícito en sus cuentas bancarias.

Tampoco en su casa había nada, porque de haber sido así, lo habrían encontrado aquellos miserables que no dejaron un rincón sin hurgar.

Aunque siendo justos, sí que encontraron información en su ordenador, y también dinero y droga en su taquilla y en un almacén. Por eso ahora más que nunca necesita dar con ese hombre para que le cuente de una vez lo que pasó, y de este modo, poder cerrar un capítulo de su vida.

Al final el agotamiento le ha pasado factura y se ha quedado dormida. Una hora más tarde su teléfono empieza a sonar insistentemente, pero Sara ha dejado el bolso abajo, en el salón, y no lo escucha.

Por la mañana, los primeros rayos de sol han entrado por su ventana haciendo que se despierte con la sensación de haber dormido tres días seguidos.

Se ha levantado vestida con la misma ropa que llevaba del día anterior y ha decidido darse una ducha, pero un pensamiento hace que se despeje de golpe.

Ha bajado las escaleras sin ponerse siquiera las zapatillas y ha ido directamente a buscar su teléfono.