Capítulo 32 #3
—Una copa de vino blanco no estaría nada mal.
—Entonces yo tomaré lo mismo. —Le pone una mano en la espalda—. Anda, ve a ducharte que te vas a enfriar.
—Vas a quedarte aquí esta noche, ¿verdad? —sondea en tono inseguro.
—No hay nada que me apetezca más —asiente acercándose para volver a besarla—. La llamada de esta tarde no se trataba de ninguna mujer.
—Yo no he dicho eso.
—Pero lo he notado en tus ojos, y no me gusta que desconfíes de mí. Ya te dije que soy exclusivamente tuyo.
—Vale. —Baja la cabeza, sonriendo de forma tímida—. Pero es que he pensado mil cosas, y una de ellas era esa.
—Puedes quedarte muy tranquila, no hay nada de lo que debas preocuparte.
—Tienes razón, pero si me hubieras llamado, me habrías ahorrado malos pensamientos.
—En eso tienes toda la razón, debería haberte llamado. —Claro que, confesarle a ella el verdadero motivo, por el cual había tenido que salir a toda prisa de casa de Sindy para hablar con ese hombre, es lo último que haría.
Los días van pasando mientras tratan de buscar la manera de verse todos los fines de semana.
Ella por un lado les cuenta a sus amigas, que tiene que volver a Madrid por motivos de trabajo, sin ser del todo mentira, y él esquiva las invitaciones de su hermana, y también de sus socios y amigos poniendo a Román y a Yuri como excusa.
No saben cuánto tiempo van a aguantar en esa relación clandestina, como ellos la llaman, aunque de momento están muy tranquilos y satisfechos, porque cada día se sienten más a gusto el uno con el otro.
Cada noche se ha vuelto una costumbre hablar por teléfono, y en ese tiempo, no faltan las confidencias y también las risas por las continuas provocaciones de Jaime.
Sin proponérselo ninguno de los dos, poco a poco han creado un espacio íntimo donde ambos están descubriendo, que algo profundo se está empezando a formar dentro de él.
El próximo fin de semana han decidido viajar a Ávila, ha nevado y les apetece disfrutar del paisaje. En cuanto ella deje todo el trabajo organizado, va a tomar el primer tren para llegar temprano, y así pasar más tiempo juntos.
Llega el viernes y no quiere entretenerse para no perder el tren. Aunque le cueste reconocerlo está muy ilusionada con la idea de pasar unos días con Jaime. Además, han decidido quedarse hasta el lunes por la tarde para estar más tiempo juntos.
—¿Has traído ropa de abrigo? —indaga antes de darle un beso.
—Claro que sí.
—Tomamos primero algo caliente y después nos vamos —dice ayudándole con el equipaje—. Ve al comedor que ahora te llevo un poco de chocolate caliente.
—Voy contigo y te ayudo.
—He dicho que vayas al sofá, que yo me encargo —insiste mirándola fijamente—. Quiero que te relajes.
—¿Te he dicho alguna vez que eres un mandón?
—Sí, pero no las suficientes. —Sonríe alzando las cejas significativamente— sabes que me pongo a mil revoluciones cuando me lo dices.
—Lo he dicho sin pensar —añade fingiendo inocencia.
—Creo que podemos salir un poco más tarde —propone sentándose a su lado mientras le da una taza de chocolate—, Micaela no viene hoy.
—¿Y qué sugieres? —sondea tomando un sorbo del líquido caliente.
—Dame la taza y te lo explico tranquilamente.
Han salido a pasear por la ciudad tomados de la mano para dar una vuelta por el casco antiguo disfrutando de un día algo frío, pero soleado. Por la noche han decidido cenar en el hotel después de estar todo el día recorriendo algunos lugares emblemáticos.
—Tengo un hambre atroz, pero soy incapaz de comerme yo sola un chuletón —confiesa mirando la carta con interés—. Voy a pedir cordero al horno y una ensalada.
—Pido yo uno, y así lo pruebas.
—Estupendo.
—El vino lo dejo a tu elección.
—Pues voy a pedir uno de Alicante —lo mira sonriente—, son de mis favoritos con diferencia.
La cena está transcurriendo entre risas y comentarios subidos de tono por parte de Jaime, el cual no deja pasar la ocasión de poner a Sara colorada.
Cuando acaban, deciden tomar una última copa en un salón donde suena una bonita música en directo.
—¿Te apetece bailar? —Mira a la pista de baile.
—Hace más de mil años que no bailo —duda poniéndose una mano en el pecho—. Estoy segura de que algún pisotón te llevarías.
—Me arriesgaré. —Le guiña un ojo y se levanta—. Anda, vamos que yo también hace tiempo que no bailo este tipo de música.
—Creía que no hablabas en serio —menciona algo apurada—. No quiero hacer el ridículo.
—No seas cobarde. —Le tiende la mano—. Siempre he dicho que eres una mujer muy valiente, no me hagas cambiar de opinión.
—Y lo soy, lo que pasa es que no quiero que termines lesionado por mi culpa.
—Ya verás como lo pasamos bien. —Jaime abraza su cintura mientras entran en la pista.
Llevan bailando un buen rato música lenta y ninguno de los dos ha dicho una palabra, mientras se deleitan con las bonitas baladas que interpretan un grupo de cinco músicos. Al finalizar, se han dado un tierno beso en la boca donde sobran las palabras.
—Creo que ha llegado la hora de irnos de aquí —declara acariciándole el labio con el pulgar.