Capítulo 32 #2
—¿Se puede saber por qué estáis brindando sin mí? Es muy difícil atender a los invitados y a la vez estar con mis amigas —admite fingiendo cabreo—, pero me podríais esperar para cotillear las tres.
—Estamos quedando para ir una tarde de compras. Quiero cambiar de imagen, me he cansado de vestir tan clásica.
—Me apunto sin dudarlo —anuncia exaltada brindando con ellas—. Están llamando al timbre, voy a abrir, que mi mayordomo hoy ha decidido tomarse el día libre.
—No lo tienes porque no te da la gana, sabemos que dinero no te falta —le dice Rocío con sorna.
—Prefiero gastarme ese dinero en comprarme todo lo que me apetece —aclara alejándose de ellas, riendo.
—Mira quién acaba de llegar —menciona Rocío con admiración—. Qué guapo es, a pesar de tener el pelo casi blanco.
Sara se ha girado, y su corazón ha empezado a latir muy deprisa al verlo aparecer vestido con pantalón gris claro, y camisa negra con chaqueta del mismo color. Sin poder evitarlo se ha girado otra vez para que su amiga no note lo nerviosa que se ha puesto.
—Prefiero a los hombres que lo llevan blanco, antes que a esos que se lo tintan en un horrible negro zaíno.
—Sí, eso es mucho peor —concede Rocío aguantando la risa—. Vamos a saludarlo, Sindy nos está haciendo señas para que nos acerquemos.
—Hola, Jaime —lo saluda algo nerviosa—, hacía mucho tiempo que no te veía.
—¿Qué tal estás? —pregunta dándole un beso muy cerca de la boca.
—Bien —responde apartándose como si se quemara.
—Hola, Rocío —reverencia en tono afectuoso—. Me alegro mucho de volver a verte.
—Yo también me alegro de verte —añade Rocío dándole dos besos.
—Mientras le enseño la casa a Jaime —interviene Sindy mirando a sus amigas—, ¿me hacéis el favor de sacar las bandejas de canapés? Os lo agradecería muchísimo.
—Tranquila, nosotras nos encargamos —dice Sara saliendo rápidamente hacia la cocina para que no se le note lo roja que se ha puesto.
—Mujer, no corras tanto —grita Rocío alcanzándola en la puerta de la cocina—. ¿Qué prisa tienes?
—Estoy tan acostumbrada a hacer las cosas deprisa —añade buscando la mejor excusa—, que no sé hacerlas de otra manera.
—Pues tienes que desconectar cuando no estás trabajando —la riñe saliendo de la cocina con una bandeja en cada mano.
A las tres de la tarde se han marchado cerca de los treinta invitados, dando por concluida la fiesta de inauguración de su nueva casa.
—Jaime, por favor no quiero que te vayas; está a punto de llegar Álvaro y me apetece muchísimo que os quedéis a comer —demanda poniendo una mano en su brazo y mirando a Sara y a Rocío—.
Su vuelo se ha retrasado y no ha podido llegar a tiempo, por eso me he tomado la libertad de pedir comida para no tener que molestarnos en buscar un restaurante.
—Será un placer aceptar tu invitación. —Mira a Sara—. No tengo ningún compromiso hasta esta noche.
—Vamos a ayudarte a recoger los platos y vasos que hay desperdigados por todas partes.
—Gracias. —Sonríe a su amiga Rocío—. Entre las tres terminaremos enseguida.
—Yo también quiero ser útil, dime qué puedo hacer.
—Oh, que bien —contesta al abogado en tono amable—. Si ayudas a Sara a fregar y secar todas las copas que tengo en la cocina, Rocío y yo nos pondremos aquí en el comedor y así terminaremos antes. Gracias por ofrecernos tu ayuda.
—¿He disimulado lo suficiente? —le pregunta en voz baja mientras enjuagan unos vasos.
—Sí, pero me habría gustado que te hubieras ido con los demás. —La mira un instante—. Es muy complicado estar juntos mientras mis amigas no dejan de observarnos disimuladamente.
—Lo estás haciendo genial. No se te ha notado en ningún momento, lo roja que te pones cada vez que tus amigas te lanzan comentarios subidos de tono sobre mí, cuando piensan que no las escucho —bromea tratando de aguantar la risa.
—¿Te has dado cuenta? —reprime un grito—. No es lo que crees.
—No te preocupes —suelta una carcajada—, sé perfectamente que lo hacen porque quieren provocarte para ver tu reacción.
—Vaya, no creía que fuera tan transparente. —Aprieta los labios, mirándolo un momento con cautela—. Pero no creo que sospechen de lo nuestro, ¿verdad?
—Me parece que aún están especulando —lo dudaba muchísimo—, pero no te mortifiques y relájate, que no es tan grave.
Sara iba a protestar, pero no le ha dado tiempo, puesto que Jaime la ha abrazado por detrás y le ha dado un mordisco en el cuello, haciendo que se le ericen todos los poros de su piel.
Durante la comida, Álvaro les ha contado que piensa abrir una galería el próximo otoño en Marbella de forma permanente, puesto que necesita pasar más tiempo cerca de las personas que son importantes para él, esto último lo ha dicho mirando a Sindy.
Jaime ha hecho que Sara pasara algún que otro apuro, ya que, de forma deliberada, paseaba su mano por la pierna de ella sin ningún pudor mientras hablaba tranquilamente sobre asuntos legales con Rocío.
Después del postre ha recibido una llamada y se ha marchado precipitadamente, despidiéndose de forma educada, pero sin mirar a Sara en ningún momento.
Por más que ella intentaba disimular el desconcierto que sentía, no lograba quitarse de la cabeza la expresión sombría que le había visto cuando salía por la puerta.
Al final de la tarde se ha ido a su casa muy nerviosa, por eso ha decidido irse a la playa para calmar esa ansiedad.
Lleva una hora corriendo, Jaime sigue sin llamarla y eso le está empezando a preocupar, pues su cabeza no deja de darle vueltas una y otra vez a esa llamada que recibió.
Debía ser muy importante y a la vez desagradable porque hizo que él se fuera de ese modo.
Además, sin despedirse de ella siquiera.
La sorpresa y el alivio que ha sentido ha sido mayúsculo cuando ha llegado a su casa, y lo ha visto en la puerta esperándola con una dulce sonrisa.
—Hola —dice dándole un suave beso en los labios—. Me imaginaba que habías salido a correr y no he querido llamarte para no molestarte.
—Pues deberías haberlo hecho y de ese modo, no me habrías tenido preocupada toda la tarde —suena más seca de lo que pretendía—. No sabía qué pensar cuando te he visto salir de esa forma.
—No era mi intención asustarte, perdona mi falta de tacto —entra con ella a su casa—. Era un asunto de trabajo que requería mi supervisión inmediata, y no he sido consciente de mi grosería.
—¿Lo has podido arreglar desde aquí? —le pregunta más calmada.
—Sí, es un cliente que vive en Benalmádena. —Le dice sin mirarla a la cara—. Ahora vamos a dejar de hablar de trabajo.
—De acuerdo. Voy a darme una ducha —señala a la cocina—, si te apetece vino o cerveza, ya sabes dónde están.
—¿A ti te apetece algo?