La esencia del bambú Capítulo 32
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Capítulo 32

—Hola, Sara. Hoy has salido muy pronto a correr —dice el policía saliendo a su encuentro—, no es normal verte por aquí a estas horas.

—Hola, Antonio. —Se detiene para beber agua—. Hoy no tenía ganas de salir de noche.

—En invierno suele estar menos concurrido —informa mirándola con cariño—. Por cierto, te veo muy buena cara.

—Eso es porque tienes el sol de frente y no me ves bien —ríe—, pero gracias por el cumplido.

—Lo digo de verdad, y eso me alegra mucho.

—Pues no sé a qué atribuirlo, porque mi vida sigue con la misma rutina de todos los días. ¿Y tu madre qué tal está? —Decide no contarle nada de sus sospechas porque quizá sean imaginaciones suyas, y no quiere que se preocupe más de la cuenta; él ya tiene bastante con su madre.

—Cada día que pasa está más despistada —dice rascándose la cabeza—, pero por lo demás, igual que siempre.

—Pues es una lástima, la verdad. A esa edad la salud va menguando y no podemos hacer nada para detener el tiempo.

—Sí, es muy duro ver como cada día va perdiendo la memoria sin poder hacer nada. Pero bueno —suelta el aire—, es lo que hay, y tengo que vivir con ello.

—Es mejor que te lo tomes así. —Le muestra su apoyo—. Ahora voy a seguir corriendo antes de enfriarme, si quieres vamos juntos hasta aquellas palmeras, y después cada uno seguimos por nuestro camino. ¿Qué te parece?

—De acuerdo. —Empieza a correr a su lado mientras decide cómo pedirle una cita. —Sara, me gustaría que quedáramos un día para cenar. —Ella va a protestar—. Espera, espera. Sé que no quieres tener una relación con nadie, por eso te aclaro que sería solo como amigos.

—Antonio, no quiero que te enfades conmigo, pero no me lo pidas más porque mi respuesta va a ser siempre la misma.

—Se para para hablar mejor con él—. Me duele ver que sientes algo por mí y, eso me hace sentir mal.

Entiende que salir a cenar conmigo, puede crearte falsas esperanzas y eso sería lo último que yo querría.

—¿No crees que deberíamos intentarlo al menos una vez? —sondea mirándola dolido.

—No funcionaría. Yo no siento nada romántico por ti, y eso no sería justo, por eso no quiero que insistas más —expresa muy seria—. Te aprecio muchísimo, pero nada más.

—¿Cómo puedes estar tan segura? —la increpa alzando las manos—. Al menos deberíamos intentarlo. Nos conocemos desde hace tiempo y estoy seguro de que el aprecio que sientes por mí ya es un buen comienzo.—Sé que en el fondo no me perdonas el no haber estado con Yago aquella noche.

—Eso no es verdad, ya te pedí perdón por haber hecho aquel comentario fuera de lugar.

Sabes que lo dije en un momento en el que buscaba culpables por todos lados y decir que estabas en tu casa tranquilamente, cuando a Yago le estaban pegando dos tiros, fue un despropósito.

No tenía ningún derecho a decirte aquellas horribles palabras.

—Pues entonces demuéstrame que no me guardas rencor saliendo conmigo.

—Te juro que no te guardo rencor. No me diste la espalda cuando todos lo hicieron.

Eso nunca lo voy a olvidar. Sin embargo, hay algo que debes saber, —decide contárselo para zanjar el asunto de una vez, —.

Yago me hizo prometerle que, si algún día a él le pasaba algo, me rogó que jamás saliera con alguien que se dedicara a lo mismo que él.

—¿¡Cómo pudo pedirte algo así!? —ruge muy enfadado—, no tenía ningún derecho.

—Simplemente me lo pidió, y yo acepté —admite mirándolo muy seria—pero, aunque no le hubiera hecho esa promesa, tú y yo seguiríamos como hasta ahora, porque no siento nada por ti.

Me duele muchísimo que tus sentimientos hacia mí no sean correspondidos —continúa en tono calmado— sin embargo, siempre te he hablado muy claro.

—Siempre me has hablado muy claro —confiesa mirándola resentido—, pero se te olvidó contarme la promesa que te obligó a hacerle.

—Te repito que no me obligó, estás siendo injusto. —Alza la voz—. Me lo pidió, y yo acepté porque él no quería que sufriera viviendo con alguien que se jugaba la vida todos los días.

—Eso es una excusa muy ridícula, todas las profesiones tienen sus riesgos.

—Sí, pero casualmente Yago murió ejerciendo la suya, y ante esa evidencia, creo que no hay más que añadir.

—Perdóname, por favor —se lamenta tratando de calmar la situación—, acabo de hacer el idiota más de la cuenta.

—No hay nada que perdonar. —Respira hondo para reponerse—. Espero que encuentres una mujer que te haga feliz, te lo digo de corazón. Ahora si me disculpas, es hora de que cada uno sigamos por nuestro camino.

Antonio no ha tenido muy claro, si esa última frase se refería a ese día o para siempre. Pero ha decidido no presionarla más, y pese a todo, la ha dejado marchar.

Todavía tiene que digerir la promesa que ella le hizo a ese desgraciado sin escrúpulos, porque incluso estando muerto, le estaba jodiendo la vida.

—Jaime, necesito que me eches una mano con este cliente —le pide Alfredo cuando entra en su despacho—, no tengo nada claro que me esté contando toda la verdad y no me gustaría llevarme una sorpresa de última hora.

Me dijo que le llevaste un caso hace tiempo y no quedó muy satisfecho contigo —explica revisando unos papeles—, por esa razón, me ha pedido que esta vez sea yo quien lo represente.

—Déjame ver de quién se trata. —Mira la documentación—. Lo recuerdo perfectamente, es un pájaro de mucho cuidado. Le libré de una buena, consiguiéndole un acuerdo que ni en sus mejores sueños se podría imaginar, y ahora te dice que no se quedó muy conforme… ¡Qué cabrón!

—Pues no sé qué hacer —duda su socio sentándose frente a él.

—Quítatelo de encima. O mejor se lo pasas a Carlos, son tal para cual. —Sonríe—. Seguro que se van a llevar muy bien.

—Voy a hacerte caso, después le llamo para decírselo, y de paso, quedamos para cenar el sábado. ¿Qué te parece? Hace tiempo que no nos juntamos.

—El sábado no puedo, tengo un compromiso —se excusa devolviéndole la documentación.

—Bueno, pues quedamos a comer el domingo, si te viene mejor.

—Voy a estar fuera todo el fin de semana, ya quedaremos en otra ocasión.

—¿Y puede saberse con quien has quedado? Ahora que te miro detenidamente veo que tienes muy buen aspecto —menciona incorporándose en la silla—, nada que ver con la mala cara que tenías hace unas semanas. ¿Tienes algo nuevo que contarme?

—Me voy con Román y Yuri —contesta volviendo su atención al ordenador—, es la única novedad.

—Bueno, ya quedaremos para otra ocasión. Te dejo que ahora tengo que ir a los juzgados —termina la conversación sin creerse ni una palabra.

Cuando Jaime se ha quedado solo, ha decidido volver a llamarlo por teléfono. Aunque sabe que no va a recibir buenas noticias, necesita pedirle que siga insistiendo, y al mismo tiempo recordarle que no piensa darse por vencido tan fácilmente.

Sara se ha quedado en el spa del hotel para que le den un masaje, a ver si así consigue aliviar la tensión que siente tras una semana repleta de trabajo, y por qué no decirlo, también de inseguridades.

Tras la discusión con Antonio se sintió mal respecto a su relación con Jaime, ya que el pasado volvió a su mente de forma brusca.

Eso hizo que tuviera la tentación de hablar con él y pedirle dejar de verse, puesto que le hacía sentirse culpable.

Pero conforme pasaban los días esa idea iba perdiendo peso, al comprobar cómo disfrutaban de las largas conversaciones, y, también del tiempo que pasaban juntos.

Jaime le ha devuelto la ilusión, y en el fondo siente que Yago vería muy bien que ella fuera feliz.

Después de salir de darse un masaje, acude a la peluquería para que le hagan un moño con algunos rizos sueltos. Últimamente le apetece ir muy arreglada, no quiere reconocer que lo hace pensando en sorprender a Jaime.

Hoy necesita comprobar si es verdad que va a ignorarla cuando la vea aparecer con un pantalón muy ceñido negro, y una chaqueta sastre de raso en color verde oliva, abrochada sin nada debajo formando un sugerente escote. Y todo ello aderezado con unos zapatos de tacón muy alto.

Para no llamar la atención más de lo necesario, ha decidido maquillarse de forma discreta, aunque los labios, no ha podido resistir la tentación y se los ha pintado rojo cereza con brillo.

Cuando ha llegado a casa de Sindy, ésta la ha recibido abriendo mucho los ojos.

—¡Guau! estás para entrar a vivir. Vas a dejar a más de uno con la boca abierta —pronuncia asombrada, haciéndose a un lado para dejarla pasar.

—No será para tanto, qué exagerada eres —exclama mirándola de arriba a abajo—. Tú sí que vas a hacer a más de uno babear con ese vestido, que no te va a permitir comerte ni siquiera una aceituna, por si revientas alguna costura.

—Ahora la exagerada eres tú, porque es elástico y da mucho de sí. —Se pasa la mano por el vientre—. No te preocupes por eso. Si me disculpas, haz el favor de servirte tú misma una copa de vino, yo tengo muchas cosas de las que ocuparme.

Cuando entra al salón se va directa hasta el rincón donde se encuentra su amiga Rocío.

—Hola, ¿hace mucho que has llegado? —sondea dándole dos besos.

—No, acabo de llegar. Madre mía, qué guapa te has puesto —comenta en tono sincero—. Hay que ver lo que hace un pantalón y una chaqueta en un buen cuerpo.

—Gracias por el cumplido —agrega sonriendo—, tú tampoco estás nada mal.

—Viéndome con esta falda y esta blusa, me doy cuenta de que parezco una taquillera de cine en blanco y negro —afirma en tono resignado—.

La semana que viene nos vamos de compras para cambiar de imagen.

No acepto una negativa, así que ya puedes apuntarte en tu agenda una “tarde libre para Rocío” —ordena escribiendo en el aire.

—Cuenta con ello —mira a su alrededor—, pero no te sientas fuera de lugar porque eres de las más elegantes. Te doy mi palabra de honor de que estoy siendo sincera.

—Gracias por ser tan buena amiga. —Le tiende una copa—. Vamos a brindar por nuestra amistad para que dure toda la vida.