La esencia del bambú Capítulo 31 #2
73%

Capítulo 31 #2

—Lo último que quiero es humillarte —comenta con voz firme—, pero no es justo.

—¿Por qué piensas que no es justo? —La mira desconcertado–. –¿Acaso crees que no te lo mereces? Acláramelo, porque no entiendo nada.

—No es eso —trata de buscar un argumento consistente—, es que llevamos muy poco tiempo juntos y me parece un dispendio. No me puedo imaginar lo que te habrá costado conseguir que te lo firmara.

—Ah, ¿es por eso? —contesta más calmado—. Ha sido más fácil de lo que te imaginas. Él también es abogado, así que hablé con un colega que vive en Virginia y consiguió que se lo firmara. Y ten por seguro que, aunque no saliéramos juntos, el regalo te lo habría hecho igual.

—No puedes estar hablando en serio. —Escruta su mirada—. ¿Por qué?

—Porque sí. —Atrapa su boca en un tórrido beso—. Deja de darle mil vueltas a las cosas que al final vas a acabar agotada. No le des tanta importancia, por favor —le dice cuando sus bocas se separan para coger aire.

—Es verdad, pensar tanto cansa mucho —dice algo más tranquila—. Ha sido un detalle precioso, gracias por el regalo.

—Ahora que ya está todo aclarado —explica sonriendo de medio lado— vamos a la piscina,  creo que tenemos algo pendiente tú y yo.

Sara no ha tenido tiempo de reaccionar, ya que Jaime la ha tomado en brazos para dirigirse a la parte cubierta del jardín.

—Anda, bájame de una vez —replica con la cara apoyada en su pecho—.  Es muy tarde para meternos en la piscina.

—Dame un beso, mientras decido si te dejo caer al agua. —Disfruta de verla tan nerviosa—. Sabes que no tienes escapatoria, porque no te voy a dejar en el suelo para que eches a correr.

—Eres un poco canalla —señala sin querer reconocer que está disfrutando muchísimo.

—Y tú una pecosa —mira las que tiene sobre su nariz—, pienso borrarlas todas con la lengua.

—Puedes empezar cuando quieras —dice sin pensar—, pero dudo mucho que desaparezcan.

—Eso lo vamos a comprobar enseguida —la informa lanzándose al agua con ella.

Sara no ha tenido tiempo de gritar porque ambos han acabado en el fondo de la piscina.

—¡Estás loco! —proclama escupiendo agua cuando han salido a la superficie—, casi nos ahogamos.

—No seas exagerada. —Ríe al verla tan agobiada—. Ven, que voy a quitarte esa ropa que se te ha mojado ligeramente.

—No eres un poco canalla —especifica lanzándole agua con las manos— eres muuuuy canalla.

—Voy a demostrarte que también soy más cosas.

Después de hacer el amor en la piscina, salen del agua para darse una ducha mientras Jaime le cuenta las ganas que tenía de que terminara la cena, puesto que no podía dejar de pensar en lo que acababan de hacer.

—Mañana podemos quedarnos aquí hasta la hora de llevarte a la estación. ¿Qué te parece la idea?

—Me parece bien —responde secándose el pelo con una toalla.

—No te voy a dejar salir de la cama ni siquiera para comer. —Observa cómo ella se va poniendo roja por momentos—. Eres una mujer adictiva y no sé cuándo nos volveremos a ver.

—Creo que voy a pedir un taxi a primera hora de la mañana —añade mirándolo con recelo.

—No me digas que lo estás pasando mal. —Disfruta muchísimo mientras la sigue provocando—. Porque si no he cumplido con tus expectativas, tendré que esforzarme más para que no huyas de mí.

—¿Podemos cambiar de tema, por favor? Hay veces que no me siento cómoda hablando de ciertas cosas.

—¿Acaso aún no tienes la suficiente confianza conmigo? —pregunta poniéndose delante de ella—. ¿Dónde está el problema?

—Mira —explica muy seria—, yo no soy una mujer de esas con las que estás acostumbrado a salir. No quiero decir que sean mujeres promiscuas ni nada parecido, lo que intento decirte es que yo soy menos.

—No eres menos de nada de lo que estés pensando —la interrumpe para que no siga pasándolo mal—.

Sé lo que quieres decir, no hace falta que me des más explicaciones.

Anda, termina de secarte el pelo, te espero en la cama y seguimos hablando de eso que te ronda en la cabeza. Ya verás cómo lo arreglamos.

—Jaime, no quiero que pienses que soy una mujer del siglo pasado.

—Se sienta en la cama con las piernas cruzadas frente a él—.

Hay temas que solamente los hablé con mi marido, y por esa razón, hay momentos en los que me resulta muy violento hacerlo contigo.

Aunque estoy dando pasos de gigante, hay veces que me cuesta horrores hablar explícitamente de sexo.

—Ya te he dicho antes que no te preocupes, sé perfectamente que eres una mujer de este siglo.

No voy a negar que me encanta provocarte, pero sé muy bien —aclara mirándola con una chispa de respeto—, que eres muy valiente y puedes lidiar con cualquier situación.

Hablar de sexo es lo más normal del mundo, simplemente has perdido un poco la práctica.

Es cuestión de que empieces a acostumbrarte.

¿Hay algo más de lo que quieras que hablemos?

—De momento eso es todo —concluye en tono más tranquilo.

—Pues yo sí que quiero decirte algo al oído —murmura saltando sobre ella—voy a contar todas las pecas de tu cuerpo.

Ha empezado a amanecer, y Jaime ha decidido levantarse para hacer un poco de ejercicio en el gimnasio que tiene en el sótano. Mientras hace su rutina de cada mañana no puede evitar ponerse nervioso al pensar en esas llamadas que Sara está recibiendo.

—Hola, buenos días. Me he despertado y no sabía dónde estabas —cuenta entrando con cautela.

—Me he levantado temprano y no he querido molestarte. ¿Te apetece hacer un poco de ejercicio?

—Mejor otro día. —Sonríe pícara—. Anoche ya hice suficiente y creo que tengo agujetas .

—Qué exagerada eres. —Se acerca a ella—. Deja que me dé una ducha y desayunamos juntos.

—De acuerdo, voy a ir preparándolo.

—Ni hablar. —Toma su cara entre las manos—. Eres mi invitada y de eso me encargo yo.

—Aunque me mimes, voy a seguir pensando que eres un caballero de “cartón piedra”.

—Vaya —pone los ojos en blanco—, y yo que creía que con el regalo de ayer me había ganado tu respeto.

—A pesar de ser el mejor regalo que podía esperar, aún tienes un largo camino por recorrer. Ahora hablando en serio —dice mordiéndose el labio— ese regalo es demasiado valioso y me siento fatal por aceptarlo.

—Vas a herir mis sentimientos si lo rechazas —se queja besándole la punta de la nariz—, ya te lo dije anoche.

—Entonces solamente puedo volver a darte las gracias. —Se acerca muy despacio para besarlo.

—Voy a darme una ducha, no quiero abrazarte con todo el cuerpo sudado —la informa saliendo deprisa para poder poner en orden todas las sensaciones que esa mujer despierta en él.

Cuando se ha despertado, se ha sorprendido por lo reconfortante que le ha resultado la sensación de verla a su lado, y, aunque no se lo haya confesado, él también tiene que acostumbrarse a ciertas cosas.

Nunca se había planteado tener una relación seria, y esta estaba tomando un rumbo hacia algo importante.

En el fondo, ese descubrimiento también le daba un poco de miedo.

Pese a todo, no estaba haciendo nada por resistirse a ese hecho, simplemente estaba dejando que ocurriera.

Eran las ocho de la tarde cuando ha bajado del tren con una sonrisa difícil de borrar. Fue todo un acierto presentarse por sorpresa, estaba convencida de que estaría los próximos días rememorando el bonito fin de semana que habían pasado juntos.