La esencia del bambú Capítulo 31
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Capítulo 31

—Despierta dormilona —ordena dándole un mordisco en la nalga—. Si no te levantas seguiré mordiéndote muy cerca de aquí.

—Vale —dice despertándose a la velocidad de un rayo—, ya me levanto. Aunque no sé si te has dado cuenta de que no me he traído ropa ni zapatillas, creía que anoche no hablabas en serio.

—Eso tiene fácil solución, así que no te preocupes, te he comprado de todo. No tardes, si no el café se te enfriará. —Ríe saliendo de la habitación.

—¿¡Cómo!? —interroga levantándose de un salto—, pero si no tenías ni idea de que venía este fin de semana, ¿acaso eres adivino?

—La tenía comprada desde la semana pasada, la tienes en el cuarto de baño —dice asomando la cabeza por la puerta—. Sabía que tarde o temprano vendrías. Y date prisa, que el café te está esperando.

—No tenías que haberme comprado nada —se queja algo molesta—. Dime cuánto te ha costado y te doy el dinero.

—¿¡Te estás escuchando!? —gruñe muy cabreado—. No vas a pagarme nada.

—Insisto. —Aprieta los labios y pone los brazos en jarras—. Ya está bien de regalarme cosas.

—Por Dios —ruge pasándose la mano por la frente—, ¡qué complicada eres! ¿No te has parado a pensar que yo también quería darte una sorpresa, de la misma manera que tú me la has dado a mí?

—Lo tuyo no es una sorpresa porque te has gastado dinero.

—Ah, tienes razón, —dice en tono sarcástico mirándola fijamente—, dime cuánto te ha costado el billete de tren, porque dudo mucho que hayas venido de polizón.

—Lo siento —se lamenta en tono arrepentido al darse cuenta de su error—. No ha sido mi intención ofenderte.

—Voy a prepararte otro café —gruñe saliendo por la puerta algo molesto.

—¡Espera! —grita saliendo detrás de él— por favor, no te enfades conmigo.

—Si apareces vestida en diez minutos —la señala con el índice—, te perdono.

—Trato hecho —acepta entrando al cuarto de baño sonriente.

Han salido por la urbanización corriendo despacio sin mediar palabra. El vaho que sale de sus bocas da fe del frío que hace a esas horas, pero a ellos no parece importarles porque están disfrutando, mientras poco a poco se van adentrando en un camino de tierra rodeados de naturaleza.

—Me encanta —expresa mirándolo un instante para no tropezar—. No sabía que vivías en un entorno tan hermoso.

—El constructor es cliente nuestro desde hace tiempo. Un día me habló de unos terrenos en plena sierra, donde pensaba construir algunas casas y me picó la curiosidad. Tuve la suerte de ser el primero en ver el proyecto y pude elegir la ubicación que más me gustó.

»La casa me la diseñó un amigo que es arquitecto, y puedo decir con orgullo, que acertó plenamente en lo que yo quería.

—Tu casa es muy bonita y acogedora. He estado en algunas que son frías, como si no tuvieran alma. No sé si me entiendes.

—Claro que te entiendo. —Se detiene un momento para beber—.

Hay casas que sientes que solamente son para pasar el menor tiempo posible, sin embargo, yo quería un verdadero hogar donde mi hija y yo estuviéramos muy a gusto.

No me refiero solo a comodidades, que, por supuesto las tenemos, sino más bien a un verdadero hogar.

—Pues lo has conseguido sin ninguna duda—contesta bebiendo a sorbos cortos antes de seguir corriendo.

Cuando regresan dos horas más tarde, se han duchado y ni siquiera se han molestado en vestirse. Han entrado en la cocina con el albornoz y se han puesto a preparar el desayuno, mientras escuchan la fina lluvia que ha empezado a caer.

—Me gusta la idea de ir a ver ese pueblo del que me hablaste, pero con este tiempo va a ser complicado.

—No creo que dure mucho la lluvia, pero si quieres nos quedamos aquí.

—Podemos abrigarnos y salir —sugiere sonriendo—, me encanta pasear si la lluvia no es muy fuerte.

—Entonces, vamos a esperar un rato y después nos vamos.

—Si me disculpas un momento, voy a llamar por teléfono para ver si se ha resuelto de una vez un problema que surgió ayer.

—No tengas prisa, yo voy un momento al garaje para dejar unas cosas en el coche que nos pueden hacer falta —dice dándole un beso—, tómate el tiempo que necesites.

Cuando salen de la casa la lluvia ha cesado, y parece que de momento no va a caer más.

—¿Se ha solucionado el problema?

—Sí, creo que al final, mis amenazas de ayer han surtido efecto —comenta en tono mordaz—. No me explico cómo pueden ponerse tantos empleados enfermos a la vez.

—¿Tan grave es?

—Hay una epidemia de gripe y faltaba mucho personal, pero me han asegurado que ya están todas las bajas cubiertas.

—Perfecto, así ya no tienes de qué preocuparte —afirma dándole un apretón en la rodilla—. Ahora vamos a disfrutar de un día entero para nosotros.

Pasaron la mañana paseando por un mercadillo de antigüedades, hasta que la lluvia hizo que tuvieran que refugiarse en un pequeño bar del pueblo donde degustaron un buen cocido.

Por la tarde visitaron una exposición de cerámicas típicas de la zona, y después volvieron a casa de Jaime, porque él tenía que prepararse para irse de cena.

—Me sabe muy mal dejarte sola, a pesar de ser por poco tiempo – le dice cuando llegan a su casa.

—No volvamos a discutir por eso, por favor —pide acercándose a él—. No quiero que cambies tus planes por mí.

—Y no los voy a cambiar —indica abrazándola—, pero sigo pensando que la idea de dejarte aquí no me gusta.

—Si quieres me voy.

—Ni lo sueñes —la reprende mordiéndole el cuello—. Esta noche te compensaré por haberte abandonado.

—Anda, date prisa que vas a llegar tarde. —Lo empuja algo apurada, dando un paso atrás.

—De acuerdo. —La mira con lujuria—. Pero no te vas a escapar de esperarme dentro de la piscina sin ropa.

—Vale —se rinde alzando las manos—, no hace falta que lo repitas.

—Voy a darme una ducha antes de que me arrepienta y decida quedarme contigo —suelta entrando al cuarto de baño riendo.

Sara se ha quedado en la cocina preparándose algo de cenar cuando Jaime se ha ido.

No ha podido borrar de su mente el momento en el que le ha visto aparecer vestido con un traje negro y camisa rosa palo con corbata a juego.

Aunque más impactante ha sido el momento en el que la ha besado, y el olor cítrico del after shave le ha inundado las fosas nasales, haciendo que una nube de deseo le invadiera los sentidos, lo que la ha dejado desconcertada.

Después de cenar deja todo recogido y se va al comedor con la intención de buscar algo para leer, puesto que no tiene ganas de ver la televisión.

Mientras se dirige a la amplia biblioteca, no deja de pensar en lo extraña que se siente al estar en la casa de Jaime. De pronto ha reparado en un libro que hay sobre la mesa.

—Oh, Dios mío —exclama en voz alta cuando ve un ejemplar de una novela que acaba de salir a la venta—, no puede ser verdad.

Pensando que es mucha coincidencia que a él también le guste ese escritor, ha abierto el libro, y al ver la dedicatoria de puño y letra del autor se ha quedado sin aliento.

Sarah, it is an honor for me to dedicate this novel to you. (Sara, es para mí un honor dedicarte esta novela).   John Grisham.

De pronto su corazón ha dejado de latir durante un segundo, porque no puede salir de su asombro. Con dedos temblorosos ha pasado los dedos por la dedicatoria y al continuar leyendo se le ha formado un nudo en la garganta, que apenas le deja respirar.

A pesar de ser un caballero de cartón piedra, espero que este regalo te haga cambiar de opinión.

Jaime

Sin darse cuenta, se le ha resbalado el libro de las manos y una lágrima ha ido detrás de él.

Ha tardado unos minutos en reponerse tras la sorpresa que se ha llevado al ver las dedicatorias. No sabe, si esas lágrimas son de alegría o de enfado, porque un torbellino de emociones contradictorias no la dejan pensar con claridad.

Dos horas más tarde, está tumbada en el sofá disfrutando de la lectura cuando su teléfono comienza a sonar.

—¿Eres tú? —Sonríe pensando que es Jaime—. No te entiendo nada. La conexión es muy mala, intenta hablar más alto para ver si se escucha mejor. Nada, que no hay manera de entenderte — dice mientras sigue escuchando unos ruidos extraños—. Voy a colgar, ya hablaremos cuando vengas.

Ha vuelto a la lectura y el tiempo se le ha pasado volando. De pronto ha escuchado la puerta de la calle.

—Jaime, ¿eres tú?

—Sí, no te asustes —responde entrando en el comedor.

—Cuando me has llamado la cobertura era nula.

—Yo no te he llamado —repite acercándose y sentándose a su lado.

—Creía que habías sido tú —añade algo desconcertada—. Últimamente recibo llamadas en las que no se escucha nada aparte de ruidos extraños.

—¿Extraños? —Muestra interés—. Explícate mejor.

—Me llaman y solamente se escuchan ruidos, y alguien que intenta hablar, aunque con muy mala calidad. La verdad es que no sé qué pensar.

—No le des mucha importancia, yo también recibo llamadas así —trata de mostrarse convincente—, con tantas compañías de teléfono nuevas queriendo captar clientes, es un caos. A ver si se cansan pronto y nos dejan en paz.

—Sí, eso tiene sentido —asiente más tranquila—. ¿Por qué no me has llamado?

—Lo he pensado mejor, y he preferido venir y ser yo el que te quite la ropa —bromea sonriendo—. Creo que va a ser más divertido.

—Antes de que me toques un pelo —indica alzando una mano—, quiero que me expliques qué significa esto.

—Ah, eso. —Mira con cautela la novela—. Es fácil de adivinar. Sara, es un simple regalo, el cual me apetecía muchísimo hacerte.

—No pienso aceptar semejante disparate —afirma de forma airada—. Esta vez te has pasado de la raya.

—¿Me quieres explicar qué problema tienes en aceptar los regalos que te hago?, no he conocido a ninguna mujer que se cabreara tanto por recibirlos.

—No tengo ningún problema —aclara acercándose a él para devolverle la novela—, lo que pasa es que este en concreto tiene un detalle muy valioso.

—¿No te das cuenta de que quizá yo quiera demostrarte que tú tienes mucho valor para mí, y por eso me tomé la libertad de comprarte algo que sé que te haría mucha ilusión? Sara, no se te ocurra despreciarme este regalo porque sería humillante para mí —amenaza mirándola muy serio.