Capítulo 30 #2
Se ducharon con prisas y sin palabras; solamente se miraban y se tocaban sonriendo. Seguidamente, se fueron a la cama, acariciándose a cada paso en perfecta sincronía, y lo que es más, sin dejar de darse placer mutuamente, como si llevaran mucho tiempo esperando a que llegara el momento del clímax.
—Esto ha estado muy bien —musita besándole el pelo, enredando sus dedos en él.
—Sí —susurra con la cabeza apoyada en su pecho mientras escucha el latido de su corazón.
—Dime qué sientes en este momento. —Ella trata de buscar la palabra adecuada porque necesita expresarlo con exactitud.
—Paz. —Da un hondo suspiro—. Siento una sensación de plenitud que no sé explicar.
—Te he entendido perfectamente. Me alegro de ser yo la persona que ha conseguido que te sientas así.
—No se atrevía a decir nada más porque, por primera vez en mucho tiempo le daba miedo lo que sentía—.
Eres la primera mujer, después de Sandra, con la que me he acostado en esta casa, jamás he querido traer a ninguna.
—¿Cómo es posible? —levanta la cara para mirarlo muy sorprendida—, me parece muy extraño.
—No es extraño. —Le pasa el índice por el puente de su nariz—. Esta casa es la que compartí con ella y no quería compartirla con nadie más.
—Oh, ¡siento haber sido una entrometida! —exclama, incorporándose arrepentida—. No era mi intención.
—Espera espera. —Vuelve a abrazarla—. No te precipites, porque contigo es diferente.
No te he mentido cuando te he visto tumbada en el sofá esperándome, es la verdad.
Me he llevado una agradable sorpresa por varias razones, y una de ellas ha sido tenerte precisamente aquí.
Recuerda que ya viniste una vez y me salvaste la vida, y eso ya te da todo el derecho del mundo para volver todas las veces que quieras —aclara tratando de hacerla reír sin conseguirlo—.
Solamente quería que supieras que eres importante para mí.
—Jaime, quiero aclararte algo que pasó el otro día en mi casa cuando te pedí que te quedaras a dormir sin mucha convicción.
—No tienes que aclararme nada —aparta un mechón de su cara—, sé que quieres ir poco a poco y te dije que lo comprendía.
—Esa no era la razón —entrelaza sus manos—, necesito contarte el verdadero motivo.
¿Recuerdas cuando te conté que la policía entró en mi casa y la registraron dejándolo todo patas arriba?
—Él asiente—. Fue algo humillante con lo que no podía vivir, así que mandé pintar todas las paredes y cambié todos los muebles.
Siendo honesta, me daba asco vivir rodeada de todo aquello que habían manoseado aquellos indeseables sin piedad.
»Cuando estuvo todo renovado, me juré a mí misma que jamás dejaría entrar a ningún hombre, a no ser que fuera de mi familia —revela encogiéndose de hombros—.
Ya sé que puede sonar paranoico, pero fue lo único que se me ocurrió en ese momento para borrar aquellas imágenes —se excusa mirándolo con ojos brillantes—.
Eres el único hombre que ha hecho que rompa mi juramento, y pienso insistir hasta que aceptes.
»Sé que nunca me voy a resignar. Sin embargo, he decidido aceptar que, a pesar de no estar de acuerdo con todo lo que se dijo sobre mi marido, considero que ha llegado el momento de seguir mi camino —le toma la cara con las dos manos y le da un beso—, y ahora tú formas parte de él.
—Sabía que el otro día estabas librando una batalla en tu mente, pero no me imaginaba algo así.
—Bueno, estoy avanzando poco a poco, gracias a ti —destaca más relajada—. Ha sido una casualidad que tú también quisieras preservar tu casa de gente ajena a la familia.
—No es fácil compartir aquellos espacios en los que has vivido momentos tan especiales con alguien, que sabes perfectamente, que jamás volverás a ver —habla en tono suave—.
Es muy duro mirar a tu alrededor y ser consciente de que todas las cosas que te rodean llevan sus huellas, y también su olor.
Por eso necesitas que todo siga igual, para sentir que esa persona sigue a tu lado.
No obstante, llega un día en el que te das cuenta, de que es mejor quedarte con todo lo bueno que vivisteis juntos en un rincón de tu corazón, y una mañana te levantas con la firme determinación de pintar las paredes y cambiar todos los muebles, porque entiendes que no puedes vivir el presente si no dejas ir el pasado.
A Sara se le ha encogido el corazón, ya que se ha sentido totalmente identificada con lo que acaba de contar Jaime.
Son las nueve de la noche y aún siguen en la cama haciéndose confidencias, y descubriendo la agradable sensación que se siente al compartirlas.
—Ya va siendo hora de irnos. Voy a llamar a Micaela para darle el fin de semana libre y de ese modo, tendremos más intimidad. ¿Qué te parece?
—¿No va a sospechar nada?
—Lo he hecho otras veces. —Ella trata de disimular mirando hacia otro lado, pero él le gira la cara—. No es lo que piensas, allí tampoco he llevado a ninguna mujer. —Desgraciadamente, una vez cometió un terrible error, pero ella no tenía por qué saberlo.
—No tienes que darme explicaciones —contesta a la defensiva.
—Ya sé que no tengo que dártelas, pertenecen al pasado, pero es mejor dejar las cosas claras —menciona levantándose de la cama y riendo al verla—. Creo que el ruido de nuestras tripas, nos está recordando que es la hora de cenar.
Jaime le ha pedido que deje su equipaje en la habitación mientras él va a preparar algo para cenar.
—¿De verdad vas a cocinar para mí? —Alza una ceja—. No sé a qué atenerme.
—Me ofende que no confíes en mis dotes culinarias. He vivido en un piso compartido con compañeros de universidad, por eso sé cocinar bastantes platos, puesto que no soy partidario de abusar de las comidas “basura”.
—De acuerdo —asiente alzando las manos—, te daré un voto de confianza. Voy a ponerme ropa más cómoda y vengo a echarte una mano.
—No, hoy eres mi invitada, de manera que no vas a hacer nada. —La mira con lujuria—. Después de cenar, espero que sí hagas algo.
Sara ha salido de la cocina, roja como un tomate mientras Jaime ha empezado a reír por el placer que siente cada vez que la ve ponerse así. Nunca había disfrutado tanto haciendo sonrojar a una mujer; y si esa mujer tenía pecas, el placer era infinito.