Capítulo 30
Se plantea si decírselo, al ver que tiene otra nueva oportunidad de contarles “su secreto” , pero la descarta rápidamente. Incluso, antes de irse a su casa, les miente a sus amigas diciéndoles que el próximo fin de semana se va de viaje por motivos de trabajo.
El viernes por la mañana, Sara llega a Madrid muy temprano. Apenas había dormido esa noche, los nervios no le dieron tregua y no dejó de dar vueltas en la cama. Antes del amanecer subió al tren con la esperanza de dormir un rato, aunque no tuvo suerte.
—Buenos días —la saluda al verla bajar del taxi—, vamos a tomar un café rápido antes de irnos, ya lo tengo preparado.
—Vale. En realidad, me apetece muchísimo.
—Estás muy guapa esta mañana, a pesar de no haber dormido —puntualiza dándole un beso en el cuello.
—¿¡Cómo te has dado cuenta!? —pregunta intrigada, puesto que tratar de negarlo, le parece una pérdida de tiempo.
—Esa cabecita tuya le da muchas vueltas a las cosas. —Ríe sin soltar su cintura—. Deja que suceda, y si tiene que salir mal o bien, el tiempo lo dirá. No te castigues más, por favor.
—Ya sé que tienes razón, aunque he de suponer que es cuestión de irme acostumbrando poco a poco. —Apoya la cabeza en su hombro.
—Dime si estás arrepentida y lo dejamos aquí y ahora. —Quiere presionarla para ver hasta dónde está dispuesta a llegar—. No voy a consentir que pienses que yo no me estoy tomando esta relación en serio.
—No es eso —se apresura a contestar—, solo siento un poco de ansiedad. Te prometo que no he dudado ni un segundo de ti, supongo que con el tiempo se me pasará.
—Estoy convencido de que así será. —Pasa un dedo por las pecas de su nariz—. Vamos a por ese café antes de que se enfríe.
En cuanto han subido al coche han puesto música suave, y durante todo el viaje no han dejado de hablar.
Jaime se ha sorprendido al sentirse muy cómodo compartiendo inquietudes, y ese hecho le está resultando muy gratificante.
Jamás habría imaginado volver a sentir la confianza suficiente con una mujer para mostrarse tal y cómo era.
Ese hecho está haciendo que el vínculo entre ambos sea cada vez mayor.
A mitad de trayecto, han decidido hacer un alto en el camino puesto que van con tiempo de sobra para llegar a comer, y descansar antes de visitar al cliente.
— ¡Qué bonito! —exclama embelesada saliendo al balcón de la suite—. Desde aquí arriba, las vistas del río son increíbles.
—Anda, vamos dentro que aquí hace frío —susurra abrazándola por detrás— ya tendremos tiempo de disfrutar más tarde.
—Sí, voy un momento al baño y nos vamos a comer —añade girándose para mirar esos ojos que nada tenían que envidiar al color del cielo que se extendía frente a ellos.
Pasaron el fin de semana paseando por las empinadas calles del casco antiguo.
Visitaron la catedral, el palacio de la Bolsa, sobre todo, no quisieron perderse la visita a la librería de Llello.
Además, degustaron la rica gastronomía de esa ciudad.
Por las noches hacían el amor como si fueran dos adolescentes que acababan de descubrir el sexo.
Aquel fin de semana lo recordarían siempre, porque fue el comienzo de una nueva etapa como pareja.
El domingo a última hora de la tarde llegan a casa de Sara. A pesar de sentirse muy cansados, se nota que están felices.
—Quédate a dormir. —Fue un impulso sin meditar, sin embargo, ya era tarde para echarse atrás—. Llevas muchas horas conduciendo.
—No, te lo agradezco, pero es mejor que me vaya a la casa de la playa. —No iba a decirle que se notaba que lo había dicho por compromiso, más que por deseo.
—Vale —contesta sonando aliviada sin ser consciente—. Ha sido un bonito fin de semana, gracias.
—Yo también he disfrutado muchísimo. Gracias a ti por acompañarme —confiesa dándole un abrazo y un tierno beso—. Esta noche te llamo.
—Sí, pero que no sea muy tarde para que no me interrumpas cuando salga a correr.
—Esa costumbre tuya de salir tan tarde, no me gusta —reconoce sin rastro de reproche—. Creo que lo haces para hacerme rabiar.
—Por fin te has dado cuenta.
Todas las noches hablan por teléfono y eso hace que cada día se vayan conociendo mucho mejor. Sin proponérselo, han creado una costumbre que les hace estar más unidos, a pesar de la distancia que los separa.
Jaime le comenta que el sábado tiene una cena con unos antiguos compañeros de universidad y se está planteando poner una excusa, ya que prefiere pasar el fin de semana con ella.
Sara le pide encarecidamente que no deje de ir a esa cena —no le ha dicho que el viernes tiene que ir a Madrid para una reunión de trabajo, y de paso, quiere aprovechar para darle una sorpresa.
—Jaime, nos podemos ver la próxima semana.
—Voy a ver si puedo arreglar la agenda y el lunes me lo tomo libre, así podemos vernos en la casa de la playa domingo y lunes.
—El lunes es imposible, tengo dos reuniones que no las puedo anular y me van a ocupar toda la mañana.
Tengo mucho trabajo últimamente y necesito planificar nuevas estrategias, porque no puedo estar en tantos sitios a la vez tomando decisiones por los demás.
Ya va siendo hora de que los responsables de cada sección hagan su trabajo y no se acostumbren a que yo les solucione todo.
—Me temo que no nos vamos a ver en dos semanas. —Se siente decepcionado, pero decide no insistir.
—Tendremos que conformarnos con hablar todas las noches.
—No es lo mismo —lamenta en tono resignado—, pero si no hay más remedio.
El viernes, a las seis de la mañana, se va directamente a la estación para llegar a tiempo a la reunión de trabajo con su jefe.
Ha sido fácil engañar otra vez a sus amigas, en cambio, cada vez que habla con Alberto o con sus padres la cosa es bien distinta porque le hace sentirse una traidora, pero de momento quiere guardar el secreto para que la burbuja de felicidad que siente no explote.
En la cafetería del tren pide un café y cierra los ojos para ver si consigue descansar un poco antes de llegar.
Mientras espera que el sueño haga acto de presencia, se ha puesto a recordar aquella vez que se presentó por sorpresa para intentar aliviarle aquel dolor de espalda, aunque fue una situación muy violenta, jamás se arrepintió de haberlo hecho.
Ahora también iba a darle una sorpresa, pero esta vez, de una forma totalmente distinta.
Sin proponérselo, también ha recordado aquellas veces en las que Yago viajaba a otra ciudad por motivos de trabajo, y ella hacía todo lo posible para sorprenderlo a medianoche, llamándolo por teléfono desde el hotel más cercano para pasar la noche juntos.
Ahora el tiempo y las circunstancias no son las mismas, y a pesar de haber pasado mucho tiempo, no ha podido evitar rememorarlo, aunque fuera solo un instante.
Al llegar a la puerta del edificio donde tiene las oficinas, la idea de presentarse sin avisar le ha parecido un poco arriesgada, si bien, ahora no le ha quedado más remedio que seguir adelante.
—Hola, Rafael, buenas tardes.
—Hola, doña Sara —saluda en tono afectuoso—, buenas tardes. Me alegro mucho de volver a verla.
—Gracias —dice sorprendida por su amabilidad—. Quisiera pedirle un favor.
—Usted dirá —indica mostrando interés.
—Me gustaría que le diera un recado a Jaime —manifiesta mirando a todos lados para asegurarse de que nadie la escucha—. Quiero que le diga que hay una gotera en el salón de su casa, y es imprescindible que suba él a verla, porque la avería es demasiado seria —explica tendiéndole un billete.
—Creo que ya sé por dónde van los tiros —apunta sonriendo con complicidad mientras acepta la propina—. Cuente conmigo.
—Es muy importante que esto quede entre usted y yo.
—Descuide, doña Sara, que mi boca está sellada —expresa mirando por encima de su hombro y tendiéndole la llave—. Puede subir ahora que no hay nadie a la vista.
Sara se ha ido prácticamente corriendo al ascensor porque falta poco para que termine la jornada de trabajo, y no quiere encontrarse con nadie a su paso.
Jaime ha terminado la reunión con uno de sus asistentes y seguidamente decide ir a hablar con Rafael.
—¿Qué es eso tan importante que requiere mi supervisión? —demanda en un tono algo tenso—, quería irme a casa cuanto antes, así que vamos a ver cómo podemos solucionarlo.
—Don Jaime, vaya usted primero y yo subiré enseguida —manifiesta tratando de sonar convincente—, ha salido una gotera en el techo del comedor y necesito que la vea usted antes de hablar con el seguro.
—De acuerdo. —Entra al ascensor.
Sara se ha puesto muy nerviosa cuando ha escuchado la puerta, porque de pronto se ha sentido ridícula tumbada en el sofá.
—Pero ¿qué…? —Se para en seco delante de ella.
—Hola —balbucea poniéndose muy roja—, quería darte una sorpresa.
—Y me la has dado. —Se acerca muy sonriente cuando se repone de su asombro—. No te puedes hacer una idea del cabreo que llevaba, cuando me ha dicho Rafael que tenía que subir yo a ver el problema.
—Le he sobornado para que me ayudara. —Trata de ponerse de pie sin conseguirlo.
—Shh, quédate donde estás. —La cubre con su cuerpo—. Me alegro muchísimo de tenerte aquí.
—Aún no me creo que me haya presentado sin avisar —confiesa mirándolo un poco cortada—. La verdad es que me ha costado muchísimo decidirme.
—Siempre es mejor hacerlo, que quedarte con las ganas —opina mirándola intensamente—. Además, acabas de borrar con tu presencia, el día de perros que he tenido.
Poco a poco empieza a darle pequeños besos por toda la cara mientras sus manos ascienden y descienden acariciando su cuerpo.
—Anda, vamos a la ducha —añade levantándose y tendiéndole la mano— Quiero quitarme el olor de este nefasto día. —Por mucho que intentara posponerlo, tarde o temprano tendría que enfrentarse a ese nuevo revés, sin embargo, ahora no era el momento de pensar en esa llamada telefónica.