La esencia del bambú Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Cuando acabaron exhaustos, se quedaron unos minutos abrazados hasta que sus respiraciones se fueron calmando.

—No podemos negar la realidad, así que vamos a darnos la oportunidad de intentarlo, ¿te parece bien?

—Jaime, me gustaría que fuéramos discretos hasta ver si esta relación es lo suficientemente sólida, porque si sale mal es mejor que nadie lo sepa.

—Bien —confiere satisfecho al comprobar que ella no se mostraba arrepentida—, estoy de acuerdo contigo. Vamos a desayunar y después volvemos aquí, y así te ayudo con el equipaje.

—No es necesario, pues no he traído nada —le aclara sonriendo.

—De todas formas, revisaremos a ver si está todo, estoy seguro de que se te habrá olvidado algo —bromea mordiéndole una oreja.

—Eres un mandón. —Se gira para mirarlo a la cara.

—Me pone muy cachondo que me digas eso. —Al darse cuenta de que se ha puesto roja por su comentario, no ha resistido la tentación de pasarle la lengua por esas pecas que lo vuelven loco.

A media tarde llegan a casa de Sara con el tiempo justo, ya que Jaime tiene que irse al aeropuerto.

—Sara, no quiero que te devanes los sesos pensando en lo que puede pasar y en lo que no, en esta relación —comenta mirándola muy serio—. Prométeme que te vas a dejar llevar por tu corazón.

—Te doy mi palabra de que lo voy a intentar. —Sonríe—. Anda, vete que no quiero que pierdas ese avión.

—De acuerdo —acepta dándole un beso en los labios—. Esta noche te llamo y hablamos.

Lo primero que hace cuando entra en su casa, es subir a su habitación para sentarse en un rincón, mientras decide si sigue adelante o no.

Todavía siente en los labios el hormigueo por el último beso que se han dado, y eso hace que, después de una hora de darle mil vueltas a lo mismo, se haya incorporado pensando que empezar una nueva relación no significa olvidarse de Yago, porque eso sería injusto.

Cuántas veces su marido le hizo prometer que, si algún día le pasaba algo, quería que ella retomara su vida junto a otro hombre si se presentaba la ocasión.

De momento va a dejar pasar el tiempo como le ha prometido a Jaime porque seguramente él se replanteará lo que han hablado, y entenderá que lo mejor es olvidar esa relación en la que se han embarcado.

De pronto su teléfono ha empezado a sonar y ha bajado las escaleras pensando que es Jaime.

—¿Sí?, ¿quién es? —Se empiezan a escuchar pitidos como las veces anteriores—. No le oigo bien, ¿qué quiere? es de muy mal gusto insistir en llamarme si no tiene un teléfono en condiciones. Voy a colgar, y espero que no vuelva a llamarme más. —De pronto se escucha una voz entrecortada.

—Oiga, me gustaría pre… —se escuchan unos pitidos—, porque teng… —continúan los pitidos—. Es muy... —Y al final, un ruido desagradable.

—¿Perdón? Oiga, no le entiendo —contesta molesta—. Siempre le digo lo mismo: por favor, no me llame hasta que no se compre un teléfono nuevo, a ver si por fin me entero de lo que intenta decirme —cuelga el teléfono bastante cabreada.

Cuando se pone el pijama para irse a dormir, su teléfono vuelve a sonar, pero esta vez sí identifica quién la llama, y su corazón late frenéticamente.

—Hola —lo saluda mientras se tumba en la cama—. Seguro que me llamas para decirme que has cambiado de opinión, y eso me tranquiliza, porque yo estoy pensando lo mismo.

—Yo no he cambiado de opinión. ¿Qué te hace pensar eso? Te he llamado porque quería proponerte algo.

—Creía que habías recapacitado, y necesitabas decírmelo cuanto antes.

—Sara —añade en tono molesto—, habíamos quedado en que nos íbamos a dejar llevar, y tú en cambio, te castigas pensando más de la cuenta de forma negativa.

Entiendo que tengas tus dudas. Yo también estoy un poco nervioso, no lo voy a negar, pero vamos a ir paso a paso. Me has dado tu palabra, ¿de acuerdo?

—Lo siento, tienes razón, dejaré de darle tantas vueltas —asiente soltando el aire—. Dime, ¿para qué me has llamado?

—¿Te apetece acompañarme el próximo fin de semana a ver a un cliente? Hace un mes sufrió un ictus y no puede viajar, así que me ha llamado su mujer porque necesita asesoramiento jurídico por unos problemas que le han surgido.

—¿Y quieres que te acompañe? Es un viaje de trabajo.

—Estaría bien pasar el fin de semana juntos. Ah, perdón, qué despiste, he olvidado decirte que es en Oporto. ¿Qué te parece la idea?

—Eh…, dame un poco de tiempo para pensarlo.

—Vale, no quiero presionarte, cuando lo tengas claro me llamas, pero estaría muy bien pasar unos días juntos, lejos de todo.

—Lo pensaré, te lo prometo. —Sonríe sin darse cuenta.

El lunes ha llegado temprano al gimnasio y se ha ido a nadar para estirar todos los músculos, y de paso, no tener que enfrentarse a sus amigas, ya que ha decidido no decirles nada de momento.

Mientras recorre la piscina dando lentas brazadas, deja la mente en blanco para disfrutar durante media hora del agua.

—Mira a quién tenemos aquí —le dice su amiga poniéndole una mano en su hombro.

—Hola —contesta quitándose las gafas para ver mejor a Sindy—, hacía tanto tiempo que no nadaba, que ya no me acordaba de cómo se hacía.

—Acabo de llegar, y me ha dicho Juan que estabas aquí. ¿Hoy no vas a hacer un rato de elíptica?

—No, ya es un poco tarde, me voy a trabajar en cuanto me duche.

—Lástima, porque quería contaros algo —dice alzando las manos—, pero no me mires así, que no se trata de nada relacionado con Álvaro.

—¿Qué te parece si quedamos mañana para cenar en mi casa y hablamos tranquilamente?

—De acuerdo, después se lo digo a Rocío —avisa sonriendo—. Nosotras llevamos algo de picar y unos pasteles, y esta vez tú te encargas de la bebida.

Considera que no es arriesgado invitarlas a cenar, al fin y al cabo, Sindy tiene algo que decirles y no estarán pendientes de nada más.

Evitarlas no es la solución porque verían algo raro en su actitud, y eso sería mucho peor.

No se sentía preparada para contarles nada hasta no tener la seguridad de que esa relación era lo suficientemente sólida.

Cuando empieza a trabajar, su mente ya no tiene espacio para otra cosa, que no sea ponerse al día con la cantidad de papeles que tiene sobre la mesa.

A las dos de la tarde, la jefa de personal le ha traído una bandeja con una ensalada y un filete de ternera, pues no la ha visto salir en toda la jornada.

—Gracias —aparta unas carpetas—, se me ha pasado el tiempo volando y no me he dado cuenta de la hora.

—Me lo imaginaba, por eso me he tomado la libertad de traerte esto —dice dejando la bandeja sobre la mesa—. Trabajas demasiado últimamente.

—No sabes las ganas que tengo de que terminen el hotel de Madrid.

Nos llevan de cabeza a cuatro directores.

Créeme si te digo que me dan ganas de mandar al jefe a paseo cada vez que me llama por teléfono.

No entiendo   por qué nos tienen bajo tanta presión; han construido otros hoteles y nunca nos han preguntado nada.

—Bueno, sus razones tendrá —se encoje de hombros—, pero las obras no van a durar eternamente. Si necesitas ayuda sabes que puedes contar conmigo —se ofrece sonriendo—. Ahora te dejo. Haz el favor de comértelo todo.

A media tarde ha decidido marcharse a su casa, aunque se ha llevado algo de trabajo para adelantarlo por la noche tranquilamente.