Capítulo 29
A pesar de haber salido antes de tiempo, no ha conseguido la ventaja que esperaba, pues él ha logrado derribarla antes de llegar.
—Eres una tramposa —la acusa cayendo juntos sobre la arena mientras ella trata de escapar sin conseguirlo—, puedo ponerte una demanda.
—No puedes demostrar nada —respira muy cerca de su cara—, sería tu palabra contra la mía. Además, estaría muy bien que dejaras de aplastarme.
—Has perdido y quiero mi premio —reitera sin soltarle las manos, mientras admira esas pecas tan de cerca.
—No hay premio, lo siento, la carrera se ha anulado —afirma notando el calor que desprende Jaime.
—Lo dudo muchísimo, has jugado sucio y por eso tienes que compensarme —insiste notando el aliento de ella sobre su rostro—, aunque después de todo, vas a tener mucha suerte, me acabo de dar cuenta de que este premio va a ser para los dos.
—Jaime no lo hagas —abre mucho los ojos—. Ya sé que ha estado mal, lo siento, ha sido sin mala intención.
—Ya es tarde para arrepentirte. —Atrapa su boca sin el menor remordimiento.
Sara se ha resistido apenas un segundo, porque su cuerpo se ha negado a protestar. Sabía en el fondo de su corazón que eso iba a suceder y no le ha importado.
Jaime ha sucumbido a su deseo sin pararse a pensar en las consecuencias. Se había prometido que aquella sería la última vez, pero estaba convencido de que se engañaba a sí mismo. Esa mujer le atraía de una forma abrumadora.
—Para, por favor —suplica Sara tratando de levantarse—, ya es de día y nos pueden ver.
—De acuerdo —aunque no le importaba en absoluto si alguien los veía, lo mejor era poner distancia entre ambos—. Es hora de regresar.
—Esto se está volviendo peligroso, estamos siendo irresponsables —expone limpiándose la arena de la ropa.
—Ya lo sé, aunque pienso que tampoco es un crimen lo que hacemos.
—No es un crimen, pero no me gusta el rumbo que está tomando esta situación.
—¿A qué tienes miedo?, dime la verdad —pregunta intentando analizar lo que está pasando.
—¿Miedo? —inquiere parándose para mirarlo a la cara—. No se trata de miedo.
—Pues explícate de una puta vez —alza las manos—, porque no lo entiendo. Y no me vale la excusa de que nuestros hijos salen juntos. No veo ninguna razón por la cual no podamos pasar un buen rato. Sé que hay algo más y quiero que me lo digas.
—Pues te lo voy a decir para que nunca vuelvas a acercarte a mí —espeta rabiosa poniéndose las manos en las caderas—.
No pienso acostarme contigo porque no soy tan liberal como tus amigas.
No puedo admitir que el otro día te fueras a la cama con una —subraya rechinando los dientes— y ahora pretendas que sea yo la siguiente, como si tal cosa.
Yo no soy de esa clase de mujer. Lo siento, es mi forma de ser y no pienso cambiar a estas alturas.
—Ah, de eso se trata. —Se cruza de brazos.
—No se te ocurra decirme que son celos, porque no es así —dice mostrándose muy tajante—.
Si alguna vez tuviera una relación con un hombre, jamás aceptaría que él se acostara con otras mientras está conmigo.
Piensa lo que te dé la gana, pero te vuelvo a repetir que es mi forma de pensar, aunque a ti te pueda parecer que soy de otra época.
—Si es tu forma de ser, no me queda más remedio que respetarla —asiente empezando a andar.
—Ahora ya ha quedado todo claro —afirma poniéndose a su lado, mientras caminan en silencio varios minutos.
—No ha quedado todo claro. —Se para delante de ella con la necesidad de explicarle algo que lleva un rato pensando—. El otro día no me acosté con Lola.
—Jaime, no sé a qué juegas —dice exaltada pasándose la mano por la frente—. No me cuentes milongas, por favor.
—Te estoy diciendo la verdad. —Atrapa su mano para que le preste atención—. No hicimos nada, es la verdad.
—No tienes que darme explicaciones, eres libre de hacer lo que quieras —resuelve tratando de soltarse.
—Pero te las quiero dar, aunque no me creas. —Sigue mirándola muy serio mientras le suelta la mano.
—¿Pretendes hacerme creer que después de pasaros toda la cena pegados el uno al otro, no hicisteis nada?
¡Tú me tomas por tonta! Deja que te diga algo —vocifera dando un paso atrás y señalándole con el índice—.
En primer lugar, ya te he dicho que no me tienes que dar explicaciones, y, en segundo lugar, si me las das —dicta girándose y empezando a andar muy deprisa—, al menos que sean ciertas.
—Espera —le pasa un brazo por la cintura para detenerla—, no te estoy mintiendo. Te juro que no pasó nada —ella lo mira cabreada—, le dije que me dolía la cabeza y me dormí.
—¿Perdón? —Entorna los ojos—. Repítelo otra vez.
—Le dije que me dolía la cabeza porque no tenía ganas de hacer nada con ella… Sabes perfectamente a lo que me refiero.
—Júramelo otra vez —le pide muy seria.
—Te lo juro —repite poniéndose la mano en el corazón.
De pronto Sara empieza a reír sin poder parar, haciendo que Jaime la mire sin comprender qué le ha hecho tanta gracia.
—Eres uno de los mejores abogados de Madrid —resalta sin parar de reír— ¿y no se te ocurrió una excusa mejor?
—¿Qué quieres decir? —sondea desconcertado al verla así.
—Esa excusa la veo… Diría que esa excusa es muy poco original. De hecho, es la que siempre se ha dicho que utilizamos las mujeres —admite sin dejar de reír.
—Qué más da, lo importante es que surtió efecto. ¡Deja de reírte de mí!
—No —responde riendo más fuerte—. Es demasiado divertido para dejarlo pasar.
—Anda, vamos a darnos una ducha —dice empezando a correr cabreado.
—Espera, no te enfades —endulza el tono llegando a su lado—. Debes reconocerme, que tienes poca imaginación.
—¿Tú qué le habrías dicho en mi lugar? —La reta mientras se para en seco— A ver si eres capaz de contestarme con sinceridad.
—¿Quieres saberlo? —Él asiente sin dejar de mirarla—. Le habría dicho que no podía acostarme con ella porque estaba pensando en otra. ¿He sido lo suficientemente sincera? —Sale corriendo sin esperar respuesta.
Han llegado a la terraza y Jaime no le ha dirigido la palabra en ningún momento.
No ha dejado de pensar en lo que Sara le ha dicho, pues le ha molestado bastante que haya acertado de pleno.
Era una realidad que le había costado asimilar durante toda la semana, y, en cambio ella, se había dado cuenta en unas horas.
Sara se ha ido a la casa de invitados para darse una ducha teniendo claro que se ha pasado de la raya por haberse atrevido a darle semejante respuesta.
De haber pensado un poco antes de hablar, jamás le habría respondido algo tan fuera de lugar.
Era consciente de que había metido la pata por la cara que se le había quedado a Jaime, pero ahora ya era tarde para arrepentirse.
—Tenemos que hablar —dictamina el abogado asomándose a la ducha.
—¡Ah! ¿Qué haces aquí? —chilla ella tapándose con las manos—, ¿no puedes esperar a que salga y me vista?
—No, es muy urgente lo que he venido a decirte —expresa alterado quitándose el albornoz y entrando con ella sin esperar respuesta—. Tenías toda la razón cuando has dicho que no me acosté con ella porque estaba pensando en ti.
—No me hagas caso, lo he dicho para provocarte. —Da un paso atrás—. Jaime, por favor sal de aquí.
—Lo has dicho porque era lo que pensabas. Además, has acertado —añade acercándose a ella hasta tenerla pegada a la pared—. Tenemos algo entre tú y yo, y debemos ponerle nombre.
—Jaime, esto es una locura —exclama con menos énfasis del debido, sin atreverse a mirarlo.
—Si quieres llamarlo así, así será. —Toma su cara para empezar a darle besos muy despacio mientras le habla muy suave—. Me vuelves loco desde la primera vez que te vi. He intentado que no me afecte y es inútil, no puedo.
—Para, te lo suplico —susurra sintiendo sus caricias y haciendo que su cuerpo se despierte poco a poco sin forma alguna de pararlo—. No quiero que esto empiece, porque por muy bueno que sea ahora, nunca acabará bien.
—En lo primero tienes razón, esto es muy bueno —le confirma mordiéndole el cuello—, pero no sabemos cómo va a acabar.
No intentarlo ya es un fracaso. —Baja muy despacio las manos por su espalda—.
Estamos aquí y ahora… esto es lo único que es real.
Vamos a darnos la oportunidad de estar juntos, y que sea el destino quién decida.
—¿¡Qué!? —pregunta aturdida mientras trata de asimilar todo lo que está escuchando—. No puedes estar hablando en serio, tú no eres de esos que se conforman con una mujer, me lo dejaste muy claro.
—No he hablado más en serio en toda mi vida.
Solamente voy a prometerte una cosa, y puedes estar tranquila porque la pienso cumplir: mientras estemos juntos, no habrá otra mujer por la que debas preocuparte —asegura mirándola tan intensamente, que a Sara se le ha cortado la respiración—.
Créeme si te digo, que es la primera vez que hago algo así desde que Sandra murió.
Sara se niega a seguir escuchando a Jaime pues su corazón se ha puesto a latir de forma acelerada mientras una sensación de agobio le está oprimiendo poco a poco el pecho sin darle aliento para respirar. No sabe si es el miedo de sentirse tan viva la razón por la cual siente esa angustia.
—Dime, mujer valiente ¿de qué tienes miedo? —pregunta leyéndole el pensamiento.
—De ti.
—Sabes que eso no es así. —Le pasa el pulgar por los labios—. Confiésame la verdad.
—De mí.
—Pues no te preocupes —sonríe—, porque yo me encargaré de defenderte de ti misma.
—Tu alegato será muy convincente en un juicio, pero aquí en tu casa carece de fundamento.
—Sara, no necesitas tener todas las respuestas ahora mismo, es mejor dejarnos llevar.
Los labios de Jaime han evitado que Sara buscara más excusas para impedir que ambos descubrieran juntos lo que sentían. La única manera de acabar con esa incertidumbre era lanzarse al vacío con la esperanza de llegar a alguna parte.
Hicieron el amor sin mediar palabra alguna, mientras el ruido del agua era el único testigo de la locura en la que ambos estaban inmersos.