Capítulo 28 #2
—De acuerdo, no quiero entrometerme, y mucho menos hablar de cosas que no me conciernen. Te aprecio demasiado y no quiero perder tu amistad.
—Oh, no no —se apresura a decir—. Quédate tranquila porque no me has ofendido en ningún momento. Solo quiero dejar de hablar de algo que ya pasó, y que no tuvo ninguna importancia.
Durante la cena los cuatro han disfrutado muchísimo porque Román no ha dejado de contar anécdotas sobre las costumbres tan raras que tienen algunos de los directivos de su empresa.
Como es mitad inglés y mitad andaluz —lo aclara siempre muy orgulloso—, no deja de tener mucha gracia por la forma en que lo cuenta.
Jaime no deja pasar la ocasión de observar a Sara, verla reír mientras disfrutan de la velada es una sensación que le atrae más de la cuenta.
A las dos de la madrugada, Sara le pide a su consuegro que la lleve a su casa, puesto que se ha hecho demasiado tarde.
—Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien —les dice saliendo por la puerta—. La cena me ha encantado, muchas gracias.
—Nosotros también hemos disfrutado mucho de vuestra compañía. La semana que viene te llamo, necesito reservar algunas habitaciones para unos diplomáticos que quieren visitar la costa del Sol.
—De acuerdo Yuri, me llamas el día que quieras y lo arreglaré.
Cuando llevan un rato en la carretera, Sara se da cuenta de algo que la inquieta. No quiere cabrearse con él y que la noche termine mal después del día tan agradable que han pasado.
—Jaime, no me estás llevando a mi casa.
—Se ha hecho muy tarde. Además, no estoy en condiciones de conducir un trayecto tan largo con el vino que he bebido. —La mira un instante—. Será mejor que nos quedemos en la mía.
—¿Qué quieres decir? —Lo mira con recelo.
—Me has entendido perfectamente, no creo que haga falta repetirlo.
—Pediré un taxi, entiendo que no quieras arriesgarte.
—Tampoco es buena idea que te vayas a estas horas en taxi; es mejor que mañana te lleve tranquilamente. —Ella iba a protestar—. No te preocupes que no va a pasar nada entre nosotros.
—He dicho que me voy en taxi —asevera en tono firme.
—Entonces, seré yo el que te lleve.
—Has dicho que no estás en condiciones de llevarme.
—Me arriesgaré —dice de forma tajante.
—Eres… Eres… —Aprieta los dientes.
—Soy un mandón ya lo sé, me lo has dicho mil veces —termina su frase, cabreado más de la cuenta.
—Déjalo, me voy a tu casa —acepta resignada.
De pronto para el vehículo a un lado de la carretera, y se pasa las manos por la cara para tratar de calmarse.
—¿Tan malo soy para ti que estás deseando perderme de vista? —pregunta mirándola fijamente—. Creo que me estoy portando contigo de forma muy correcta. Dime qué es lo que estoy haciendo mal para que te sientas tan incómoda a mi lado.
—No estás haciendo nada mal —él continúa en silencio, haciendo que ella se ponga cada vez más nerviosa—, simplemente quería irme a mi casa.
—¿Y no puedes esperar hasta mañana? —La escruta con la mirada para averiguar el verdadero motivo—, ¿acaso hay alguien esperándote?
—Eso que has dicho es una estupidez, y lo sabes. —Mira hacia su lado de la ventanilla—. No hace falta que seas tan desagradable.
—Sigues sin contestarme. Mírame y dime qué es lo que estoy haciendo mal.
—No estás haciendo nada. —No quería buscar ninguna excusa.
—A lo mejor ese es el problema, que no estoy haciendo nada. —Ese comentario hace que ella contenga el aire sin atreverse a respirar, porque suena muy peligroso.
Jaime vuelve a poner el coche en marcha porque teme que la situación se le vaya de las manos, pues no ha debido hacer ese comentario.
Estar tan cerca de ella le resulta demasiado tentador y no está dispuesto a caer otra vez.
Sabe que lo hecho, hecho está, y no se ha arrepentido en ningún momento, pero volver a repetirlo no es una opción, puesto que sabe que juega con fuego.
—Será mejor que duermas en la casa de invitados, así tendrás más intimidad —le dice después de estar más de diez minutos en silencio.
—Está bien, te agradezco el detalle —asiente tratando de sonar tranquila.
— Te pido disculpas si he sido grosero en algún momento, no ha sido mi intención.
—No hay nada que perdonar, lo digo de verdad —asegura mirándolo más tranquila—. Me lo he pasado muy bien contigo, pero eso no quita que a veces me pongas de los nervios.
—¿Yo? —Ríe—, pero si voy siempre contigo con pies de plomo para que no te enfades.
—Sabes que no es del todo cierto —lo corrige sintiendo que el ambiente vuelve a ser cordial—. Tomas decisiones por los dos, y eso lo haces continuamente.
—No lo voy a negar —añade mirándola un instante—, pero tienes que reconocer que después no lo pasas nada mal.
—Eso no quita que dejes de ser un manipulador.
—Y tú una mal pensada —alega alzando los hombros—. A veces los planes surgen sin más.
—Lo siento, pero me cuesta creerte.
Jaime cumple su palabra y la deja sola en la casa de invitados, después de explicarle, que en la habitación de Blanca hay pijamas y cualquier cosa que necesite.
Decide darse una ducha, y como no tiene sueño se sienta en el sofá a ver la tele.
De pronto llaman a la puerta haciendo que todo su cuerpo se tense.
—¿Sigues despierta? —le dice Jaime a través de la puerta.
—Eh, sí —responde sin moverse del sofá.
—Solamente quería decirte que mañana a las ocho vendré para bajar a correr por la playa. Aquí en la puerta te dejo algo de ropa, buenas noches.
Sara trata de analizar lo que acaba de escuchar, y con mucho cuidado va a ver lo que Jaime le ha dejado.
—Lo que yo decía —sisea entre dientes cuando ve el conjunto de correr y las zapatillas de su número en una bolsa—, un manipulador de primera categoría.
Aún no ha amanecido del todo y ya está preparada con su camiseta blanca con círculos de varios colores, el pantalón negro y las zapatillas blancas.
Ah, y los calcetines rojos, a juego con el color que se le ha puesto en la cara cuando se ha colocado el conjunto de ropa interior que había también en la bolsa.
No ha podido borrar su sonrisa, a pesar de haberlo intentado. Quiere cabrearse con él, pero le es imposible.
—Llegas puntual —dice abriendo la puerta sin disimular la sorpresa al verlo vestido así.
—Toma. —Le da un vaso de plástico con café—. Quiero que estés bien despierta para que no tengas ninguna excusa cuando te gane.
—Gracias por la cafeína, me va a venir bien —añade saliendo—. Voy a demostrarte lo equivocado que estás.
Jaime no deja de mirarla, porque vestida así parece mucho más joven.
En cuanto Sara se alejó con la intención de buscar algo de ropa para su hijo, vio la oportunidad y le compró un conjunto igual que el suyo para darle una sorpresa.
Así que, con la rapidez del rayo, entró en una tienda de ropa interior con la excusa de ir un momento al cuarto de baño.
Cuando se ha mirado en el espejo por la mañana, se ha sentido muy raro al verse con esa ropa tan llamativa, y durante un minuto ha estado tentado de cambiarse.
Ahora al verse junto a ella, se ha sentido muy cómodo.
Menos mal que ninguno de sus amigos está cerca para verlo, porque sin duda, se estarían riendo de él durante una larga temporada.
La playa se encuentra a tres minutos de la casa bajando por un sendero privado. Aún está amaneciendo y hace bastante frío, pero eso no es impedimento para que empiecen a correr despacio y así calentar antes del esfuerzo final.
Mientras corren, ninguno de los dos dice una palabra dejándose llevar por el sonido de las olas.
Él lleva un rato tratando de analizar lo que siente cuando está con esa mujer, y ella por su lado, sigue buscando un motivo para no reconocer que estar a su lado cada día le gusta más.
—No te he preguntado si he acertado con las tallas de todo lo que te he comprado.
—Sabía que lo harías —contesta riendo sin mirarlo—, se nota que haces esos regalos muy a menudo.
—Estás muy equivocada si piensas eso, Blanca me pedía que la acompañara muchas veces. Hacía una eternidad que no compraba ropa interior a una mujer, lo considero demasiado íntimo para hacerlo. —La mira un instante— sin embargo, contigo he hecho una excepción.
—No tenías que haberlo hecho.
—Ahora ha llegado el momento de la verdad. —Se para a su lado ignorando su último comentario—. El que primero llegue a aquella roca, gana y elige premio.
—¿De verdad quieres que te humille llegando la primera? —dice calculando la distancia.
—No cantes victoria antes de tiempo, no te voy a dejar ganar.
—Entonces, no perdamos ni un segundo, cuenta hasta tres y empezamos. —Sonríe de medio lado.
—De acuerdo. —Alza la mano—. ¡Uno…!
Sara ha empezado a correr dejando a Jaime en shock, dado que no esperaba que ella hiciera trampas de esa forma. Sin poder remediarlo ha salido detrás de ella sin parar de reír, pues le ha parecido una reacción muy infantil.