La esencia del bambú Capítulo 28
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Capítulo 28

Sara y Jaime no paran de hablar de las tonterías que hacían cuando estaban en la universidad mientras disfrutan del menú degustación que han pedido.

Han pasado tres horas desde que Jaime ha ido a recogerla a su casa, y cada minuto que pasa, están divirtiéndose más. De pronto, la sonrisa de Jaime se queda congelada en su boca cuando ve a Silvia acercarse a su mesa.

—Pero bueno, qué casualidad veros aquí —expresa mirando a Sara descaradamente—. Anoche estuvimos juntos y no me dijiste que venías al club. Bueno, a lo mejor sí que me lo comentaste y con el ruido de la música no te escuché, podíamos haber hecho el viaje juntos.

—No te dije nada porque no lo consideré necesario —dice en tono pausado—. ¿Dónde está Alfredo?

—Esta mañana ha sentido la imperiosa necesidad de ir a ver a sus padres —cuenta poniendo cara de asco—. No entiendo esa obsesión de verlos, ahora que su padre está prácticamente recuperado.

—Tú también tendrías que haber ido —comenta mirándola con cautela— hace un siglo que no te dignas en hacerles una visita.

—A mí no me echan de menos. Con su hijo que se pasa la vida con ellos, tienen más que suficiente.

Bueno, me tomo un café con vosotros y me voy a casa de mi amiga Elizabeth.

Tenemos muchas cosas de las que hablar —anuncia sentándose muy cerca de Jaime—, pero si quieres la llamo, y me quedo a pasar la tarde contigo como hemos hecho tantas veces.

—Creo que tu amiga se va a llevar un disgusto si cambias de opinión —expone mirando a Sara para tranquilizarla—. Nosotros ya nos íbamos, así que tómate ese café rápidamente, porque tenemos algo de prisa.

—Vaya, no me gustaría interrumpir vuestros planes —agrega sin mostrar nada de culpabilidad.

—No vas a interrumpir nada, porque en cinco minutos nos vamos —insiste sin bajar la guardia con Silvia, pues no se fía de ella.

—De acuerdo, me lo tomo enseguida. Sara, me gustaría que olvidáramos nuestras rencillas, creo que no hemos tenido un buen comienzo y me temo que yo he sido la única culpable.

—No te preocupes —trata de medir sus palabras—, así estamos muy bien. No es necesario que te tomes la molestia de intentar que seamos algo que jamás seremos.

—Entiendo tu desconfianza —continúa moviendo su café lentamente—, pero estoy dispuesta a pedirte disculpas las veces que haga falta.

—Ya te he dicho que no te preocupes —modula la voz perfectamente—, es mejor dejar las cosas como están. Intentar arreglarlas es perder el tiempo.

—Bueno, supongo que merezco que no te fíes de mí. Aun así, Jaime te puede decir que no soy tan mala persona como crees —musita fingiendo aflicción.

—Él no necesita aclararme nada, hace años que tengo mis propias opiniones —dice en un tono ligeramente mordaz—, y dudo mucho que él me haga cambiar de parecer.

Ambas se aguantan la mirada como dos fieras desconocidas, dando vueltas una alrededor de la otra para ver quién ataca primero.

Desde cualquier mesa del local, nadie diría que esas mujeres están librando una batalla que Jaime decide cortar de raíz, pues sabe perfectamente que las dos son muy capaces de destrozarse sin perder la compostura.

—Creo que ha llegado la hora de irnos —indica levantándose resuelto—.  Silvia, si nos disculpas, llegamos tarde a una cita.

—Entonces no perdáis más tiempo —aprueba sin dejar de mirar a Sara— ya nos veremos en otra ocasión para seguir hablando.

—Sí, es posible. —Lo dudaba muchísimo, pero era mejor callar—. Adiós.

Silvia aún tiene dolor de muelas por la presión que ha ejercido con la mandíbula durante la charla con esa imbécil.

Cuando ha llegado al club y los ha visto en esa actitud tan íntima, la bilis le ha subido a la garganta impidiéndole respirar con normalidad.

Sabía que iban a ir allí porque Alfredo le había contado de pasada, que Jaime había hecho una reserva para dos, y que probablemente, le acompañaría su última conquista.

Lo que no tenía ni idea era con quién iba a ir, pero al ver de quien se trataba, le ha jodido soberanamente.

El ambiente se ha enfriado entre ellos desde que Silvia ha aparecido, pero Jaime, lejos de mostrar su malestar, está decidido a cambiar la situación.

—¿Qué te apetece hacer ahora? —pregunta mirándola con interés cuando le traen el coche.

—La verdad es que ahora no tengo ganas de fiesta —expresa mientras se pone el cinturón—. Será mejor que me lleves a mi casa.

—Eso no va a ser posible —manifiesta poniendo una mano en su hombro— nadie nos va a amargar la tarde. Te dejo que elijas un sitio para dar un paseo.

—No te vas a dar por vencido, ¿verdad? —interroga volviendo a sonreír.

—Ya me vas conociendo. —Baja la mano por su brazo de forma distraída haciendo que a Sara se le erice la piel.

—Pues entonces, vamos a dar un paseo por el parque de Málaga antes de que haga frío.

—De acuerdo —pone el coche en marcha—, pero después elijo yo.

Mientras la luz del sol se está empezando a apagar, Sara y Jaime siguen paseando tranquilamente mientras se hacen algunas confidencias.

—Ya empieza a hacer frío —advierte acercándola a su cuerpo para darle calor—. Me gustaría que me acompañaras a comprarme algo de ropa deportiva.

—¿Ahora? —pregunta mostrándose sorprendida—. No sé si voy a serte de mucha ayuda.

—Vas a ser la mejor. Quiero que me recomiendes ropa y zapatillas para correr.

—En cualquier tienda de deporte hay profesionales que te van a asesorar mil veces mejor que yo.

—Y no lo pongo en duda. De paso, quiero comprarle algo a Blanca para mandárselo y no tengo mucha idea de tallas y colores para ella.

—Pues no perdamos más tiempo.

—Creo que esa camiseta es demasiado oscura —sugiere mirándolo con el índice apoyado en su barbilla.

—No me gustan los colores llamativos —confiesa mirándose en el espejo del probador—. Anda, búscame una a tu gusto. Pero no te pases, las que has elegido para Alberto seguramente le van a gustar, pero yo soy más discreto.

—Espera un segundo, que he visto una que está a medio camino entre tus gustos y los míos.

Diez minutos más tarde, Jaime trata de asimilar el motivo por el cual se ha dejado convencer de comprarse ropa tan llamativa. Sara le ha llevado al probador una camiseta blanca con círculos de varios colores en un hombro y otra azul marino con espirales blancas en las mangas.

«Menos mal que los pantalones los ha elegido negros», piensa con resignación.

—Esas zapatillas se ven cómodas, yo tengo unas parecidas y me encantan.

—Creo que Blanca usa el mismo número que tú, ¿me equivoco?

—No, ella gasta un número más.

—Le voy a comprar unas iguales a estas. También quiero que elijas un par de camisetas y pantalones a juego para ella.

—No te preocupes, voy a por unos conjuntos que he visto antes, estoy segura de que le van a encantar. Ahora vuelvo.

—Sara, acaba de llamarme Román para hacerme una consulta de trabajo y le he dicho que estamos juntos de compras. Me he tomado la libertad de aceptar la invitación a cenar que nos ha hecho —le dice cuando vuelve a su lado.

—Tenías que haberme preguntado primero —protesta bastante molesta— no quería llegar muy tarde a casa esta noche.

—Creía que te ibas a alegrar, pero si no te apetece, no pasa nada, lo llamo y le digo que lo dejamos para otra ocasión.

—Ahora me voy a sentir culpable si les dices que no vamos ninguno de los dos. Es mejor que vayas tú, y yo pida un taxi para irme a casa.

—Esa idea es la peor que he escuchado en años. ¿Qué prisa tienes?, mañana tampoco trabajas —se queja, exasperado—. Déjate llevar y disfruta de la vida.

—¿Crees que no disfruto? —lo increpa a la defensiva.

—No lo suficiente —decide cambiar de tono para no cabrearla—. Se han alegrado mucho cuando les he dicho que vamos tú y yo.

—De acuerdo, no les llames. —Pone los ojos en blanco—. Pero te agradecería que la próxima vez me consultaras a mí primero.

—Tienes toda la razón. Lo siento, he aceptado sin pensar —se disculpa alzando las manos.

—Bueno, vamos a pagar que ya es un poco tarde.

Cuando salen del centro comercial Sara aún sigue cabreada.

—¿Por qué te pones así?, me apetecía pagar lo que le has comprado a Alberto, no le des tanta importancia. Es lo menos que puedo hacer después de haberte tenido eligiendo ropa para Blanca y para mí —se excusa alzando las bolsas.

—Pero no tienes que sentir la obligación de pagarlo, puesto que lo he pasado muy bien escogiendo ropa que jamás te habrías comprado si hubieras venido solo.

—¿Ves?, has obrado el milagro, y por esa razón, yo tenía que compensarte —dice subiendo al coche.

Sara no quiere reconocer que lo que realmente le ha cabreado ha sido el hecho de haber disfrutado mucho con él, y le duele tener que aceptar que se está abriendo una nueva etapa en su vida; una que había descartado al haber perdido al único hombre del que se había enamorado.

—Hola, ¡qué bien que hayáis venido! —exclama abrazándola con afecto—. Cuando Román me lo ha dicho me he llevado una grata sorpresa. Vamos al salón que allí estaremos mejor frente a la chimenea.

—Hola. —De pronto ha sido consciente de que ha sido buena idea cenar con ellos.

—Hola, Yuri —saluda Jaime dándole un beso, observando como ella sonríe significativamente.

—¿No os importa si vamos Jaime y yo a mi despacho un momento?, prometo que serán solo treinta minutos.

—Pero que sean treinta, ni uno más —ordena señalándole su mujer con el índice—. Os esperamos en el salón tomando una copa de vino. ¿Qué te parece Sara?

—Por mí, encantada —contesta entrando agarradas del brazo.

—Me ha dado mucha alegría comprobar que ya os habéis reconciliado —comenta la amiga sentándose a su lado en el sofá—, estuvo muy mal por parte de Jaime empeñarse en venir acompañado a mi fiesta.

—Yuri —trata de buscar la mejor manera de dejar las cosas claras sin ofenderla—, Jaime puede salir con quien quiera, entre él y yo no hay nada, es un hombre libre.

No estábamos enfadados, simplemente hubo un malentendido entre nosotros, pero lo solucionamos enseguida.

No hablemos más de eso, por favor, es agua pasada.