Capítulo 27 #2
Jaime ha pasado la semana con un humor de perros, aunque lo había intentado con todas sus fuerzas, no ha conseguido quitarse de la cabeza a Sara.
Es consciente de que esa mujer se ha vuelto una obsesión para él, y tiene que buscar la manera de olvidarla.
Sin embargo, la imagen de esas pecas por todo el cuerpo y el sutil olor a jazmín, no eran fáciles de borrar de su mente.
El viernes se fue a cenar con Silvia, Alfredo, Carmen y Eduardo, a pesar de estar deseando terminar cuanto antes.
No le contó a nadie sus planes para evitar que se autoinvitaran .
Cuando acabó la cena, se empeñaron en ir a tomar una copa y él no tuvo más remedio que acompañarlos para no levantar sospechas.
En un momento dado, se excusó para ir al cuarto de baño y aprovechó para hacer una llamada.
—Jaime, ¿te pasa algo? —le pregunta su hermana, preocupada cuando lo ve salir—. Te conozco lo suficiente para saber que no tienes muchas ganas de fiesta.
—No te preocupes, me encuentro bien, simplemente estoy algo cansado. Ya sabes que tengo mucho trabajo. —No tiene ganas de dar ninguna explicación más.
—Nosotros también tenemos demasiado trabajo últimamente —comenta, mirándolo comprensiva—. Nos tomamos la última copa y nos vamos.
—Bien, eso me parece un buen plan. —Sonríe, saliendo del restaurante más tranquilo.
—Jaime, ¿no te importa que vayamos contigo?, es que Alfredo y yo hemos bebido demasiado y no estamos para que nos multen. Tú en cambio, apenas has probado el vino.
—De acuerdo. —No le hace ninguna gracia seguir aguantando a Silvia, pero no le queda otro remedio—. No obstante, la vuelta a casa tendréis que hacerla en taxi, yo me tomaré una copa y me iré a dormir.
—¿Has quedado con alguien? —sondea alzando las cejas.
—Sí, he quedado con mi almohada. —Ha preferido no ser grosero, a pesar de tener ganas de mandarla al infierno por las veces que ha intentado hablar de Sara durante la cena, y siempre de forma despectiva para provocarlo.
Nunca la había visto mostrarse de esa forma tan desagradable con ninguna mujer y eso le daba mucho en qué pensar.
Sara por su parte, había disfrutado de una comida bastante amena con su suegro y Aurora los cuales decidieron darle una sorpresa, antes de continuar con su viaje a Tenerife.
Jamás pensó que volvería a ver a su suegro tan feliz junto a otra mujer. Las miradas de complicidad que se dedicaban llenaron su corazón de alegría. Ese hombre había sufrido demasiado y ahora la vida le compensaba con esa mujer, que se notaba que lo quería muchísimo.
Tras despedirse de ellos, no pudo evitar pensar en Yago.
Habían pasado más de cinco años de su marcha, y el único que podía darle alguna explicación era él, y por desgracia nunca tendría esa oportunidad, puesto que le pegaron dos tiros aquel día, en el que ella, presintiendo que algo malo estaba pasando, lo llamó por teléfono varias veces para preguntarle por qué tardaba tanto en volver a casa, y él no contestó.
Por la noche se pone en acción; se calza sus zapatillas favoritas y se va a correr un rato por la playa, a pesar del frío gélido que hace.
Cuando pisa la arena, inspira con fuerza, retiene el aire unos segundos y lo expulsa despacio intentando serenarse antes de empezar a correr.
Su prioridad es encontrar respuestas a todo lo que ha despertado Jaime en ella, pues no puede ignorar que ese hombre ha causado un cataclismo en su interior, ya que jamás se habría acostado con él, si no hubiera sentido algo diferente al resto de hombres que lo habían intentado antes.
De pronto, su teléfono empezó a sonar haciendo que su corazón volviera a latir frenéticamente. Al principio tiene la tentación de no contestar, pero siente curiosidad por saber qué quiere.
—Dime —responde en tono seco—, tienes que estar muy aburrido para llamarme a estas horas.
—Yo nunca me aburro. —Sonríe, a pesar de la pulla—. Quería invitarte a comer mañana. He reservado una mesa para los dos en el club.
—Lo siento, pero tengo otros planes —dice lo primero que se le ocurre— quizá en otra ocasión.
—Los planes se pueden cambiar. —Sabe que miente—. En cambio, una comida conmigo no.
—He dicho que tengo planes, no insistas —repite parándose para hablar— Seguramente tienes a muchas mujeres revoloteando a tu alrededor con las que puedes quedar.
—Ah, es eso —contesta, complacido—. Sigues estando celosa, me halagas.
—¡Yo no estoy celosa! No sé quién te has creído que eres.
—Alguien que te ha hecho volver a sentir —enfatiza la última palabra—. Dime que estoy equivocado.
Sara está pensando mil respuestas, pero ninguna sale por su boca. Ese hombre la pone siempre al límite.
—¿Sigues ahí? —pregunta poniéndose serio—, oigo el rumor del mar, espero que no vayas sola a estas horas.
—¿Ahora te preocupas por mi seguridad? —cuestiona aliviada por el giro de la conversación—, soy mayorcita para hacer lo que me dé la gana sin dar explicaciones a nadie.
—Perdona, no pretendía ser invasivo, solo te he llamado para invitarte a comer.
—Lo siento, pero te tengo que dejar, debo seguir con mi marcha antes de que me enfríe.
—Haz el favor de irte a casa. —«Esa mujer tiene la capacidad de desesperarme y excitarme al mismo tiempo», piensa bastante molesto—. No entiendo por qué tienes que salir tan tarde a correr.
—Y yo no entiendo por qué te gusta tanto reñirme —le responde intentando no reírse—, sabes que no te voy a hacer caso.
—No me estás tomando en serio —protesta menos cabreado que antes—. Entonces, ¿paso a recogerte mañana?
—De acuerdo —le dice en tono resignado.
Mientras decide la ropa que se va a poner, enciende una vara de incienso para relajarse, porque por mucho que intenta convencerse de que es una comida rodeados de mucha gente, la señal de peligro no se aparta de su mente.
Al final, se decanta por una falda ajustada hasta la rodilla color burdeos y un jersey muy fino blanco.
Apenas se ha maquillado, sin embargo, en el último momento ha decidido darle un toque de volumen a su melena dejándola suelta, porque sabe que le favorece.
Media hora más tarde suena el timbre y trata de serenarse para que no se le note lo nerviosa que está.
—Hola —dice haciéndose a un lado para dejarlo pasar—. Dame un minuto y enseguida nos vamos, ¿quieres tomar algo?
—No, gracias —responde entrando al salón—. Mientras te espero, voy a llamar por teléfono.
—Bien —señala al sofá—, vuelvo enseguida, ponte cómodo.
Sara ha salido prácticamente corriendo hacia su habitación porque acaba de darse cuenta de que está sola en casa con un hombre.
«Aunque este, es técnicamente el suegro de mi hijo, por lo tanto, casi familia. Claro que eso no me tranquiliza lo más mínimo», piensa mientras se pone unas botas de tacón alto.
—Ya nos podemos ir —dice colgándose el bolso—. ¿A qué hora has hecho la reserva?
—No te preocupes, vamos bien de tiempo —aclara poniendo una mano en su espalda para salir hacia el coche—. Hoy voy a dejar que elijas la música para que te tranquilices un poco, te noto la espalda muy tensa.
—Estoy muy tranquila —añade mirándolo de reojo y admirando lo elegante que va con su abrigo azul marino, que contrasta a la perfección con su pelo casi blanco.
—No me convences. —Sonríe al verla algo apurada.
—Pues te he dicho la verdad. —O eso intentaba.
—De acuerdo. —Alza las manos—. Vamos a pasar un buen rato, no quiero que te enfades.
—Bien, ya somos dos —contesta subiendo al coche.
—Mi hermana quiere llamarte porque es el cumpleaños de Eduardo y le gustaría que le organizaras una cena con toda su familia. Seguramente tengo yo la culpa, le conté lo bien que estuvo la cena de la jubilación de mi amigo.
—Espero que me llame con más tiempo que tú —ironiza sonriendo de medio lado.
—A pesar de no haberte dado mucho margen, fue perfecta, y estoy convencido de que harás lo mismo para Eduardo, dado que falta un mes.
—Pensaré algo especial para él.
—Tú siempre haces que las cosas sean especiales —admite mirándola de una forma que a Sara le ha cortado la respiración.
—Creo que voy a poner música. —Toca la radio con manos temblorosas.
—Deja, ya lo hago yo. —Aparta su mano suavemente—. Si no te importa, voy a poner algo tranquilo.
De pronto la canción de Celtas Cortos titulada La senda del tiempo, ha empezado a sonar creando una atmósfera balsámica.
Ninguno de los dos ha interrumpido la bella canción porque cada uno está interpretando la letra a su manera.
Cuando llegan al club siguen en un cómodo silencio.
Sara ni siquiera se ha molestado cuando Jaime ha entrelazado su mano con la de ella mientras cruzan todo el comedor hasta llegar a su mesa.
—Hoy voy a compensarte por el mal rato que pasaste aquí la última vez que viniste.
—No lo pasé tan mal después de todo, pero te agradezco el detalle —dice riendo—, recuerda que Álvaro me salvó del desastre.
—No era necesario que se mostrara tan convincente —objeta recordando el beso—, pero no voy a criticar sus métodos porque evitó que pasaras un bochorno innecesario. Además, no quiero parecer celoso.
—Eso sería una tontería por tu parte —añade disfrutando de la situación— me dijiste que no lo eras. ¿O sí?
—Yo diría que no, porque nunca me han dado motivos. Aunque un poco posesivo con lo que considero mío, sí que soy.
—Define posesivo —indaga poniendo los codos sobre la mesa para acercarse más a él.
—Si alguien quiere lo que tengo —explica mirándola fijamente—, simplemente me ocupo de que no lo consigan.
—¿Cuál es tu estrategia para no perderlo? —No entendía por qué necesitaba respuestas.
—Hago que sientan que vale la pena cada segundo que pasan a mi lado —dice sonriendo.
—Creo que eres un poco presumido.
—Y yo creo que ha llegado la hora de pedir la comida —concluye mirando al camarero.