Capítulo 27
—Qué más te da lo que yo pensara esa noche —se encoje de hombros, tratando de sonar despreocupada.
—Sigues sin mirarme —toma su barbilla con el índice para girarla hacia él— creo que sé la respuesta, y te la voy a decir para no pasarnos toda la noche jugando al gato y al ratón.
Lo que te pasó —continúa hablando, impidiéndole que deje de mirarlo—, es que no te hizo ninguna gracia que yo fuese a esa cena acompañado.
—¿¡Perdona!? —le da un manotazo para apartarse un poco de él—. Puedes ir con quién te dé la gana; te equivocas si piensas que eso me influyó.
—Entonces, me quitas un peso de encima. —Sabe que está mintiendo, aun así, quiere provocarla para ver hasta donde aguanta—. Creía que, por el simple hecho de habernos acostado, te habías hecho ilusiones conmigo. Ahora que ya está todo aclarado podemos seguir como antes. ¿Qué te parece?
—¿Por quién me tomas? —se defiende abriendo mucho los ojos—, ¿por haber tenido un rato de sexo, pensabas que me había hecho ilusiones? Jaime, no soy ninguna adolescente, por Dios. Vamos a olvidarlo por favor.
—Tienes razón, ahora soy yo el que te pide disculpas, ya somos adultos y el hecho de habernos acostado, no tiene porqué significar nada.
Yo he estado con otras mujeres y evidentemente tú has estado con otros hombres —dice dándose cuenta de lo roja que se ha puesto—.
Somos libres de hacer lo que nos dé la gana y ciertamente no tenemos que darle cuentas a nadie —afirma sin dejar de observar el apuro que le está haciendo pasar— Me he pasado la semana tratando de adivinar qué hice mal para que me hablaras así.
De hecho, yo también debería haberme ofendido, puesto que no te acercaste a saludarme en toda la noche, en cambio no te lo tuve en cuenta.
—Lo más sensato es que no le demos más vueltas.
—Pero sigues sin decirme el verdadero motivo de tu cabreo. ¿De qué tienes miedo?
—Hemos acordado que vamos a dejar ese tema —decreta levantándose— Creo que ha llegado la hora de irnos.
—De acuerdo —accede mientras salen hacia el coche en silencio.
Jaime ha intentado toda la noche que no le afectase la cercanía de Sara, pero es una batalla que hace rato ha dado por perdida.
Verla ponerse roja ha sido la gota que ha colmado el vaso, porque hacía siglos que no veía a una mujer ruborizarse por un comentario suyo, y eso ha desencadenado, que todavía la desease más, si es que eso era posible.
Sara, ajena a todo lo que está pasando por la cabeza de Jaime, está deseando perderlo de vista cuanto antes, dado que ha sido una conversación muy violenta y necesita alejarse de él para no ahondar más en el tema.
—¿Puedo hacerte una última pregunta? Si decides no contestar, no pasa nada —menciona mirándola muy serio cuando se han sentado en el coche.
—Me asustas cuando me miras así.
—Eres de las mujeres más valientes que he conocido en mi vida, y créeme que he conocido a muchas. —Ella alza una ceja—. En mi trabajo he lidiado con varias, no seas mal pensada.
—Ah. —Ríe—. Bueno, lo siento. Te acabas de ganar el derecho de hacerme esa pregunta.
—¿Has tenido pareja desde que tu marido falleció? —Ella duda, porque considera que es una pregunta demasiado personal, pero al final decide sincerarse con él.
—No he estado con nadie. Ya sé que puede sonar extraño, pero eres el único hombre con el que… bueno, tú ya me entiendes.
—¿Cómo? —pregunta, sorprendido—. ¿Intentas decirme que yo he sido el único? Perdóname si soy indiscreto, pero os vi a ti y al pintor muy cariñosos en el club.
—No ha habido nadie. —Él la mira escéptico—. Te aseguro que aquello que viste, tiene una explicación y te prometo que algún día te lo contaré. Álvaro está enamorado de mi amiga, y yo me alegro muchísimo por los dos, puesto que ella siente lo mismo por él, aunque le está costando reconocerlo.
—Vaya, no me esperaba que me dijeras algo así. Estoy seguro de que candidatos no te faltan —manifiesta tratando de asimilar la noticia.
—Y tú, ¿has estado con muchas mujeres a parte de mí? —la pregunta ha salido de su boca antes de que pudiera analizarla.
—Sí, pero ninguna ha significado nada para mí. No quiero relaciones serias, siempre lo he dejado muy claro antes de que se hagan ideas equivocadas —admite poniendo el coche en marcha y dando por terminada la conversación.
—Pon algo de música, por favor —Sara necesita alguna distracción para aligerar el ambiente—, no quiero que te duermas por el camino. Se ha hecho muy tarde.
—No te preocupes —dice mirándola un instante—, si me cuentas esa historia del pintor y tú, voy a estar muy despierto.
Una hora más tarde llegan al hotel riéndose por la historia que le ha contado Sara. Al principio Jaime se ha cabreado muchísimo por la jugarreta de Silvia, pero después de contarle Sara la forma en la que consiguió salir airosa con la inestimable ayuda de Álvaro, ambos han quitado hierro al asunto.
—Me has prometido que no le vas a contar nada a Silvia.
—Si te lo he prometido es porque lo pienso cumplir.
—Jaime, después de todo ha sido una noche muy agradable, gracias por la cena —señala bajando del coche.
—Espera, te acompaño. —Pone una mano en su cintura.
—No te molestes —menciona mientras se aparta.
—No es molestia —dice mirándola de reojo—, yo también me alojo aquí.
—¿Qué? —balbucea parándose en seco—. Eso suena a broma macabra.
—No es ninguna broma, pensé que así era más cómodo —contesta sonriendo—, pero deja de mirarme como si fuese un acosador, no voy a hacerte nada.
—No te estoy mirando así —se queja entrando en el ascensor—. Me ha sorprendido lo que has dicho, nada más.
—Ha llegado la hora de despedirnos —dice dándole un tierno beso en la frente cuando se abre la puerta del ascensor—.
Ha estado muy bien hacer las paces. Ya nos veremos, voy a ir a la casa de la playa el próximo fin de semana.
Mañana he de irme muy temprano de viaje y no creo que nos volvamos a ver.
Sara, lo he pasado muy bien. —«extraordinariamente bien», pero no quería decírselo.
—Sí, ha sido una cena magnífica —confirma saliendo del ascensor—. Ya nos veremos.
Lo último que esperaba Sara es que se despidiera de esa manera.
En el fondo había creído que él iba a insistir en pasar la noche con ella.
Por un lado, se ha quedado tranquila de ver que no le ha propuesto tal cosa, sin embargo, por otro lado, se ha sentido decepcionada.
Acaba de confirmar que ella ha pasado a formar parte de esas mujeres que han pasado por su cama sin significar nada para él.
Jaime entra en su habitación con un cabreo monumental por haber tenido que hacer un esfuerzo titánico para no pasar la lengua por esas pecas. En cambio, ha decidido en el último momento darle un beso en la frente como si se tratara de su hija.
«¡Qué patético!», se recrimina a sí mismo mientras se dirige al baño para darse una ducha bien fría, a ver si así se le baja el calentón que lleva.
No entiende por qué sigue obsesionado con esa mujer, después de haber obtenido lo que quería. Tenía que reconocer que Sara no era como las demás, y esa realidad le había golpeado en la cara, porque él pensaba seguir sin complicarse la vida como hasta ahora.
Cuando vuelve a su ciudad en el tren, recibe la llamada de su hijo, algo que le viene muy bien para distraerse. Después de hablar más de media hora con él, llama a sus padres. Le reconforta hablar con ellos, ya que, gracias a eso, se ha sentido mucho mejor.
Con el ánimo muy alto, pide un café y se pone a revisar la documentación que le ha dado su jefe para empezar a estudiar todos los cambios que le ha sugerido sobre el nuevo hotel.
El lunes empieza mal porque la lluvia le impide salir a correr por la playa como le hubiera gustado.
Después de pensarlo durante un rato, llama a sus amigas para decirles que tampoco le apetece ir al gimnasio, ya que prefiere quedarse en casa y hacer un rato de yoga.
Lo que no esperaba es que sus amigas aparecieran en la puerta, quince minutos más tarde.
—¿Qué hacéis con este tiempo por la calle? —pregunta haciéndose a un lado para dejarlas pasar.
—Nos ha gustado mucho tu idea —se queja Sindy mirándola con reproche— a pesar de que no has sido capaz de invitarnos a hacer yoga juntas.
—Sabes que no hace falta, estáis invitadas siempre.
—Pues no se hable más, vamos a apartar la mesa para que estemos las tres más cómodas —tercia Rocío, resuelta mirando a sus amigas—. Sabéis que mi “trasero” necesita al menos tres metros cuadrados para él solo.
—Qué exagerada eres. ¿No te has parado a pensar en lo cómoda que vas a estar cuando te sientes en el suelo? —bromea Sindy mientras va extendiendo su esterilla.
—Prefiero un cojín de colores para ponérmelo y quitármelo cuando quiera.
—Chicas, cuando acabemos la clase os voy a preparar un buen desayuno. He sacado pan del congelador para hacer unas tostadas con jamón, queso y tomate.
—Ahora es cuando no voy a poder dejar mi mente en blanco pensando en lo que has dicho, tenías que haberte callado. —Estallan las tres en carcajadas por la ocurrencia de Rocío.
Dos horas más tarde sale de la ducha para irse a trabajar muy relajada. Tenía que reconocer que lo había pasado muy bien con sus amigas a pesar de las reticencias del principio. De pronto suena su teléfono, y después de mirar el número que no logra identificar decide atender la llamada.
—¿Sí?, ¿quién es? —Se empiezan a escuchar pitidos—.
¿Alberto, eres tú? —los pitidos dan paso al sonido de algo parecido a un motor de camión— ¿Quién es?
, no se escucha bien. —Ahora el sonido cambia otra vez a los pitidos del principio—.
Lo siento, debe estar mal la línea —dice al escuchar de nuevo el sonido de un motor—. Me temo que voy a colgar, adiós.