Capítulo 26 #2
—Soledad —la llama acercándose a ella muy seria—, esa llamada no me la tenías que haber pasado.
—Lo siento, pero me ha insistido en hablar contigo porque decía que teníais que aclarar un asunto muy delicado, y que solo tú lo podrías arreglar.
—Lo que te ha dicho ese hombre ha sido una mentira, nada más —aclara, pensando que el tal Pedro había inventado una excusa para conseguir las habitaciones, pero decidió no darle mayor importancia—. Bueno, ya me marcho, nos vemos el próximo lunes.
Por la noche decide salir a andar un rato por la playa para quemar todo el estrés que ha acumulado durante el día.
Mañana a primera hora tiene previsto salir hacia Madrid, y lejos de pensar en la reunión que tiene con su jefe, está dándole vueltas a la forma en que quiere arreglar las cosas con Jaime, porque si Alberto y Blanca se enteran de que las cosas no van bien entre ellos, se preocuparán.
Aunque siendo sincera consigo misma, también se siente culpable por la forma en que le habló, y necesita disculparse.
Por eso en cuanto ponga los pies en Madrid, lo va a llamar para quedar con él antes de que la relación se deteriore más de lo que está.
—Hola, Jaime. Quería saber si podemos vernos; acabo de llegar a Madrid, tengo un almuerzo de trabajo con mi jefe y aprovechando que estoy aquí, me gustaría hablar contigo —le dice con cautela—.
Entendería que no quisieras verme por la forma en que te traté el otro día, pero estaba algo nerviosa y lo pagué contigo.
Ya sé que no es un argumento para tirar cohetes, aun así, estaría bien que pudiéramos vernos, y de esa manera poder arreglar esta situación cuanto antes.
No obstante, si te niegas, lo entenderé.
—De acuerdo —responde con voz profunda—. No hace falta que me des tantas explicaciones… de momento. Dime a qué hora paso a recogerte y hablamos mientras cenamos.
—No es necesario quedar para cenar, con tomar un café es suficiente —se apresura a decir, porque la frase “de momento”, le ha dado escalofríos.
—He dicho que cenamos mientras hablamos —no pensaba transigir—, esa es mi condición. Dime a qué hora paso a recogerte.
No tenía ningún sentido decirle que no quería hablar con ella, porque no era verdad.
Cuando ha visto su llamada no ha dudado ni un segundo en contestar.
Se había pasado la semana repasando mil veces la conversación que tuvieron en casa de sus amigos, y al final, había dado con la respuesta.
Esa noche iba a confirmar sus sospechas, y no iba a dejar que se fuera de su lado hasta que no pusieran las cartas sobre la mesa.
—Está bien, a las nueve estaré esperándote —accede a modo de despedida antes de arrepentirse.
La reunión con su jefe se ha alargado más de lo normal, ya que primero han ido a ver cómo iban las obras de avanzadas, y después de comer han vuelto a reunirse con los decoradores e interioristas.
Sara ha llegado al hotel con el tiempo justo de ducharse y volverse a maquillar. Mira el reloj comprobando que llega quince minutos tarde.
Para la cena se ha vestido con un pantalón ajustado de color negro y una blusa escotada color marfil.
El pelo no ha tenido tiempo para arreglarlo mejor, así que ha decidido dejárselo suelto con algo de volumen.
Con el abrigo en el brazo, ha salido dispuesta a pedirle disculpas con un nudo en el pecho que no la deja respirar.
—Hola —saluda de forma apresurada por la carrera.
—Llegas tarde —la riñe mirando el reloj.
—Lo siento, la comida de trabajo se ha alargado más de la cuenta.
—Podías haberme llamado. —No pensaba ponérselo fácil—. Cuando haces esperar a alguien, le estás robando parte de su vida.
—Ya te he dicho que lo siento —se disculpa apretando los dientes y empezando a arrepentirse de haber quedado con él.
Ambos han salido a la calle sin mediar palabra mientras suben al coche. La tensión se puede respirar en el ambiente, pero están demasiado ocupados pensando en cómo manejar la situación en la que están inmersos.
—¿Qué música te apetece escuchar? —pregunta sin dejar de mirar la carretera—. Dicen que amansa a las fieras.
—No sé qué quieres decir con eso —murmura mirando por la ventanilla— yo estoy muy tranquila, pon la música que quieras
—Pues vamos a escuchar a Luz Casal.
—¿A dónde vamos? —le pregunta al cabo de un rato—. No hace falta ir tan lejos, no tengo mucha hambre.
—Estamos a punto de llegar, ya verás cómo el sitio vale la pena.
Quince minutos más tarde llegan a un restaurante a las afueras.
—Buenas noches, don Jaime, cuánto tiempo —lo saluda afectuosamente un hombre muy mayor—. Me alegro mucho de que se haya dignado a volver a mi humilde restaurante, y además, tan bien acompañado —comenta mirando a Sara con interés.
—Ulises, yo también me alegro de verte. —Estrecha su mano—. Ella es Sara.
—Hola, un placer —la saluda con una cálida sonrisa—. Espero que disfruten de la cena. Les he reservado un sitio bastante discreto para que puedan estar más tranquilos.
—El restaurante es de estilo inglés —le cuenta Jaime cuando se quedan solos—.
Ulises heredó esta casa hace muchísimos años y decidió convertirla en lo que ves ahora.
No ha cambiado desde entonces, según me explicó.
Los suelos de baldosas de colores y las paredes de madera son del siglo pasado.
Las ventanas de madera también son las mismas y el techo tuvo muchos problemas para conservarlo; por eso hay partes que son más modernas.
—La verdad es que es un lugar precioso —dice admirando todo lo que los rodea—, los cuadros también son muy antiguos. En aquella época debió de ser una casa impresionante. Bueno, aún lo es.
—Sí que lo fue. Hace años que le conozco y una vez me contó que sus padres tuvieron que huir de Grecia por problemas políticos, al parecer eran gente muy influyente y sus vidas corrían peligro.
—Poco a poco su tono de voz se va suavizando mientras le va contando la vida de Ulises—. ¿Qué te parece si pedimos la cena?
—Pide lo que quieras porque yo no tengo mucha hambre.
—Te tomo la palabra, después pediré lo que me apetezca —bromea, sonriendo por primera vez desde que se habían visto.
—Te crees muy gracioso, ¿verdad? —masculla torciendo el gesto.
—Cada vez que hago lo que me pides, te enfadas. La verdad es que no sé cómo tengo que tratarte —comenta algo molesto—. Cena, aunque sea algo ligero para que Ulises no se ofenda.
—Bueno, pediré una ensalada griega sin cebolla —afirma mirando la carta— y Spanakópita.
—¿Perdón? —indaga mirándola muy sorprendido.
—Es una especie de empanadilla rellena de espinacas, cebolla, huevo y queso —explica riendo por la cara que ha puesto él.
—¿Lo habías probado alguna vez?
—Sí, hace mucho tiempo y me gustó muchísimo.
—Pues voy a pedirlo, y también Souvlaki. —Ella alza una ceja—. Son brochetas de carne. No es bueno cenar mucho a estas horas, así que con eso es suficiente.
De pronto han entablado una conversación en torno a sus hijos donde ambos se sienten cómodos, ya que durante la cena han decidido firmar una tregua para estar más tranquilos.
A la hora del postre, Ulises se ha sentado con ellos para hablar de asuntos triviales, hasta que les ha invitado a que se tomen una copa en el invernadero, no sin antes hacerles prometer que le harían una visita pronto.
—No había visto nada igual —mira maravillada a su alrededor—, esto parece un vergel.
—Siéntete afortunada, porque aquí solamente entran las personas que él considera muy especiales —dice sonriendo al verla mirar a todas partes— Tiene la manía de que hay gente que puede influir negativamente sobre sus plantas y hacer que se marchiten.
—El mérito es tuyo, a mí me ha invitado porque he venido contigo —añade sonriendo.
—No te equivoques —ella lo mira intrigada—, he venido otras veces con alguna mujer y solamente me invitó una noche que vine con Blanca. Si lo ha hecho hoy, es evidente que le has gustado.
Cuando se han sentado en un sofá de mimbre con el cóctel que les ha traído un camarero, saben que ha llegado el momento de hablar de lo que ocurrió la última vez que se vieron.
—Quería pedirte disculpas por el comportamiento tan inmaduro que tuve la otra mañana. He tratado de buscar justificación, y no he encontrado ninguna respuesta. —Ahora se siente mejor, pues se ha quitado un peso de encima.
—Quizá no has buscado en el sitio adecuado.
—¿Qué intentas decirme? Seguramente pagué contigo todo el estrés que llevaba acumulado de toda la semana. —Aprieta la copa con las dos manos.
—Sigues evitando decirme la respuesta correcta —le dice mirándola fijamente.
—¿Qué más quieres?, me he disculpado y lo he hecho de corazón.
—Y no lo he dudado ni un segundo. Sin embargo, no me has contestado el verdadero motivo de tu cabreo.
—No sé a dónde quieres llegar —inquiere algo nerviosa—. Estoy trabajando mucho últimamente y el cansancio acumulado me hace estar en tensión.
—Para, por favor —la corta—, y trata de no mentirte, ni de mentirme. Porque de ser así habrías tratado igual de mal a Yuri y a Román. En cambio, fuiste muy agradable con ellos en todo momento, e incluso con el pelma que tenías a tu lado durante la cena, y no fue el caso.
—Te he dicho que no sé lo que me pasó —insiste sorprendida al saber que la estuvo observando durante la cena—, pero me he disculpado y eso es lo que importa.
—Mírame. —Ella no le hace caso—. Creo que no te estoy pidiendo la luna.
Sara no puede mirarle a los ojos porque sabe que vería dentro de su alma y descubriría que lo que la cabreó realmente, fue que él estuviera con otra mujer como si tal cosa, después de lo que había pasado entre ellos.