La esencia del bambú Capítulo 26
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Capítulo 26

Tras darse una ducha caliente para relajarse, decide ponerse un rato a leer antes de apagar la luz para ver si el sueño hace acto de presencia. Lleva media hora leyendo, y al final sus párpados empiezan a pesarle, haciendo que el libro se quede apoyado sobre su pecho, mientras se queda dormida.

A la mañana siguiente se despierta con la agradable sensación de haber descansado muy bien, a pesar de haber dormido cinco horas, por eso decide levantarse sin perder tiempo.

Ha salido sin hacer ruido hasta la cocina para tomarse un café mientras llama por teléfono para pedir un taxi.

—¡Qué madrugadora! —Escucha a su espalda, haciendo que se le erice la piel—. Veo que no pierdes la costumbre de marcharte sin despedirte.

—Hola, Jaime. Anoche ya me despedí de Yuri y Román que son las personas que realmente me importan —suelta mirándolo con aparente indiferencia mientras admira lo bien que le sienta el suéter negro con el pantalón vaquero.

—En tal caso, no te molesto más —gruñe saliendo por la puerta bastante molesto.

Sin poder evitarlo le ha reconfortado hacerlo rabiar por la actitud tan fría que mostró durante toda la velada, así que ahora ella se ha vengado dibujando una dulce sonrisa mientras se toma el café.

Cuando vuelve a su habitación para recoger el equipaje, Jaime la está esperando, mirando por la ventana.

—¿Qué haces aquí? No creo que te hayas equivocado de habitación —indaga poniéndose el abrigo que está sobre la cama—. Estás poniéndome en evidencia.

—Nadie me ha visto entrar, tu honor está a salvo. Solamente quería verte para despedirme de ti.

—Pues ya lo has hecho —trata de ignorarlo para pasar el mal trago cuanto antes—. Sal inmediatamente de aquí no vaya a ser que tu “amiguita” se despierte y se enfade por no verte a su lado.

—Si eso fuera así, sería su problema, no el mío —aclara interponiéndose en su camino de forma deliberada—. Siempre llevas prisa, ¿no puedes quedarte un poco para hablar?

—¿Qué clase de hombre eres? —lo increpa cada vez más cabreada—.  Tienes a una mujer en la cama y estás flirteando con otra. ¡Apártate de una vez de mi vista!

—¿Estás celosa? —Sonríe de medio lado, acortando la distancia hasta pegarse a su pecho para ver mejor esas pecas que lo atraen como un imán— vaya, eso es algo que no me esperaba.

—He dicho que te apartes de mi camino —le pide mirándolo con rabia mientras su corazón late desbocado—. Anoche fingiste no conocerme, no entiendo porque ahora no me dejas en paz. Eres un ser despreciable que no tiene escrúpulos ni vergüenza.

—Anoche hice lo que me pediste por escrito para que no se me olvidara. ¿Dime en qué momento he cometido un error tan grave para que me insultes de esa manera? —pregunta atravesándola con la mirada—. No hay quién te entienda.

Sara no ha tenido la oportunidad de responder porque han llamado a la puerta para avisarle de que su taxi la estaba esperando.

Jaime se ha apartado de ella, como si de pronto quemara, y ha salido como alma que lleva el diablo hasta su habitación donde lo está esperando Lola con cara de pocos amigos.

—¿Se puede saber qué hacías saliendo de esa habitación? —sondea visiblemente ofendida.

—En este momento lo último que necesito es que me montes una escena, como si tú y yo tuviéramos algo serio —responde furioso empezando a hacer su equipaje.

—Sabes que no soy de esas, pero me habría gustado que me dieras los buenos días como es debido, ya que anoche te encontrabas mal y no pudimos disfrutar.

—Mira —suelta el aire—, creo que aún no me he recuperado. Es mejor que hagas tu equipaje si quieres que te acerque a tu casa.

El trayecto en tren se le ha hecho eterno, no ha dejado de pensar en lo ocurrido esa mañana en casa de Yuri. Cinco horas más tarde sigue sin encontrar la razón por la cual está tan cabreada con él, mientras abre la puerta de su casa.

—¿Cómo ha podido Jaime hacerme eso? —se lamenta cuando deja el equipaje sobre el sillón de su habitación—.

No tiene consideración. Piensa que soy estúpida y me voy a creer que anoche no se acercó a mí porque yo se lo prohibí.

Estaba clarísimo que no lo hizo porque estaba con esa mujer.

—Entra en el baño para dejar el neceser—.

Yo ya soy muy mayor para que me cuenten historias.

Le he dejado bien claro lo que pienso de él, no me gusta que se rían de mí.

Después de ponerse el pijama por la noche y darle mil vueltas a lo mismo, una pequeña grieta ha hecho acto de presencia en su argumento, desechándola rápidamente.

Jaime ha llegado a su despacho a primera hora del lunes, y le ha pedido a Ana que no le pase ninguna llamada y que no deje entrar a nadie. Necesita hablar por teléfono sin ninguna interrupción.

—Hola, ya sé que no tenía que llamarte, (...) entiendo que tú trabajas a tu manera, ya lo sé (...), pero los días pasan y necesito algo (...).

No van por ahí los tiros, yo también soy meticuloso en mi trabajo (...).

Mira siempre a tu espalda y ten mucho cuidado, no quiero que nadie sospeche nada (…).

¿Has empezado a hacer esas llamadas? Sería una putada que te descubrieran (...). De acuerdo, no te molestaré de momento.

Cuelga y se pasa las manos por la cara con gesto de frustración.

Una hora más tarde entra Silvia con una sonrisa de medio lado, y eso augura que la mañana va a ir de mal en peor.

—Hola, buenos días. Ya me ha dicho Ana que no querías que nadie te molestara durante una hora, y como ya ha pasado ese misterioso tiempo, quiero que nos tomemos un café, y de paso, te pongo al día de los casos más urgentes.

—Eso suena muy bien, vamos a la sala de descanso —dice levantándose— necesito cafeína más que respirar.

—Sí, porque parece que has dormido poco este fin de semana. La fiesta de Yuri tuvo que ser magnífica —insinúa mirándolo con interés—, aunque tengo entendido que te sentiste indispuesto.

—Vaya, las noticias vuelan —replica bastante molesto—. Llevo mucho estrés últimamente.

—Me preocupa que pueda pasarte algo —responde mirándolo preocupada— Si necesitas que te eche una mano en algún caso, sabes que puedes contar conmigo.

—Gracias, pero de momento lo tengo todo controlado. —«Casi todo», pensó cabreado.

Sara ha entrado al gimnasio saludando a sus amigas.

—Llegas un poco tarde.

—No pasa nada, ahora mismo recupero el tiempo perdido —dice dándole a Rocío una palmada en el hombro—, hoy tengo ganas de quemar adrenalina.

—¿Qué tal lo pasaste en la fiesta? — le pregunta la otra amiga con interés.

—Bueno, si quitamos que estaba en un sitio en el que el noventa por ciento de las personas eran desconocidos para mí… fue bastante bien, después de todo.

—Cuéntanos —pide Rocío frotándose las manos—. ¿Hubo algo digno de mención?

—Nada destacable; una cena, algo de baile y nada más —comenta en tono despreocupado.

—Uy, eso suena la mar de divertido. ¿Jaime intentó bailar más de la cuenta contigo?

—Sindy, eres muy cotilla.

—Yo también quiero saberlo —añade Rocío sonriendo.

—Las dos sois muy cotillas. Pero todo lo referente a ese hombre, mejor me lo voy a guardar para mí —Sara aprieta los labios—. No me apetece nombrarlo siquiera.

—No me digas que te acosó —le dice Rocío parando de pedalear.

—Noooo,—se apresura a contestar—, todo lo contrario.

—¡Sara! —exclama Sindy molesta—. Habla claro de una vez, sabes que aquí estamos tus mejores amigas para ayudarte.

—Lo que intento explicaros, es que cuando llegué a la fiesta ni siquiera se molestó en acercarse a saludarme.

Sus amigas se quedan mirándola, esperando que continúe porque no entienden el cabreo de Sara.

—¿Y? —exclaman sus amigas a la vez

—¿Cómo que, y? Ese hombre es un maleducado y un prepotente, fingió toda la noche no conocerme mientras reía sin parar con aquella morena —expresa muy indignada—, y no se le ocurrió otra cosa que presentarse en mi habitación a la mañana siguiente para despedirse de mí.

Lejos de sentirse arropada por sus amigas, estas la están mirando, esperando que cuente algo más morboso, para descubrir por qué se muestra tan ofendida.

—¿No pasó nada más? —se aventura a preguntarle Sindy.

—¿Te parece poco? Ni siquiera fue capaz de acercarse un minuto para saludarme en toda la noche.

—Es que el otro día nos dijiste que le prohibiste terminantemente que volviera a acercarse a ti. No entendemos cómo puedes estar tan cabreada, si hizo lo que le pediste. ¿De qué te quejas ahora?

—Saludarme es de buena educación —trata de defenderse—, y él no la tuvo.

—Tú tampoco fuiste a saludarlo. ¿Cuál es la diferencia? —la reprende ahora Rocío—. En ese caso, tienes tan poca educación como él.

Sara ha intentado rebatir a sus amigas, pero no ha podido encontrar ningún argumento sólido que justifique su proceder.

Acaba de darse cuenta de que quizá se excedió un poquito con los insultos que le dijo a Jaime, visto desde el punto de vista de ellas, ha sido un jarro de agua fría descubrir que quizá se había equivocado.

Durante la semana no ha podido quitarse de la cabeza el sabor amargo de la duda, y eso hace que se esté devanando los sesos intentando buscar la forma de arreglarlo. Sabe que no va a ser nada fácil después de haberle hablado tan despectivamente.

—Sara, tiene una llamada —le dice la jefa de recepción al verla pasar.

—¿Sí? —contesta acercándose el teléfono a la oreja.

—Hola, me llamo Pedro Carlos, y quisiera que me confirmara si hay alguna posibilidad de reservar seis habitaciones para mañana.

—Lo siento, pero no tenemos nada disponible. —No entendía por qué le habían pasado esa llamada.

—¿No hay ninguna posibilidad? Es que nos gustaría pasar unos días en Málaga y nos han hablado muy bien de ese hotel —le sigue insistiendo.

—Siento no poder ayudarlo, pero si quiere le puedo recomendar otros hoteles —repite tratando durante varios minutos de cortar la llamada sin éxito.

—Pero a nosotros nos haría mucha ilusión ese.

—Siento decirle que no va a poder ser. Si quiere que veamos otra fecha.

—No, olvídelo, ya se me ocurrirá algo —dice de forma seca antes de cortar la llamada.