La esencia del bambú Capítulo 25
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Capítulo 25

Jaime apenas ha parado en todo el día, aun así, ha buscado un momento de privacidad para llamar por teléfono.

—¿Tienes alguna novedad? (...) ¿No has elaborado un mejor plan?

(...) Necesito algo, por insignificante que sea (...) ¿Ya has puesto en marcha tus dotes de camaleón para no levantar sospechas?

(...) Espero noticias muy pronto, (...) sí, ya sé que hay que tener paciencia, ya me lo dijiste (...) No estaría mal que empezaras a hacer algunas llamadas, tú ya me entiendes (...) De acuerdo, sabes que confío en ti plenamente —repite pasándose una mano por el pelo—. Seguiré tu consejo. Adiós.

Van pasando los días y trabajaba sin descanso intentando no pensar en Sara.

Creía que, con el tiempo, desaparecería su obsesión por ella, pero no ha tenido éxito, y para colmo, Silvia no le daba tregua y, aprovechaba cualquier excusa para sonsacarle información.

Era como si intuyera que había pasado algo entre Sara y él, y por más que se mostraba esquivo, no había manera de convencerla de que su mal humor se debía al trabajo pendiente.

—Me han comentado que estás muy nervioso últimamente.

—Hola, Alfredo —saluda sin apartar la vista del ordenador—. Tengo muchísimo trabajo y no doy abasto.

—¿Cuántos casos has delegado en tu equipo? —inquiere sentándose frente a él.

—Más de los que te imaginas, pero tenemos clientes que quieren que sea yo el que lleve su caso personalmente, piensan que así tienen más posibilidades de ganar. Hay que joderse; si supieran que muchos de nuestros muchachos ya nos dan “sopas con honda” .

—Sí, tenemos que estar atentos para no quedarnos atrás —dice sonriendo.

—¿Qué tal se encuentra tu padre? —pregunta girando la silla para mirarlo de frente.

—Ahora ya ha pasado lo peor y estamos más tranquilos. La oncóloga que lo está tratando es una eminencia, no le agradeceremos lo suficiente todo lo que está luchando para que mi padre salga adelante.

—Me alegro, son muy buenas noticias.

—Además, estos días también he aprovechado, y me he reunido con varios clientes. De esta forma iré recabando toda la información necesaria para preparar los casos desde aquí.

—Eso está bien —menciona sonriendo—, cada día se amplía más la cartera de clientes en Mallorca, al final nos vamos a hacer con toda la isla.

—Sí, no me importa viajar continuamente allí, así paso más tiempo con mis padres.

Después de hablar de varios temas relacionados con el trabajo, deciden irse a la cafetería que hay al final de la calle.

—Me ha comentado Silvia que está organizando una cena para este fin de semana.

Ya ha hablado con Carlota, Almudena y con tu hermana.

Espero que no faltes. De paso, podrías traerte a alguna de tus amigas a ver si te cambia esa cara —comenta destapando el sobre de azúcar—, hace mucho tiempo que no quedamos todos para cenar. ¿Qué me dices?

Después de pensarlo un instante decide no comprometerse, ya que no le apetece demasiado.

—Veré si puedo. Tenía pensado ir a la casa de la playa para recoger un paquete que se dejó Blanca olvidado.

—Eso no es un problema, le pides a Alicia que te lo envíe por correo urgente y ya está.

—No es así de sencillo, además, tengo que buscar algunas cosas que me ha pedido y preferiría hacerlo yo. —Su amigo lo mira escéptico—. Pero voy a hacer todo lo posible para ver si lo puedo arreglar por teléfono.

Se ha planteado ir el fin de semana a Marbella y está buscando cualquier excusa para hacerlo.

Cuando le ha comentado Alfredo lo de la cena, le ha faltado muy poco para decirle que no tenía ganas.

No obstante, la cara de su amigo le ha hecho desistir para no levantar sospechas, aunque no lo ha conseguido.

—Te conozco, e intuyo que hay algo que te ronda por la cabeza. ¿Quieres contármelo? —le dice muy serio.

—No hay nada digno de mención —dice jugando con la cucharilla del café.

—Acepto que no quieras compartirlo conmigo ya que siempre has sido muy reservado en esos temas, pero a ti te pasa algo. ¿Se trata de alguna mujer? —Sabe quién es esa mujer, aunque prefiere fingir que no tiene ni idea.

—La única mujer que me preocupa en estos momentos, está haciendo un máster en Manhattan.

—Quiero que tengas presente, que, si necesitas el consejo de un buen amigo, sabes que siempre puedes contar conmigo —reitera en tono sincero.

—Lo sé y te lo agradezco enormemente.

Sabía que su amigo le estaba mintiendo, sin embargo, no pensaba insistirle, puesto que no le iba a sacar ninguna información de momento.

Silvia le había comentado que lo encontraba muy raro últimamente, y la excusa del exceso de trabajo era una estupidez.

Jaime era un hombre muy acostumbrado a trabajar hasta altas horas de la madrugada durante varios días seguidos, y nunca había mostrado esa actitud tan extraña.

Por otro lado, él sabía más de lo que Jaime se imaginaba, pero no pensaba decirle nada para no levantar sospechas.

Sara, por una parte, se ha sentido aliviada al comprobar que Jaime no la ha llamado, ya que de haber sido así, no sabía cuál habría sido su reacción cuando hubiese escuchado su voz.

Aunque muy en el fondo se ha sentido decepcionada al comprobar, que efectivamente, él solo había querido pasar una noche con ella.

La visita al hospital para ver a doña Adela la ha dejado también preocupada por el estado tan lamentable en el que se encuentra la pobre mujer.

Después de estar una hora con ella, se ha marchado algo nerviosa por la actitud de la señora, que no cejaba en su empeño de considerarla parte de su familia.

El fin de semana ha llegado y tiene por delante dos días para descansar. Rocío y ella han quedado para cenar, porque Sindy se ha ido otra vez de viaje.

—Me encanta la dorada al papillote que hacen en este restaurante, ahora bien, esta no tiene nada que ver con la exquisitez que comí en tu hotel. Vamos, no la alcanza ni en sueños.

—Ojalá el hotel fuese mío, te invitaría todos los días a comer. —Ambas empiezan a reír.

—¿No crees que Sindy está quedando últimamente muy a menudo con Álvaro? No me atrevo a comentárselo por si se mosquea y decide dejar de verlo. Me parece que está empezando a sentar la cabeza.

—Yo también he pensado lo mismo, pero no quiero hacerme ilusiones al respecto. Hacen una buena pareja, y nada me haría más ilusión que ver a nuestra amiga con una relación estable.

—Bueno, veremos si hay suerte —dice bebiendo un sorbo de vino—. ¿Qué tal está la madre de Antonio?

—Ah, supongo que mejor, aunque no voy a ir a verla más de momento; la pobre mujer cada día está más despistada y me habla como si yo fuese su nuera —cuenta poniendo una mano en su pecho—.

No puedes hacerte una idea de la situación tan violenta en la que nos encontrábamos la otra tarde, Antonio y yo.

—Qué barbaridad, pero no hay que hacer mucho caso de la gente que no está bien mentalmente.

—Sí, incluso Antonio estaba más apurado de lo normal por todas las barbaridades que decía su madre, de él y de mí. Así que al final, con mucho tacto, me ha vuelto a pedir por favor que no vaya a verla más.

—Pues sí que es una pena.

—Y tú, ¿cómo llevas el tema del traslado de tu ex?

—Muy bien, para qué voy a decirte lo contrario. Creía que iba a sentirme mal por el hecho de no encontrármelo por el hospital, en cambio, me he dado cuenta de que es lo mejor que me podía pasar.

—Cuánto me alegro —dice alzando su copa para brindar.

A pesar del frío, decide salir a correr al amanecer. Hoy es domingo y no tiene nada mejor que hacer. Mientras recorre la playa con la música de Tracy Chapman como única compañía, no puede impedir que el recuerdo de Jaime se cuele en su mente.

Aunque se siente agradecida por no tener noticias suyas, o eso volvía a repetirse a sí misma, tenía la esperanza de que hubiera intentado hablar con ella. Pero no ha sido así, y eso le ha dejado muy claro que ha sido una más en la lista de sus conquistas.

A mediodía, después de dejar toda la casa arreglada, se prepara un plato de pasta para comérselo cerca de la ventana de la cocina donde entra un cálido sol. Al acercarse al frigorífico para ponerse un poco de vino, su teléfono comienza a sonar.

—¿Sí?, ¿quién es? ¿Quién llama? —pregunta una y otra vez a un número oculto .

Tras insistir un par de veces más, al tiempo que se escuchan ruidos muy extraños, decide cortar la llamada encogiéndose de hombros mientras regresa al lado de la ventana con su copa de vino.

La semana empieza llena de trabajo para Jaime, que no ha querido tener ni un segundo de descanso. Ni siquiera ha parado para tomarse un café. Ocuparse de los problemas ajenos ha sido siempre una forma muy efectiva de olvidarse de los suyos.

La cena del sábado, lejos de entretenerlo, resultó un cúmulo de despropósitos.

Por un lado, el pelma de Carlos no dejó de pedirle descaradamente que le pasara clientes, y no podía confesarle que la mayoría se negaban a ser representados por él porque era demasiado prepotente.

Además, no era muy bueno en su trabajo. Por otro lado, estaba Silvia, que no dejaba pasar la ocasión para hablar mal de Sara.

Todas las conversaciones cada vez le aburrían más y la velada se le hizo eterna. Menos mal que al final se fueron a tomar unas copas y pudo desquitarse hablando con una antigua amiga.

Lo que le dejó un poco desconcertado fue el hecho de haber rechazado la invitación de esa mujer de pasar un rato agradable en su casa. En cualquier otra circunstancia no habría dudado ni un segundo, pues ella se pasó la noche metiéndole mano. Sin embargo, eso a él no le calentó lo suficiente.

Sara tiene una reunión a primera hora del lunes, aunque, no tiene ni idea de lo que van a hablar, ya que su jefe no le ha dado ninguna pista.

Tres horas más tarde salen de su despacho charlando tranquilamente mientras se dirigen al restaurante.

Cuando terminan de almorzar, se siente mucho mejor, ya que han tratado varios asuntos y todo ha quedado solucionado. En tres semanas viajará a Madrid para reunirse otra vez con otros directores y cambiar impresiones sobre el nuevo hotel.