Capítulo 24 #3
—No hay nada que contar, simplemente me di un golpe contra el marco de una puerta y no quería que nadie pensara nada raro.
—Sara, tengo mucha experiencia en ese tipo de “golpes” —enfatiza Sindy la última palabra—, y me muero de ganas por saber el nombre de esa puerta.
Sus amigas han empezado a reír sin poder remediarlo, mientras Sara trata de explicarles sin éxito lo equivocadas que están. Todo el empeño que ha puesto en convencerlas de que ha sido un accidente ha sido en vano, dado que sus amigas no la creen.
—Bueno, ahora —Sindy trata de hablar sin reírse—, vas a decirnos la verdad, ¿o prefieres que le preguntemos a Jaime? Tú decides, y sabes que no vamos de farol.
—¿Acaso te he preguntado dónde has estado y con quién estos días? —le increpa con mordacidad.
—Pues mira, he estado con Álvaro pasando unos días en Londres —añade sonriendo muy satisfecha—, y me lo he pasado genial. Yo no tengo ningún problema a la hora de contestar a una simple pregunta. Ahora es tu turno de que confieses de una vez, qué ha pasado este fin de semana.
—Ha sido un error que no se volverá a repetir. —Baja la mirada—. Con eso ya os he contestado.
—¿Tan malo es ese hombre en la cama? —indaga Sindy horrorizada—. No me puedo creer que ese bombón no sepa…
—Para para. No sigas. —Alza las manos—. No estoy diciendo eso. Lo que intento explicaros, es que no deberíamos habernos acostado.
—¿Por qué? —Ahora es Rocío la que pregunta—, sois dos personas adultas y libres, no veo por qué lo consideras un error. A no ser que él se haya portado como un sinvergüenza.
—No no. Se ha portado muy bien —se apresura a aclarar.
—¿Cómo de bien? Anda, ponle una puntuación del uno al diez —sondea Sindy acercándose muy interesada—. Bueno, si se merece un once, también lo aceptamos.
—Oh, no puedo con vosotras —se queja poniendo los ojos en blanco—. ¿No entendéis que eso no tenía que haber ocurrido? —Sus amigas la miran sin comprender—. ¡Es el padre de Blanca! De todos los hombres que hay en el mundo he ido a acostarme con el menos indicado.
—Bueno, según se mire, porque así todo queda en familia.
—Sindy, de verdad, ¿cómo puedes ser tan superficial? —brama muy indignada.
—Y tú, ¿cómo puedes ser tan tonta? —agrega cabreándose por momentos— ¿Qué más da uno que otro?
—Yo no soy tan moderna como tú —responde en tono sarcástico.
—Pues prefiero ser moderna, a ser una anticuada como tú, que parece que vayas a subirte a una barca y a prenderte fuego para honrar a tu difunto marido —espeta de forma airada.
—Parad, por favor —ruega Rocío en tono conciliador—. Yo entiendo que Sara se sienta mal, porque van a tener que seguir viéndose por sus hijos, y la situación no va a ser muy cómoda. ¿Me equivoco?
—No, lo has explicado perfectamente. Y si a eso le añadimos, que me siento fatal por no tener remordimientos —aclara poniéndose una mano en la frente—, la suma de todo resulta frustrante.
—Sara, a veces ser superficial es la mejor forma de no amargarse la vida —explica Sindy más calmada—, y el hecho de no sentirte culpable, significa que no es tan grave como tú lo quieres ver.
—Perdóname por haber sido tan desagradable, pero esta situación me supera. Espero que Jaime deje las cosas así y no vuelva a hablar más de lo que pasó. Se lo he dejado bien claro en una nota que le he dejado en su casa para que no se acerque más a mí.
—No le des mayor importancia, ha sido algo puntual entre dos adultos —le dice Rocío poniéndole la mano en el hombro—. Seguramente él, ya estará pensando en su próxima conquista.
—Claro, Sara, no te atormentes por un rato de sexo, ya era hora de que te dieras un homenaje, eres muy joven y ya han pasado años. Pero la pregunta del millón sigues sin contestarla —insiste sonriendo de medio lado—, ¿qué puntuación le das?
—Sindy, eres incorregible, no sé ni cómo te aguanto, pero te voy a contestar para que te quedes tranquila: once y medio —estallan las tres en carcajadas.
Sara había decidido no darle más vueltas como le habían aconsejado sus amigas, porque lo hecho, hecho estaba, y no valía la pena torturarse pensando que había cometido un error.
Cuando llega por la noche a su casa, más tranquila después de hablar con ellas, se tumba en el sofá para leer una buena novela hasta la hora de irse a dormir. De pronto, su teléfono, empieza a sonar y con manos temblorosas lo saca del bolso pensando que será Jaime.
—Hola, Sara, ¿qué tal estás?
—Ah, hola, Antonio —contesta sorprendida—, eres tú.
—¿Y a quién esperabas?
—Creía que era mi padre el que llamaba —trata de disimular la metedura de pata—. Me alegra mucho que me hayas llamado.
—Simplemente quería decirte, que mi madre está ingresada en el hospital por una neumonía.
—Oh, ¿desde cuándo?
—Lleva tres días, pero ya está mucho mejor. No te lo digo para que te sientas obligada a venir a verla.
—Me habría sabido muy mal si no me lo hubieras contado. Mañana por la tarde iré a visitarla.
—Le va a dar mucha alegría verte. Si quieres paso a recogerte donde tú me digas.
—No es necesario, mañana al salir de trabajar voy directamente. Sobre las cuatro llegaré al hospital.
—De acuerdo, pues mañana nos vemos allí, buenas noches.