La esencia del bambú Capítulo 24 #2
57%

Capítulo 24 #2

—Es la primera vez que lo vamos a hacer —dice bajando las manos lentamente hacia su vientre—, recuerda que antes no ha pasado nada. Tú has tenido esa magnífica idea, por eso, vamos a disfrutar por primera vez de una buena sesión de sexo.

—Qué rastrero y canalla eres —susurra cerrando los ojos de placer.

—Me gusta oírte decirme cosas malas. —Empieza a acariciar sus partes más íntimas—. Es increíble lo rápido que consigues ponerme a cien.

—Somos dos inconscientes y pagaremos las consecuencias —protesta sintiendo con cada roce, el camino hacia su perdición.

—Pagaremos lo que haga falta, porque el precio habrá valido la pena. Estamos aquí, y ahora no pienses en nada más que en disfrutar —dice aferrándose a sus caderas para poder embestirla desde atrás—. Pega bien las manos en la pared porque voy a ser un poco brusco y no quiero que te caigas.

Sara le obedece sin preguntar, consciente de que todo tiempo se acaba, y también el de hacer una locura. Así que ahora es ese momento, porque quizá ya no habrá otro igual.

Cierra los ojos y afianza bien las manos, mientras recibe las fuertes embestidas que la dejan sin aliento. Cuando están casi al límite, Jaime le succiona en el cuello antes de apartarse lo justo para darle la vuelta y alzarle una pierna.

—Así puedo mirarte a los ojos mientras te corres para mí. —Pasa la lengua alrededor de su boca—. Quiero que vuelvas a gritar como lo has hecho antes, porque escucharte es el detonante para disfrutar aún más si cabe. Joder, Sara, no sé cómo lo haces para hacerme perder los estribos.

Ella lo escucha maravillada, pero no piensa confesarle que también le excitan las cosas que él le está diciendo. Después de esa noche, ya nada será como antes.

Siempre había pensado que jamás volvería a disfrutar del sexo con otro hombre, y la realidad le está demostrando lo equivocada que estaba.

—Dime que estás a punto, porque ya no puedo aguantar más. —Ella le dice que sí con la mirada—. Bien, porque quería llegar al paraíso al mismo tiempo que tú.

Jaime le pide que se quede a dormir en su cama, ya que al día siguiente no va a venir nadie a casa.

—Es mejor que duerma en la casa de invitados —agrega muy convencida— prefiero que no prolonguemos más esta situación.

—Después de lo que acabamos de hacer, no creo que te dé vergüenza dormir conmigo.

—No se trata de vergüenza, se trata de sentido común.

—De acuerdo —asiente soltando el aire—, si eso es lo que quieres.

—Jaime —Lo mira preocupada—, no quiero que volvamos a… Bueno, tú ya me entiendes.

—No, la verdad es que no sé a qué te refieres. —Alza las cejas.

—Sabes perfectamente lo que trato de decirte —asevera en tono mordaz—esta noche nos hemos acostado y no quiero que vuelva a suceder.

—Bueno, si ese el problema, lo volveremos a hacer de pie —resuelve sonriendo—, porque esa postura tampoco ha estado nada mal.

—Eres incorregible —gruñe saliendo del baño muy cabreada.

Después de pedirle que durmieran juntos, se ha arrepentido, por eso ha decidido cabrearla para poner distancia entre ambos. Ahora que ya había   conseguido su objetivo, que no era otro que tener sexo con ella, no tenía sentido complicar las cosas.

A la mañana siguiente cuando la escucha entrar en la casa, finge que duerme, puesto que no quiere despedirse de ella. De ese modo, seguirán cada uno con su vida cómo si no hubiera pasado nada.

Sara, por su parte, se siente aliviada al comprobar que la casa se encuentra en silencio. Sobre la mesa del comedor le deja una nota en la que le prohíbe categóricamente que vuelva a acercarse a ella.

Llega a la estación con algo más de dos horas de antelación, por lo que decide llamar a sus padres. Después llama a Sindy para decirle que no irá al gimnasio el lunes, a pesar de estar tantos días sin verse.

Sara no sabe qué excusa poner, necesita aclarar sus ideas y no le apetece tener que enfrentarse a un interrogatorio, al que está convencida de que la van a someter.

—Sindy por favor, no insistas, ya te he dicho que esta noche llegaré muy tarde y seguramente, muy cansada. —No piensa decirle que, en realidad, quiere madrugar para caminar por la playa viendo el amanecer, y así buscar esa calma que tanto necesita—.  Prefiero ir mañana directamente a trabajar.

—De acuerdo, no te voy a insistir más. Te comprendo, pero no pienso aceptar ninguna excusa para no quedar a comer.

—No te vas a dar por vencida, ¿verdad? —Bufa resignada.

—No —suelta riendo—, parece mentira que no tengas ganas de ver a tus mejores amigas. Yo os he echado mucho de menos.

—Y yo a vosotras también —menciona soltando el aire—, lo que pasa es que…

—Por favor, no pongas más excusas —la interrumpe—, y dime que mañana nos vemos a la hora de comer.

No le apetece quedar con sus amigas, ya que necesita espacio para pensar. Sin embargo, al final, después de un rato de dura batalla, acepta comer con ellas.

Lo primero que ha hecho al llegar a su casa, ha sido subir a su habitación y darse una ducha para eliminar el olor de él. Durante el viaje en tren no ha podido borrar de su mente todo lo que había pasado, porque cada vez que cerraba los ojos, las imágenes se sucedían sin poder evitarlo.

—Jaime, dichosos los ojos —dice Silvia acercándose para darle dos besos—creía que tendría que mandarte a los bomberos.

—Sabías perfectamente que volvía hoy —la reprende amablemente—, no veo la necesidad de mandarme a nadie. ¿Cuándo vuelve Alfredo?, me acaba de decir Ana, que de momento no va a venir. ¿Le ocurre algo a su padre?

—Dice que va mejor, pero quería quedarse unos días más —lo informa encogiéndose de hombros—. Me acaba de llamar para pedirme que me reúna con sus asistentes para ponerlos al corriente de los casos que tiene para esta semana.

—Bueno, si necesitas ayuda, ya me dices algo. —Mira el reloj—. Pero solamente voy a estar aquí una hora, después tengo que ir a los juzgados y seguramente, pasaré allí toda la mañana.

—¿Quedamos a última hora para comer? —pregunta saliendo por la puerta.

—De acuerdo, pero tiene que ser aquí, tengo mucho trabajo por la tarde y no sé a qué hora terminaré.

—Bien, no te preocupes, yo me encargo de pedir que nos traigan algo.

—Sara, ¿recuerdas el día que vino un unicornio a comer con nosotras? —le pregunta su amiga Sindy cansada de verla ausente.

—Eh, sí, lo recuerdo perfectamente —contesta mientras revuelve la ensalada.

—Lo que yo decía, hoy está en Saralandia. —Pasa una mano por delante de su cara para llamar su atención—. Tiene aquí su cuerpo, pero su mente está muy lejos.

—Perdón, ¿de qué estáis hablando? -—inquiere mirando a sus amigas.

—¿Se puede saber qué te pasa? No puedes estar así porque Alberto haya vuelto a Manhattan —la reprende su amiga Rocío.

—Estoy segurísima de que ese no es el problema —advierte Sindy, sonriendo de medio lado.

—Ya os he dicho que me siento un poco triste, porque apenas estuve con él cinco días —trata de disimular—. Además, tú sí que tienes algo que contarnos.

—¿Yo? —increpa mirándose las uñas—. Nada nuevo bajo el sol.

—Pues yo sí que tengo que contaros algo —exclama Rocío con entusiasmo.

—Vaya, menos mal que alguien en esta mesa quiere hablar, porque Sara aún no nos ha explicado por qué está todo el tiempo tapándose el cuello con ese pañuelo horroroso, como si tuviera amigdalitis.

Sara da un respingo porque creía que nadie se iba a dar cuenta de la marca de color morado que llevaba en el cuello, “gracias” a Jaime. Cuando se ha duchado casi se le para el corazón al mirarse en el espejo.

—Creo que Rocío quiere contarnos algo —intenta desviar la atención—, y está muy feo que no la dejemos hablar.

—Lo mío es una tontería y puede esperar, en cambio lo tuyo tiene toda la pinta de ser muy interesante —comenta mirándola atentamente.