Capítulo 24
Pasan el resto de la tarde tomando copas mientras hablan muy animados. Después de cenar, Sara se ha quedado en shock cuando Carmen y Eduardo, se han levantado a toda prisa porque han quedado con unos amigos en un hotel para tratar unos asuntos de trabajo.
—Creía que os ibais a quedar aquí esta noche —protesta intentando sonar tranquila.
—En otra ocasión será —afirma poniéndose el abrigo—. Nos habría gustado quedarnos, pero esta vez no puede ser. Estamos cansados del viaje y cuanto antes termine esa reunión, antes nos iremos a dormir.
Sara no piensa quedarse en esa casa, ni por todo el oro del mundo. Jaime la observa esperando el momento en el que su hermana y su cuñado cierren la puerta porque ve la tormenta que se está formando en su interior por mucho que ella intente disimular.
—Bueno, ahora que ya se han ido, puedes sacar las uñas para atacarme —concede riendo.
—Sabías que no se iban a quedar, y no me has dicho nada.
—Tú tampoco les has preguntado a ellos cuando han llegado —expone mostrándose tranquilo.
—Esa no es la cuestión —añade bastante cabreada—. Por favor, pídeme un taxi mientras llamo al hotel para ver si tienen una habitación.
—Sara —dice mirándola fijamente—, ¿de qué tienes miedo?
—¿Miedo? —Alza las cejas—. Yo no tengo miedo de nada.
—Pues si es verdad que no tienes miedo —él lo dudaba—, quédate aquí esta noche.
—No, es mejor que me vaya. Voy a por el equipaje.
—De acuerdo, pero antes de irte quiero mi regalo de Reyes.
—¿Perdona? —Se gira sorprendida—. ¿A qué te refieres?
—Eres una mujer muy inteligente, y sabes perfectamente a lo que me refiero —matiza acercándose muy despacio—. Antes de salir corriendo de aquí… quiero el regalo que me debes.
—No te acerques más, por favor —pide dando un paso atrás.
—Claro que me voy a acercar —afirma poniendo las manos sobre sus hombros—, sabes que tarde o temprano esto tenía que suceder.
Jaime no le deja espacio para pensar y se lanza a besar esa boca que lleva días esperando volver a saborear. Esta noche no dejará pasar la ocasión de saciarse de esos labios que lo llevan de cabeza desde la primera vez que se fundió en ellos.
Sara intenta resistirse, pero las fuerzas que le quedaban la han abandonado, y la cordura que siempre la acompaña, se ha puesto también en su contra. No sabe en qué momento sus brazos se han aferrado al cuello de Jaime como si temiera caerse.
Ha sido plenamente consciente de lo que iba a suceder cuando ha visto la ferocidad en sus ojos fríos como el fuego. Sí, como el fuego, porque a pesar de ser del color del hielo, su mirada le ha quemado como si hubiera bajado directa hasta el infierno.
—Jaime, para, por favor —demanda entre jadeos—. Esto es una locura.
—Ciertamente, es una locura, no te lo voy a discutir, pero no pienso parar hasta que no acabemos lo que tú y yo estamos deseando hacer desde hace tiempo.
Si tenemos que arrepentirnos, que sea después de habernos arriesgado, y habernos dado la oportunidad, de ver si ha valido la pena intentarlo siquiera —confiesa mirándola intensamente mientras va quitándole la blusa.
—Estamos siendo unos irresponsables. —Trata de detenerlo sin éxito—. ¿Te has parado a pensar en las consecuencias?
—Sí, y no me importa en absoluto —asegura mordiéndole el cuello y haciendo que ella ahogue un grito de placer—. En este momento no hay nada que me haga cambiar de opinión. Somos dos adultos practicando sexo, no estamos incumpliendo ninguna ley, solamente nos dejamos llevar por nuestro deseo carnal.
Sara acaba de sucumbir a las caricias de Jaime, y ha descubierto que el placer es tan grande, que hace que, buscar alguna razón para no acostarse con ese hombre, sea un milagro.
De pronto, se desata la tormenta y ya no hay vuelta atrás.
Sara siente tantas emociones contradictorias a la vez, que no tiene tiempo de filtrarlas, a pesar de que la luz de su conciencia no deja de parpadear.
Por eso anhela y odia a ese hombre a partes iguales.
A ella misma también, por desearlo de ese modo.
Jaime no le da tregua, y ha empezado a recorrer con los labios su cuello mientras va encontrando a su paso esas pecas que tanto le fascinan. Esa mujer supera con creces a cualquier otra que hubiera despertado sus instintos más primitivos.
Tomándola en brazos la lleva hasta su habitación, y durante el recorrido no ha dejado de besarla.
Cuando la deposita en la cama, sin perder ni un segundo, le arranca el sujetador y la despoja de toda la ropa sin dejar de mirarla con verdadera lujuria.
El resto de su cuerpo le parece igual de tentador, por eso no ha dejado ni un milímetro de piel sin acariciar.
Ella ha intentado recordar si Yago le había hecho eso alguna vez, y cuando trata de pensar en ello, sus pensamientos se pierden como por arte de magia.
—Eres la tentación en estado puro —manifiesta mirándola intensamente—. No eres consciente de lo encendido que me tienes en este momento.
Sara no sabe qué contestar ante esa confesión, mientras se deja arrastrar por sus caricias, las cuales están haciendo florecer su cuerpo entre jadeos entrecortados.
Con movimientos apresurados Jaime se quita la ropa, porque necesita notar el contacto de su piel.
La sensación es tan placentera que ha sido inevitable que él no haya esperado ni un segundo para invadir su cuerpo hasta lo más profundo.
Mientras tanto, las manos de Sara han cobrado vida propia y comienzan a deslizarse a lo largo de la espalda de él.
—Sara, no dejes de mirarme. No puedes hacerte una idea de lo jodidamente eróticos que son tus ojos. —Por no hablar de ese mar de pecas que inundan todo su cuerpo.
—Creo que es la primera vez que alguien me dice algo así. —Sonríe.
—Pues me alegra saberlo. —«Y espero que el último», se ha sorprendido por ese pensamiento que le ha surgido de pronto, y eso le ha impulsado a moverse sobre ella con más pasión.
A partir de ese momento, solamente se escuchan gemidos por parte de ambos, mientras disfrutan entre caricias y besos sin dejar de moverse, hasta que alcanzan el punto máximo de placer.
Ninguno de los dos dice ni una palabra cuando sus respiraciones se calman, tampoco se atreven a buscar la razón por la cual se sienten tan plenos después de alcanzar el clímax.
Tras diez minutos en silencio, siguen sin atreverse a decir la primera frase por miedo a romper el hechizo que reina en la habitación.
Sara trata de encontrar algo que decir, pero no se le ocurre nada. Ha sido Jaime quien, después de acariciar con el índice su mejilla con una delicadeza extrema, le ha susurrado al oído.
—¿Estás escuchando lo mismo que yo?
—¿Perdón? —Se gira para mirarlo de frente sin comprender—. Yo no escucho nada.
—Sí, se escuchan perfectamente los engranajes de tu cerebro mientras intentas analizar lo que acaba de suceder —dice tratando de no sonreír.
—Oh, eso no es verdad. —Él la mira escéptico—. Sé lo que acabamos de hacer, no soy tonta. Lo que ocurre es que estoy buscando la mejor manera de salir de este lío sin que parezca, que uno de los dos ha tenido la culpa, pues es evidente que hemos sido los dos.
—Bien, me tranquiliza saber que eres sensata; esto ha pasado porque nos apetecía.
Jaime también trata de mostrarse tranquilo mientras decide si arrepentirse o no. Pero después de pensarlo durante medio segundo, ha llegado a la conclusión de que lo volvería a repetir las veces que hiciera falta. Para que iba a andarse con remilgos, si en verdad, se lo había pasado de puta madre.
—Mira, Jaime, la mejor manera de abordar lo que ha pasado —carraspea aclarándose la garganta—, es fingir que no ha pasado. Ya sé que suena estúpido lo que acabo de decir, pero es lo mejor. Cada cual seguirá su camino, y si alguna vez coincidimos, jamás hablaremos de esto. ¿Qué te parece?
—Me parece una idea magnífica —responde mirándola muy serio—. Te comprendo perfectamente. Entre tú y yo, no ha ocurrido nada.
—¿Me lo prometes? —pregunta feliz al comprobar lo fácil que ha sido resolver un gran problema.
—Tienes mi palabra de que voy a fingir que esto no ha pasado. Y ahora vete a la ducha, que se está haciendo tarde —la apremia dándole la espalda para darle algo de intimidad.
Ella se ha quedado encantada al comprobar lo rápido que ha resultado encontrar una solución. No quiere ponerse a reflexionar en lo que acaba de pasar en esa cama, puesto que ya es tarde para arrepentirse. De momento no lo ha hecho.
Mientras se está enjabonando, no ha podido evitar recordar la sensación tan agradable que ha experimentado mientras sentía sus caricias por todo su cuerpo. Sin embargo, debe borrar de su mente cualquier pensamiento referente a la última hora.
—¿¡Qué haces aquí!? —grita asustada tratando de apartarse al notar su presencia.
—Voy a ducharme contigo, es una pena que desperdiciemos tiempo y agua, —baja un dedo lentamente por su columna, consiguiendo erizarle la piel.
—Jaime —intenta sonar firme—, haz el favor de salir inmediatamente de aquí. Dame dos minutos y después te duchas tú.
—Vamos a hacerlo juntos —sugiere en tono seductor—. Relájate mientras te pongo jabón por la espalda.
—No hagas esto más difícil —pide cada vez más nerviosa.
—Voy a hacerlo muy fácil, ya verás. —Empieza a morderle el hombro—déjate llevar. Pon las manos en esa pared y abre un poco las piernas.
—¡No! Eres un traidor, habíamos acordado que esto no iba a volver a pasar.
—No sé de qué me hablas. Antes no ha pasado nada, ¿recuerdas?
—Me lo habías prometido hace un momento, ¿qué clase de hombre eres? ¡Estás loco!
—Tienes razón. —Acaricia sus caderas—. Estoy loco por tu culpa. Anda, hazme caso y déjate llevar.
—¿Te he dicho alguna vez que eres un mandón? —refunfuña mientras pone las manos y las piernas como él le ha pedido.
—No las suficientes. —Le cubre los pechos con las manos—. Eres adictiva.
—Esto no tenía que volver a ocurrir —masculla derritiéndose por momentos.