Capítulo 23 #3
»Una noche nos llevaron a dormir al desierto; me quedé fascinada al ver los millones de estrellas que había en el firmamento.
Aquella mañana me había comprado un caftán y decidí ponérmelo para la cena.
Era una prenda muy bonita de color verde turquesa con ribetes dorados.
Alberto, en cuánto me vio con ella puesta se quedó muy sorprendido, y me dijo que parecía una “reina mora” haciéndonos reír por su imaginación.
Desde entonces no ha dejado de llamarme así.
Esa es toda la historia. Ya sé que puede parecer una tontería, pero para nosotros no lo fue.
—Jamás diría algo así. Me han parecido dos historias muy interesantes, sobre todo, la primera —indica mirándola con verdadera admiración.
—He reservado un billete de tren para las seis. ¿Comemos juntos?, si te parece bien —cuenta tratando de cambiar de conversación para aligerar el ambiente—. Después ya me marcho.
—Me ha dicho Alberto que mañana tampoco trabajas, así que podías quedarte, no es necesario que te vayas hoy.
—Gracias, pero no —responde soltando su mano—, quiero tener tiempo para dejar mi casa arreglada antes de volver al trabajo.
—¿Por qué tienes tanta prisa?, puedes quedarte hasta mañana.
—Me iré después de comer, y no hay más que hablar —asevera en tono resuelto.
—Bueno, tampoco es necesario que te pongas así —cede sonriendo, porque él ya tiene otros planes.
Después de comer deciden tomar un café sentados frente a la chimenea. El ambiente es bastante tranquilo mientras hablan de temas relacionados con sus respectivos trabajos.
—Disculpa, voy a contestar al teléfono —se excusa, mirándola un instante—es mi hermana Carmen, seguramente me llama para decirme que han vuelto de ver a su nieta.
Sara está decidida a pedir el taxi mientras él habla con su hermana, pero al levantarse para recoger su equipaje, Jaime la toma por el brazo para detenerla.
—Espera un momento —dice pasándole el teléfono—, mi hermana quiere hablar contigo.
—Hola, Carmen, enhorabuena. ¿Qué tal está tu nieta?
—Ay, Sara tendrías que verla, es preciosa. ¿Qué voy a decirte yo?, si soy la abuela más feliz del mundo. Le he hecho más de mil fotografías.
—Ya me las mostrarás cuando nos veamos.
—Pues va a ser antes de lo que imaginas, estamos llegando para cenar con vosotros.
—Lo siento —contesta algo aturdida—, pero tendrá que ser en otra ocasión, mi tren sale a las seis.
—No nos hagas esto, por favor. ¿Trabajas mañana?
—Eh… no, pero me gustaría llegar hoy a casa.
—Mañana te puedes ir tranquilamente —pide en un tono que no admite réplica—. Tenemos muchas cosas que contarnos; ya nos ha dicho Jaime la bonita sorpresa que os dieron y quiero saber todos los detalles.
—Me sabe muy mal tener que dejarlo para otro día, pero…
—No hay peros que valgan, ya estamos en la puerta —le pide en tono alegre—. Dile a Jaime que nos abra, por favor.
—En tu familia os gusta mucho mandar, ¿no? —dice molesta poniendo los brazos en jarras frente a Jaime—. Esto es jugar sucio. ¿Desde cuándo sabías que iban a venir?
—¿Y eso qué importa? —Se encoje de hombros sin mostrar arrepentimiento—. Voy a abrirles. Ponte cómoda y déjate llevar.
—Sí que importa —dice para sí misma cuando se ha quedado sola—. Lo que pasa es que a esta familia les encanta tomar decisiones por los demás.
—Hola —Carmen entra con los brazos extendidos—, qué ganas tenía de verte.
—Y yo también —reconoce dándole dos besos—, sin embargo, hoy no era el día adecuado.
—Claro que hoy era el día —corrige restándole importancia con la mano—, tenemos muchas cosas de las que hablar.
—Hola, Eduardo. —Decide no insistir, porque sabe que es inútil.
—Hola —saluda dándole un cálido abrazo—, ha pasado mucho tiempo.
—Sí. —Sonríe—. Enhorabuena.
—Gracias.
—Lo primero es lo primero; aquí os presento a nuestra princesa. —Saca un sobre del bolso muy orgullosa—. Ah, Sara, no me canso de mirarlas.
—Es preciosa —declara mirando las fotos sentadas en el sofá.
—Sí, no hace falta que os diga que Teresa es idéntica a su padre —susurra bajando el tono de voz—. Lo digo ahora que no me escucha mi nuera.
—Creo que no se parece a nadie —le dice Jaime inclinado para verlas mejor—. Sara, ¿tú qué opinas?
Sara está muy nerviosa porque nota la respiración de Jaime muy cerca de su cuello.
—Toma —dice pasándole las fotos demasiado deprisa— las puedes ver por tu cuenta.
—No hace falta, así las vemos juntos —contesta sin hacer la intención de cogerlas—. Continúa, por favor.
Ella sabe que la está provocando de forma deliberada, pues la cara de satisfacción de Jaime lo dice todo.
Él, por su parte, quiere seguir disfrutando de ese momento al máximo.
—Nos habría gustado quedarnos más días —revela Carmen ignorando la tensión de la pareja—, pero eso será en otra ocasión, tenemos mucho trabajo en la notaría.
—Yo tenía ganas de venir. No digo que nos trataran mal —se apresura a aclarar su marido—, lo digo porque no vimos el sol ningún día.
—Es verdad, estuvo nublado todo el tiempo —corrobora la mujer girándose a ellos emocionada—, pero ha valido la pena. Esa princesa es la luz de nuestras vidas.
—Sí, esa niña compensaba los nubarrones que nos impedían ver el sol.