La esencia del bambú Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Jaime ha tardado demasiado en volver, y eso ha hecho que todos salieran de la piscina y se fueran a cambiarse de ropa para la cena.

Una hora más tarde se reúnen todos en el comedor y a nadie le ha pasado desapercibido el semblante serio que ha mostrado en todo momento.

—Papá, ¿quién ha sido tan inoportuno de llamarte a estas horas? —indaga poniendo una mano en su cintura.

—Era un asunto de trabajo, nada que no se pueda arreglar la próxima semana —contesta en tono despreocupado dándole un beso en la frente a su hija.

—Estas no son horas de molestar, te hemos estado esperando mucho rato en la piscina. No es justo.

—No pasa nada hija, la próxima vez desconectaré el teléfono, te lo prometo.

A pesar del ambiente tan relajado que hay en la mesa, Jaime no deja de darle vueltas a la conversación que ha mantenido por teléfono.

Las cosas no están saliendo como esperaba, ya que le han asegurado que va a ser un proceso muy lento, y eso le inquieta.

Por otro lado, deben ir con pies de plomo, algo que ya suponía por la gravedad del caso.

Pese a todo, no pensaba dar marcha atrás.

Para no preocupar a su hija decide mostrarse más alegre, y olvidarse durante el tiempo que estén juntos, de todo lo demás.

El día ha amanecido un poco nublado, y mientras desayunan los cuatro, tratan de ponerse de acuerdo en cómo van a pasar la mañana. Sara y Blanca quieren descansar en el comedor frente a la chimenea, en cambio, Alberto y Jaime han decidido irse a jugar al pádel.

—Acabo de invitar a comer a Román y Yuri, les he dicho que estáis aquí y se han alegrado muchísimo. Espero que no os moleste que los haya invitado sin preguntaros primero.

—Todo lo contrario, así le damos el correo que nos dio el portero —dice Alberto.

—Pues todo arreglado. Ahora nos vamos a jugar un rato y vosotras os ponéis al día de vuestras cosas delante del fuego.

—Muy bien papá, pero no volváis muy tarde. Alberto, no dejes que te gane mi padre.

—No te preocupes, solamente le voy a hacer sudar un rato —bromea dándole un beso a su novia.

—Jaime, no se te ocurra ganar a mi hijo, o la próxima vez que te lesiones, no pienso ir a socorrerte. —Ese comentario ha hecho que todos empiecen a reír.

—Eso es coacción —replica fingiendo ofenderse.

—Llámalo como quieras —contesta con descaro mirándose las uñas—, pero quedas advertido.

—Mamá, sé que me quieres muchísimo, pero no deberías haber dicho eso, porque si gano, sabré que no será una victoria justa.

—Lo siento, pero es lo que hay —concluye sonriendo a Jaime.

La mirada que le ha dedicado antes de irse le ha dado un poco de miedo, ya que tiene la sensación de que encierra una amenaza. Algo así como: “ya me las pagarás”. Y eso le ha producido un escalofrío.

Cinco días más tarde, están en el aeropuerto despidiendo a sus hijos con la sensación de haber pasado apenas unas horas juntos. Sara ha puesto todo su empeño en no mostrar la tristeza tan grande que siente.

—Es hora de irnos —dice Blanca abrazando a su padre—. Tenéis que ir otra vez a vernos.

—Ya lo arreglaremos; los dos tenemos mucho trabajo y no va a ser fácil, pero buscaremos la manera de coincidir unos días —asegura mirándola con cariño.

—Alberto, cuidaros mucho. —Se gira hacia él dándole un abrazo—. Ya sabes que puedes contar conmigo para cualquier cosa.

—Lo sé, muchas gracias.

—Sara —dice abrazándola muy fuerte—, te digo lo mismo que a mi padre, venir lo antes posible para estar juntos otra vez. Os vamos a echar de menos.

—Estaría muy bien que volvierais este verano —responde dándole dos besos.

—Mamá, te quiero muchísimo y estoy muy orgulloso de ti —expresa tomándole la cara con las manos—. Necesitaba decírtelo. Ahora debemos marcharnos, te llamaré en cuanto lleguemos.

— Adiós, “pequeño héroe”, yo también estoy muy orgullosa de ti —dice con la voz quebrada—. Eres lo más grande de mi vida.

—Hasta pronto, “reina mora” — contesta saliendo por la puerta de embarque.

Sara se ha quedado mirando cómo se perdían de vista con lágrimas en los ojos, sin embargo, ha conseguido aguantarlas hasta el final para que su hijo se fuera tranquilo.

—Ya se han ido —dice Jaime dándole un abrazo para reconfortarla—. En menos de lo que pensamos, los tendremos aquí.

—Sí —murmura agradeciendo ese gesto que tanto necesita—. ¡Qué rápido ha pasado el tiempo!

Suben al coche y ninguno de los dos dice una palabra. Jaime pone música de Extremoduro mientras se alejan del aeropuerto.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —menciona el abogado sin perder de vista la carretera.

—Claro, dime, ¿qué quieres saber? —asiente mirándolo intrigada.

—¿Por qué llamas a tu hijo: “pequeño héroe”? Y ya puestos, ¿por qué él te llama: “reina mora”?

—Eso son dos preguntas —se queja tratando de ganar tiempo mientras decide si le contesta o no.

—En ese caso, me gustaría que me contestaras a la primera —añade sonriendo de medio lado.

—Bueno, la historia se remonta a mucho antes de que él naciera. —Sara mira por su lado de la ventanilla, sin decir nada más.

—Si no quieres contármelo, no voy a insistir.

—Ha pasado mucho tiempo, y todavía me da vértigo recordar cómo me sentí cuando lo llamé así por primera vez. —Tras unos segundos en silencio decide contarle toda la historia.

—Cuando iba a cumplir veintidós años me detectaron un tumor maligno en el útero.

Los médicos me explicaron que tenían que extirparlo todo para evitar males mayores.

También me advirtieron de que me quedaría estéril.

No puedes hacerte una idea del trauma que me vino de golpe. Bueno, a mí, a mis padres y a Yago.

»Apenas llevábamos un año saliendo y el impacto fue brutal —continúa mientras sigue mirando por la ventanilla—.

Tomé una decisión muy arriesgada, haciendo que todos se pusieran en mi contra, sobre todo, los médicos.

—Él la mira un instante—. Decidí quedarme embarazada porque quería ser madre, aunque fuera solo una vez.

Ese derecho no me lo podía negar nadie, así que, en menos de un mes, organizamos una bonita ceremonia y nueve meses más tarde, contra todo pronóstico, mi bebé nació sano como una manzana —cuenta mirándolo sonriente—.

Nadie apostaba por él; yo sí. Después me realizaron la intervención, me quitaron el tumor, y también la posibilidad de tener más hijos.

Pero te puedo asegurar, que la primera vez que tuve en mis brazos a mi “pequeño héroe”, cualquier frustración quedó anulada.

»Yago y mi familia, al principio pensaron que estaba loca —explica sin perder la sonrisa—, pero con el tiempo se dieron cuenta de que mi instinto no me engañó. Puedes hacerte una idea de lo que tuve que pasar a mitad de carrera y siendo tan joven. Pero pude con todo, y ya ves el resultado.

—Cada día me dejas más sorprendido. —Aprieta su mano, mientras la mira un instante aprovechando que el semáforo está en rojo.

—Ahora te voy a contestar a la segunda pregunta —le comunica sin hacer nada para soltarse—.

El primer viaje de vacaciones que hicimos, cuando ya vivíamos los tres en Málaga, fue a Marrakech.

Aún lo recuerdo con cariño: los paisajes, los colores de los mercados, el olor a especias.

Bueno, todo en general fue impresionante para nosotros y pasamos unos días increíbles.