La esencia del bambú Capítulo 23
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Capítulo 23

—Bueno, ahora que ya está todo arreglado, ¿qué os parece si nos vamos a Madrid?

Ahora mismo le digo a Micaela que vamos a quedarnos allí hasta el momento de acompañaros al aeropuerto.

También le pediré que prepare la casa de invitados —informa mirando a Sara—.

Estaría muy bien pasar con ellos todo el tiempo que tengamos. Supongo que estarás de acuerdo, ¿no?

—Papá, me parece una idea magnífica. Sara, no digas que no, por favor —suplica mirándola como un cachorro abandonado.

—Tampoco pasa nada si me alojo en un hotel —sugiere tratando de sonar convincente—. Puedo ir y venir sin ningún problema.

—No es buena idea que te pases todo el tiempo en la carretera —le dice Jaime más molesto de lo que pretendía—, en la casa de invitados tendrás intimidad.

—No quiero parecer aguafiestas, pero no lo creo necesario.

—Si no quieres parecer eso que has dicho, vente a mi casa. Alberto, dile a tu madre que allí no nos comemos a nadie. —Sara pensó que sí, pero se abstuvo de decirlo.

—Mamá, es una decisión que debes tomar solo tú —añade mirándola algo incómodo.

—Pero la casa de invitados es la que ocupáis vosotros.

—No pasa nada, para los pocos días que vamos a estar, mi habitación de siempre es ideal. Por eso no te preocupes —la tranquiliza su nuera.

—Está bien —concede alzando las manos—. Voy a preparar una bolsa de viaje, quiero estar todo el tiempo que pueda con vosotros.

—¡Qué bien!, ¿puedo acompañarte? —le pide Blanca muy ilusionada.

—Claro, vamos —dice poniendo una mano en su cintura—. De paso dejamos que ellos recojan la mesa y dejen todo limpio. — Sabía que se metía en la boca del lobo aceptando esa invitación, pero ella no era una cobarde y sabría defenderse.

—No te olvides de poner un bañador en la bolsa de viaje —le indica Jaime con malicia—, la piscina es climatizada.

—Espero que sepas poner el lavavajillas —dice ignorando su comentario.

—Blanca, no pienso bañarme —comenta cuando están solas en la habitación.

—Sara, dime la verdad —Pone una mano sobre su brazo—, ¿te cae mal mi padre?

—¿Cómo? —Con cara de sombro, se sienta junto a ella en la cama—. ¿Por qué me preguntas eso?

—Te veo muy tensa cuando estás a su lado, y no me digas que son imaginaciones mías. Por favor, dime la verdad. Solamente hay que ver las pullitas que os lanzáis de vez en cuando.

Sara se encuentra en una situación verdaderamente comprometida. No puede decirle que su padre la pone muy nerviosa, ya que, los últimos acontecimientos la han alterado de una forma que no sabe cómo gestionar. Y, además, está convencida de que no será la última vez.

¿Cómo puede explicarle la verdad sin que la relación de ambas se vea seriamente perjudicada? No puede decirle: “Es que tu padre me ha besado y ese hecho me ha trastornado”. Debe tratar de arreglarlo sin dudarlo ni un segundo.

—No me cae mal, simplemente estas fiestas me ponen melancólica y a veces lo pago con las personas que tengo a mi lado —miente mirándola con ternura—. Perdóname si te he dado esa impresión.

—Oh, Sara —exclama dándole un abrazo—, no me he parado a pensar   que no tiene que ser fácil estar alegre cuando has perdido a alguien.

—Lo que me lleva a pensar que ahora tengo que vivir el presente con las personas tan maravillosas que me rodean —le dice en tono reflexivo—.

El pasado ya no se puede cambiar, solo sirve para ponernos tristes.

Ese consejo me lo dio tu padre el otro día.

Si nos lleváramos mal, no me habría dicho algo tan bonito y real.

—Es verdad —dice sonriendo—. Sí que es bonito. Mi padre también ha tenido que reponerse de la muerte de mi madre, ambos tenéis en común un hecho horrible. Ojalá algún día encontréis el amor, sois jóvenes y tenéis todo el derecho del mundo.

—Quien sabe, a veces los milagros existen –le dice riendo.

—Ahora que está todo aclarado, hay algo que debes saber —La suegra la mira con interés—, tienes que llevarte el bañador, porque si no, te tiraremos a la piscina vestida.

—¿Te he dicho alguna vez que eres igual de mandona que tu padre?

—Creo que no, pero es un orgullo haber heredado algo de él. —Sonríe, levantándose de la cama—. Voy a dejarte sola para que termines de preparar el equipaje.

Antes de salir de su casa llama a Alberto.

Con la excusa de pedirle que le ayude a cerrar la cremallera de la maleta, aprovecha para dejarle muy claro que la relación con Jaime va muy bien, a pesar de dar la impresión de todo lo contrario.

Su hijo no se queda convencido, y le pide que, para demostrárselo, tiene que pedirle a Jaime que quiere sentarse a su lado durante el viaje.

Sara, a pesar de sentirse traicionada, decide hacerle caso.

El viaje ha sido muy ameno, la música y la tertulia se han combinado muy bien.

A mitad de trayecto, Alberto le ha sugerido a Jaime que le dejara conducir, y este se ha mostrado encantado.

Sara se ha sentido un poco violenta, puesto que, al ir juntos detrás, él no ha dejado de mirarla en varias ocasiones mientras su rodilla estaba más cerca de lo normal.

Tras algo más de cinco horas llegan a Madrid.

—¡Qué casa tan bonita! Me siento culpable por quedarme aquí.

—Sara, por favor —aclara de forma sincera—. Estamos tan contentos de poder pasar todo el tiempo los cuatro, que lo menos importante es el sitio donde vamos a dormir. Además, ya has visto que en mi habitación tenemos espacio de sobra.

La casa de invitados tiene cincuenta metros cuadrados con fachada de piedra. Consta de un salón comedor con cocina americana, una habitación y un cuarto de baño completo. La decoración es de estilo ibicenco, donde el color blanco es el protagonista.

Después de mirarse al espejo se ha sentido casi desnuda, a pesar de llevar un bañador azul marino con espalda al aire y cintas cruzadas, bastante discreto.

Reuniendo todo el valor que le ha sido posible se ha puesto las chanclas, y el albornoz a juego que le ha prestado Blanca, y ha salido por la puerta con el firme propósito de no quitárselo en toda la noche.

—Mamá, hemos decidido que vamos a ir a Oviedo para ver a los abuelos. Los veremos en el aeropuerto durante unas horas, y desde allí haremos escala. Seguidamente, cogeremos un vuelo a Manhattan. He conseguido cambiar los billetes a última hora. ¿Qué te parece? —comenta muy sonriente.

—Es fantástico. Aunque sea muy poco tiempo, por lo menos los vais a saludar.

—Me ha dicho la abuela que mañana te llamará, hoy no quiere molestarte.

—No pasaría nada si me llama ahora —dice mirando cómo Jaime se va acercando a ella.

—Alberto, me ha pedido Blanca que te diga que vayas un momento a su habitación, necesita mostrarte algo.

—De acuerdo —responde levantándose de la hamaca—. Ahora vuelvo.

—No tengas prisa, tu madre y yo vamos a darnos un baño mientras os esperamos.

—No vamos a bañarnos —le dice algo tensa cuando se quedan solos—. Bueno, sí a ti te apetece no hay problema, estás en tu casa.

—¿Qué te parece si te quitas el albornoz? Aquí la temperatura es primaveral y no te hace falta ir tapada hasta las orejas —suelta Jaime en tono irónico— a no ser que te dé vergüenza.

—Estoy bien así, pero gracias de todos modos —contesta cerrando más el cuello del albornoz.

—Si no vienes a la piscina, te voy a llevar en brazos y te voy a tirar al agua en menos de diez segundos. Uno, dos —cuenta mirando el reloj—, tres…

—No serás capaz —protesta Sara abriendo mucho los ojos.

—Cuatro, cinco…, se te acaba el tiempo de ir por las buenas —continúa en tono cantarín—. Seis, siete…

—¡Está bien!, date la vuelta porque no quiero que me mires.

—Ocho…

—¡Te he dicho que ya voy!, pero date la vuelta, por favor.

—Bueno, me voy a dar la vuelta durante dos segundos —añade sonriendo por el triunfo, mientras se gira.

Sara ha salido prácticamente corriendo hacia el comedor de la casa sin darle tiempo a Jaime a reaccionar. Ha entrado tan deprisa que se ha topado de golpe con Micaela.

—Doña Sara, ¿necesita algo? —pregunta mostrándose muy sorprendida por el acaloramiento de la mujer—. Estoy preparando la cena, pero si quiere algo de beber, ahora mismo se lo preparo.

—¡No!, iba un momento al baño, gracias.

—Hay un baño en la piscina, me extraña que don Jaime no se lo haya dicho —la informa negando con la cabeza—. Vamos, que yo misma la acompaño.

—Qué amable. —Decide seguirla para no complicar más las cosas.

—Ah, ya has vuelto —dice el abogado sonriendo—. Te estaba esperando.

—Don Jaime, no es usted un anfitrión como es debido, muéstrele el cuarto de baño que hay aquí.

—Micaela, tiene usted razón —afirma fingiendo estar avergonzado—. Puede irse tranquila a seguir preparando la cena, yo mismo me encargo de mostrárselo.

Cuando se quedan solos, Jaime la observa sin decir ni una palabra esperando que ella le dé una explicación.

—No tengo ganas de bañarme —anuncia enrollándose el cordón del albornoz en el dedo índice.

—Tramposa.

—No soy tramposa —se excusa cada vez más cabreada.

—Nueve y diez. —Se pone a su lado en dos zancadas haciendo que Sara dé un grito.

—No serás capaz.

—Bueno, ya estamos aquí. Papá creía que ya estaríais dentro de la piscina.

—Os estábamos esperando —indica pasando por su lado con una media sonrisa—. Sara me estaba diciendo lo apetecible que se ve el agua.

—Sí, es verdad. —Sonríe a su novio—. Desde que supimos que veníamos a casa, no hacía más que pensar en darme un baño en la piscina. Aún no me creo que estemos aquí.

Sara se ha metido en el agua, aprovechando que a Jaime lo han llamado por teléfono.

—¡Oh, qué maravilla! —exclama sorprendida—. Está templada, no da ninguna impresión meterse dentro, a pesar de estar en pleno mes de enero.

—Pues hay veces que nos hemos bañado con el jardín lleno de nieve y la sensación es maravillosa.

—Mamá, lo estás pasando bien, ¿verdad? —le dice muy bajito para que solo lo escuche ella.

—Sí, deja de preocuparte, por favor, porque estoy disfrutando mucho. Estando con vosotros no hay nada en el mundo que me haga sentir mal.

—Me alegra escuchar eso.