Capítulo 22 #2
—Desde mi punto de vista, no he cometido ningún delito —se excusa saliendo al jardín junto a ella.
—Aunque no sea un delito, no me negarás que es algo inapropiado.
—No voy a disculparme por ese beso —insiste poniéndole una mano en la cintura—, ya te dije el otro día que no volverá a ocurrir.
—Eso espero, porque no me gustaría que la buena relación que tenemos ahora se perdiera por culpa de estar tonteando como un adolescente —lo riñe apartándose de él como si quemara.
Al llegar a la cocina, Jaime le da las dos botellas para que las deje en el frigorífico mientras hablan de la bonita sorpresa que les han dado sus hijos.
Jaime no la pierde de vista ni un segundo, observando la soltura con la que se mueve por la cocina arreglando los platos y los cubiertos para la comida.
En un momento dado, pasa por su lado y no puede resistir la tentación de mirarle el hombro que lleva al aire, le fascina descubrir unas pecas junto a la clavícula.
Esa bonita visión hace que su sangre empiece a hervir.
Sara, ajena a lo que está ocurriendo muy cerca de ella, se gira para sacar el mantel del cajón superior, y se encuentra de frente con él y la deja sin aire. Jaime, por su parte, no quiere apartarse ni un milímetro y le impide el paso.
—¿Puedes apartarte, por favor? —pide sin atreverse a mirarlo.
—No quiero, porque necesito que me mires.
Ella intenta pasar por su lado sin éxito.
—Jaime, ¿a qué estás jugando? —pregunta cada vez más nerviosa.
—Solamente te he pedido que me mires, no creo que sea tan difícil —insiste levantándole la barbilla con el índice—. Así está mejor.
—No me hagas esto, te lo ruego —le pide con un nudo en la garganta.
—Hacerte, ¿qué? Dímelo—dice mirándola intensamente.
—Lo sabes perfectamente, no te hagas el tonto. Anda, apártate para que pueda seguir preparando las cosas. Están a punto de venir, y no quiero que nos vean así.
—No me hago el tonto, más bien el loco —sondea acercando su boca y besando muy despacio esos labios que lleva un buen rato deseando, haciendo que la sangre vuelva a fluir por sus venas a una velocidad de vértigo.
Sara ni siquiera ha tenido tiempo de resistirse. Hacía tanto tiempo que no sentía nada parecido, que no ha sabido cómo actuar, pero el sonido del timbre de la puerta hace que ambos se separen de golpe.
—No sé quién será a estas horas —trata de recomponerse—. Voy a ver.
—Sí, ha sido muy oportuno —sisea entre dientes, mientras se pasa una mano por el pelo.
—Hola, Antonio, ¡qué sorpresa! —saluda aparentando normalidad cuando abre la puerta.
—Hola, siento molestarte, pero mi madre no ha parado de insistir para que, hoy sin falta, te diera tu regalo de Reyes —la informa mostrándole un pequeño paquete.
—Oh, no tenías que haber venido a propósito. —Ha intuido algo, porque se le han erizado los pelos de la nuca.
—No es ninguna molestia, ya lo sabes.
De pronto la sonrisa de Antonio se congela, cuando repara en el hombre que aparece detrás de ella.
—Antonio, quiero presentarte a Jaime, el padre de Blanca —dice haciéndose a un lado—. Ha venido esta mañana con Alberto y Blanca para darme una sorpresa. Hemos recibido el mejor regalo de Reyes que nos podían hacer.
—Es fantástico. Sí que ha debido ser una sorpresa. Encantado de conocerte —comenta dándole un breve apretón de mano—. Sara se merece todo lo bueno que le pase.
—En eso coincido contigo —añade él, girándose para mirarla—, se merece lo mejor.
—Debo irme ya, no quiero dejar a mi madre sola tanto tiempo —carraspea dando un paso atrás—. Me he alegrado mucho al saber que Alberto y su novia han venido a verte. Salúdalo de mi parte.
—Lo haré.
—Vamos, que nuestros hijos se estarán preguntando por qué tardamos tanto.
—Adiós, Antonio, dale a tu madre las gracias.
El momento vivido no ha podido ser más violento para ella, porque Jaime le ha puesto una mano en el hombro en el último momento, gesto que Antonio ha visto claramente.
—Mamá, ¿crees que ya estará lista la comida? —pregunta Alberto llegando junto a ella.
—Eh, sí. Podéis ir tú y Jaime a recogerla mientras Blanca y yo nos quedamos preparando la mesa —contesta apartándole la mano con un gesto rápido.
—Buena idea. —Mira a Jaime—. ¿Qué te parece?
—Sí, una idea estupenda —responde a su yerno mostrando una alegría que no siente—. Voy a por las llaves del coche.
Sara decide no darle importancia a lo que ha ocurrido, piensa que no tiene que dar explicaciones a nadie de sus actos. Y, aunque la mirada de Antonio ha sido más que significativa, no va a dedicar ni un minuto para buscar una justificación ante ese gesto.
«Además, Jaime es el que debería sentirse avergonzado por la actitud posesiva que ha demostrado», piensa mientras regresa a la cocina, dado que no tenía ningún derecho a ponerle una mano en el hombro.
La comida está siendo muy amena, Blanca y Alberto les están contando cómo es la vida en la universidad y lo gratificante que resultan las clases en español que imparten a los niños. La tensión vivida hacía apenas una hora, se ha diluido por completo.
—Mamá, no has destapado nuestro regalo —ella lo mira interrogante—, te dije que estaba en el primer cajón. Anda no te molestes que voy yo a por él.
—Ah, creía que era una broma —señala riendo azorada.
—Lo dejamos este verano por si no podíamos venir —le dice Blanca mientras le da un cariñoso abrazo—. Espero que te guste.
—Seguro que sí, aunque todavía recuerdo la aspiradora que me regaló Alberto la última vez.
—Quédate tranquila, después del éxito que tuvo, le prohibí que fuera solo a comprarte nada. Aunque debo confesarte que este —tendiéndole una cajita y mirando a su padre de reojo—, tampoco lo he elegido yo.
—Debajo del árbol están vuestros regalos —indica quitando el papel con manos temblorosas, pues intuye quién lo ha elegido—. Qué bonitos, me encantan estos pendientes. Muchas gracias, son preciosos, lo digo de corazón.
—Deja que te los ponga —demanda muy orgullosa—. Sabía que te iban a gustar.
—Yo también te he traído un regalo.
Sara ha mirado a Jaime sin saber qué decir, pues no creía que él le fuera a regalar nada.
—No tendrías que haberte molestado, porque ahora yo me siento muy mal por no haberte comprado nada.
—Mamá, a ver si esta vez no te cabreas conmigo —dice sonriendo muy satisfecho cuando vuelve con su regalo.
—No sé, ya veremos —titubea, dejando disimuladamente el regalo de Jaime sobre la mesa sin destaparlo siquiera—. Oh, ¡mi perfume favorito!, muchas gracias. Ahora os toca destapar vuestros regalos.
—Mamá ¿cómo sabías que este reloj era el que llevo tiempo pensando en comprarme? —le confiesa su hijo.
—Un pajarito me dijo que te hacía mucha ilusión, así que no lo dudé ni un segundo —comenta mirando a Blanca con una sonrisa cómplice.
—No tengo ni idea de quién habrá podido ser —suelta guiñándole un ojo a su novia.
—Sara, este anillo es precioso —dice Blanca poniéndoselo en el anular— Me queda perfecto. ¿Cómo has acertado en la talla?
—Bueno, otro pajarito se encargó de decirme cuál era. —Ríen todos por el comentario.
—Aquí tienes el mío —le recuerda Jaime tendiéndole el estuche—, se te ha olvidado destaparlo.
—No tenías que haberte molestado, ya te he dicho que me siento mal por no haberte comprado nada.
—Me has invitado a comer, eso ya es un regalo más que suficiente.
Sara no puede dejar de mirar la bonita cadena de oro con una esmeralda en forma de lágrima, a juego con los pendientes. Le ha inquietado mucho que ese hombre le haya regalado una joya del mismo color que sus ojos.
—Gracias, pero no puedo aceptarlo. Es… es…
—Es un regalo —la corta—, que no estoy dispuesto a permitir que lo rechaces. Hace juego con los pendientes, sería una pena que no lucieras el conjunto completo.
—Jaime, no quiero ser desagradecida, pero…
—Mamá, por favor —solicita Alberto algo tenso.
—De acuerdo —asiente en tono conciliador.
—Sara, ¿no te gusta? Si quieres lo cambiamos por otro. Papá lo eligió, tiene un gusto exquisito para las joyas.
—Claro que me gusta. Simplemente, me he visto un poco superada por la situación —trata de no dar un disgusto a su hijo y a su nuera, por lo que se dirige a Jaime—. ¿Me lo abrochas?
—Será un placer —concede con una cálida sonrisa.
Jaime se ha mostrado muy solícito y se ha puesto detrás de ella con la intención de ponerla muy nerviosa mientras le pone lentamente la cadena. Aprovechando que los novios están hablando entre ellos, le ha susurrado al oído.
—Tienes el regalo perfecto para mí, cuando estemos solos ya me lo darás.
Sara siente como el calor le va subiendo desde los dedos de los pies hasta la nuca, por eso ha decidido dar un paso adelante y disimular.
—Chicos, ¿qué tal me queda? —indaga poniéndose una mano en el pecho.
—Mamá, estás guapísima. —Le da un abrazo para agradecerle el cambio de opinión.
—Gracias a los tres. —Mira a cada uno de ellos—. Me lo voy a dejar puesto.