Capítulo 22
Por la noche ha llegado a su casa con el firme propósito de poner distancia con esa mujer, a ver si de ese modo, se le pasa el “calentón”, como bien lo ha definido su amigo.
«No quiero ponerme en evidencia otra vez delante de ella», piensa mientras se pone el pijama.
«Joder, que hay más mujeres en el mundo, cualquiera diría que estoy desesperado por acostarme con ella».
«Reconozco que me gustaría muchísimo, no lo voy a negar, por no mencionar que cometí un terrible error al besarla, creyendo que así perdería el interés que despertaba en mí.
Así que lo más sensato es dejar que pase el tiempo y dejar de vernos, a no ser que sea estrictamente necesario».
De pronto suena su teléfono y todas sus esperanzas acaban en el pozo del desastre.
—Hola, Rocío —dice Sara subiendo a la elíptica—, ¿te apetece que nos tomemos algo al terminar?
—Vale, ya tengo todos los regalos comprados y además hasta el día ocho no vuelvo al trabajo.
—Yo también los tengo comprados. Alberto me ha pedido que me haga una foto delante del árbol con los regalos —cuenta dando un hondo suspiro—.
No te imaginas las pocas ganas que tengo de que llegue mañana.
¿Te lo puedes creer? Voy a estar sola destapando los vuestros, incluso fingiré sorpresa con uno que me he comprado —ese comentario hace reír a Rocío.
—Espero que al menos aciertes con tu regalo.
—Sí, sería una pena, que el jersey que me voy a regalar no fuera de mi gusto. Por cierto, ayer me sorprendió Sindy cuando me llamó por teléfono para decirme que se iba unos días de viaje. ¿Tú sabías algo?
—No, yo también me enteré ayer cuando me llamó —manifiesta mientras pedalea—. No me dijo nada más.
—¿Sabes?, tengo una teoría, pero no quisiera equivocarme.
—Cuenta, cuenta. A ver si es lo mismo que estoy pensando.
—Creo que se ha ido con Álvaro de viaje.
Ayer hablé por teléfono con él, y me confirmó que vendría a llevarse los cuadros el próximo día diez, ya que antes no podía.
—narra torciendo la boca—. No sé, me dio la impresión de que ella estaba a su lado, ya que diez minutos más tarde me llamó ella para decirme que se iba de viaje sin darme más explicaciones.
—Yo también he llegado a la misma conclusión que tú.
Además, cuando le pregunté, dónde y con quién se iba se mostró esquiva, y me contestó que yo no era su madre para tener que darme explicaciones.
—Sara abre mucho los ojos—. Bueno, después se disculpó.
Aun así, daba la sensación de que estaba un poco nerviosa.
—El otro día vi miradas entre ellos que decían mucho. Sería fantástico que se diera una oportunidad con Álvaro, hacen una bonita pareja. Él siente algo por ella, pero la conoce demasiado y sabe que es escurridiza en temas amorosos —comenta Sara en tono reflexivo.
—Sí, es cierto, pero ya sabes cómo se pone si le preguntas sobre su vida privada.
—Quizá no quiere decir nada hasta no tener las ideas claras. Seguro que más adelante nos lo contará si deciden empezar una relación.
—Ojalá que Álvaro sea el hombre que sane su corazón. Lleva demasiado tiempo teniendo relaciones con unos y con otros buscando venganza —comenta resignada negando con la cabeza—, y ya es hora de que pare de una vez.
—Tienes razón.
—Cambiando de tema, ¿puedo preguntarte algo? Si no quieres responder, no te lo voy a tener en cuenta.
—Pregúntame, y ya veré si te contesto, pero me temo que sé por dónde van los tiros.
—Jaime me pareció muy agradable, y por más que traté de buscar al ogro que siempre nos describes, no lo vi en ningún momento. Es un hombre encantador —admite Rocío mirándola fijamente.
—Todavía no me has hecho la pregunta —inquiere con una sonrisa en los labios.
—Me gustaría saber si son imaginaciones mías o, por el contrario, me he vuelto ciega de remate. El otro día noté que hay mucha química entre vosotros. ¿Me equivoco?
Sara ha barajado la posibilidad de hacerse la tonta y no responder con sinceridad. Sin embargo, va a intentar explicarle lo menos posible, pero sin mentir, ya que además de ser su doctora, es una gran amiga.
—La química a veces explota si no se mezclan los componentes adecuados. No voy a ser hipócrita diciéndote que no hay cierta… ¿cómo diría yo? —busca en su mente la palabra exacta mordiéndose el labio—, tensión entre nosotros. Pero nada más que eso.
—Por algo se empieza. —Le guiña un ojo sonriendo.
—No va a empezar nada, simplemente tratamos de llevar una relación cordial. —Al final ha optado por mentir un poco, para que no le pregunte nada más—. Por el bien de nuestros hijos, hemos decidido firmar una tregua.
—Vamos a ducharnos, que ha llegado la hora de tomarnos un buen almuerzo, —de momento ha preferido no indagar más.
Se despierta con el sonido molesto del teléfono, anoche tardó mucho en dormirse y ahora es cuando el sueño estaba siendo reparador.
—¿Sí? —contesta al teléfono con los ojos cerrados.
—Mamá, ¿aún estás en la cama? —le pregunta Alberto riendo.
—Ah, hola. No sé qué hora es —dice sin abrir los ojos—. De todas formas, ¿qué más da?, hoy no trabajo. Además, estoy sola y puedo dormir toda la mañana si me apetece.
—Hoy es el día de Reyes, ¿lo has olvidado?
—No, por eso me he regalado estar todo el día acostada —comenta empezando a sonreír.
—Me prometiste hacerte una foto delante del árbol.
—Sí, no te preocupes que después me la haré.
—Hola, Sara —saluda Blanca quitándole el teléfono a su novio.
—Hola, tesoro —responde Sara resignada levantándose de la cama, porque sabe que no va a volver a dormir—. ¿Qué tal tiempo hace ahí?
—Hoy el frío nos ha dado una tregua y hace un sol precioso.
Mientras hablan por teléfono, ha decidido salir a andar un rato por la playa. Ha mirado el reloj y son las ocho de la mañana; esa hora le ha parecido perfecta, y así se lo ha hecho saber a su nuera, la cual se ha mostrado sorprendida por la fuerza de voluntad tan grande que tiene.
—Mamá, antes de cortar la llamada queremos darte un regalo, está en el primer cajón del mueble del comedor. No hace falta que vayas ahora a recogerlo.
—Ah, qué bien. Después iré a por él, ¡gracias!
—Bueno, te dejo, que tengo algo de prisa. Adiós, “reina mora” .
—Un beso muy grande, “pequeño héroe” .
Dos horas más tarde llega a casa dispuesta a darse una ducha y a prepararse un buen desayuno.
Cuando daba el último trago a su café le ha llamado su madre y han hablado un buen rato.
Después se ha dirigido a su armario a por un jersey negro con un hombro al aire y un pantalón ajustado de color rojo.
Seguidamente, se ha maquillado un poco y ha agitado su melena frente al espejo.
Ha encendido una vara de incienso, mientas la música de Enya suena de fondo, y eso ha hecho que no haya podido evitar recordar la primera Navidad después de la muerte de Yago.
Fue un trago muy amargo tener que decidir si celebrar esas fechas tan familiares, o por el contrario fingir que no existían.
En esa casa hacía mucho tiempo que no se escuchaba una risa, por eso tomó la decisión de no negarle a su hijo esos días tan especiales, porque sería muy cruel, pues supondría castigarlo para siempre.
Antes de hacerse las fotos, se ha ido a por el regalo que tiene esperando en casa de Alberto para ponerlo junto al árbol.
—¡AHHHH! —grita dando un paso atrás del sobresalto cuando enciende la luz del comedor—. ¿Qué hacéis aquí?
—Esperando para darte una sorpresa —dice riendo mientras abraza a su madre.
—Pues menudo susto me habéis dado —protesta poniéndose una mano en el pecho muy emocionada—. No puedo creer que estéis aquí.
—Hola, Sara —Blanca la abraza también—. Perdona, hemos estado a punto de matarte de un susto.
—Pero habría muerto feliz —aclara secándose las lágrimas—. Me habéis hecho el mejor regalo que podía soñar.
De pronto se ha quedado clavada en el sitio porque acaba de toparse de frente con la mirada azul que lleva días intentando borrar de su mente.
—Hola, no te había visto —trata de sonreír—. ¿Desde cuándo sabías que iban a venir?
—Me llamaron ayer para que fuera a recogerlos al aeropuerto. Menuda sorpresa me llevé.
—Mamá, tenemos cinco días para estar juntos, así que vamos a aprovecharlos al máximo.
—Necesito tocaros para asegurarme de que no estoy soñando despierta —bromea abrazando a los dos—. ¡Qué alegría!
Jaime no ha dejado de mirarla desde que la ha visto aparecer por la puerta. No ha querido acercarse a darle dos besos, porque teme, que el hecho de estar cerca de su boca despierte el deseo de algo más. Por eso, simplemente se ha limitado a saludarla alzando una mano.
Sara decide llamar a un restaurante para que le preparen algo de comer. Piensa que es mejor comer en casa, así estarán más tranquilos.
—Voy a poner un par de botellas de vino en la nevera, esto hay que celebrarlo con un brindis muy especial —afirma mirando a su hijo—. Aún no me puedo creer que estéis aquí.
—Pues créetelo —asegura abrazándola otra vez—. La verdad es que hemos tenido que hacer malabares para poder venir. No había manera de encontrar vuelos que coincidieran con nuestros días libres.
—Me alegro de que hayáis podido arreglarlo. A pesar de que sea para tan poco tiempo.
—Eso pensamos nosotros también —murmura acercándose a su novio— pero queríamos venir a toda costa.
—Al final hubo suerte y encontré vuelo directo —expresa sonriendo a su novia.
Sara trata de mostrarse tranquila, pero a Jaime no le pasa desapercibido el hecho de que no trate de mirarlo a los ojos cuando le habla. Así que decide ponerla un poco más nerviosa de lo que ya está.
—Sara, ¿puedo ver ese vino?, yo he traído un par de botellas —indica alzando una bolsa—. Elige el que más te guste para hoy, y el otro lo guardas para otra ocasión. Si no te importa, voy a acompañarte a tu casa.
—Buena idea, papá, así aprovechamos nosotros para dejar algunas cosas que no queremos llevarnos de vuelta —dice Blanca saliendo del comedor con Alberto.
—¿Vamos? —indaga con sonrisa canalla—. No voy a morderte, quédate tranquila.
—No me fío de ti, últimamente estás siendo un inconsciente.