Capítulo 21
Sara ha tenido que ausentarse en un par de ocasiones para atender a algunos clientes, y eso le ha venido muy bien para aliviar lo incómoda que se siente al estar al lado de él.
Jaime por su parte, había decidido en un principio no asistir a la comida, pero en el último momento se lo ha pensado mejor, y ha preferido fingir que no le había afectado en absoluto lo ocurrido la noche anterior.
Pero al verla con ese vestido verde a juego con sus ojos, y esos labios que ansiaba volver a besar, se ha dado cuenta de que ha cometido un error y que debería haberse quedado en casa.
Sara intenta en todo momento mantener una postura relajada sin conseguirlo.
Lleva tres copas de vino para calmar los nervios, sin embargo, cada vez que habla con Jaime y lo ve con ese traje gris marengo y esa camisa blanca, no puede evitar que los ojos se le vayan directos a la corbata, que hoy ha decidido volver a ponerse.
«Toda una provocación», piensa mientras se lleva la cuarta copa de vino a los labios.
Después de tomar el postre, han decidido ir al salón acristalado que hay en uno de los jardines para tomar el café. Jaime ha querido excusarse alegando tener algo de prisa, pero Sindy se ha colgado de su brazo, y mostrando su lado más dulce ha logrado convencerlo de que se quede un rato más.
Después del café les han traído unos cócteles y la tarde está resultando muy distendida. Sara, a pesar de sentirse un poco mareada por el alcohol, reconoce que cada vez le afecta menos las miradas que le dedica Jaime.
—Se hace tarde y tengo que irme a casa; mañana tengo guardia en el hospital y quiero descansar.
Ha sido un placer comer con vosotros. —Mira al abogado mientras va despidiéndose—.
Jaime, te tomo la palabra. En cuanto recoja la documentación que me has pedido, te la mandaré por correo. Muchas gracias.
—No tienes que dármelas, ya te he dicho que es un placer para mí ayudarte, —alza la mano para despedirse de ella.
Rocío ha hecho todo lo posible para aguantar, pero al final ha decidido marcharse, ya que echa de menos la vida en pareja.
Ver a sus amigas con esos dos hombres, por mucho que quieran disimular y fingir que no hay nada entre ellos, le está haciendo recordar los buenos momentos que vivió junto a su marido.
—Yo también me voy. Quiero pasar a ver a mi padre —dice Álvaro mientras se levanta.
—Si no te importa, ¿me podrías acercar a mi casa? —Sindy necesita pasar más tiempo con él y no se le ocurre otra excusa—, no me apetece pedir un taxi.
—De acuerdo —acepta dándole la mano para ayudarla a levantarse del sofá—. Jaime, ya nos veremos en otra ocasión —dice estrechando su mano— Sara, la semana que viene te llamo para recoger los cuadros. No me importa que se queden unos días más aquí.
—Gracias, sabes que es un honor tenerlos expuestos —expresa dándole dos besos.
Cuando se quedan solos, Jaime la toma del brazo para hacerla sentarse frente a él. Quiere dejarle unas cuantas cosas claras, y, aunque es un hombre acostumbrado a hablar, debe reconocer, que en este momento no sabe cómo empezar.
—Sara, me gustaría que olvidáramos lo que ocurrió anoche para que podamos seguir como hasta ahora, somos dos personas adultas y un simple beso no debe cambiar nuestra relación. No sé si me entiendes —añade mientras la mira fijamente.
—Claro que te entiendo, y me alegra que digas eso, porque pienso igual que tú. Lo que ocurrió anoche —no se atrevía a decirle que fue más que un beso—, fue un impulso fruto del momento. No vamos a nombrarlo más, y así lo olvidaremos antes.
Ambos lo dudaban, pero tenían que fingir que el problema ya estaba zanjado.
—Bien, ahora que ya está todo aclarado, creo que ha llegado la hora de marcharnos. Voy a llevarte a tu casa, no es buena idea que lleves tu coche.
—Gracias, pero no es necesario.
—Sí que lo es, has bebido bastante y no estaría bien conducir en ese estado. No discutas, porque no voy a transigir.
—¿Te he dicho alguna vez que eres un mandón? —suelta de sopetón poniendo los ojos en blanco.
—Este año es la primera vez —responde poniendo una mano en su espalda mientras la acompaña a recoger su abrigo.
El trayecto está siendo muy tranquilo mientras van escuchando las canciones de Joaquín Sabina.
Cuando se ha detenido el coche en la puerta, Sara se da cuenta de un curioso detalle.
—¿Cómo sabías que vivo aquí? —pregunta girándose para mirarlo.
—Cuando algo me interesa —dice riendo al ver su cara de sorpresa—, busco toda la información. Recuerda que una noche apareciste en la puerta de mi ático y yo nunca te di la dirección —la reta mirándola significativamente.
— Touché.
—Espera —agarra su mano—, necesito que me contestes a una pregunta antes de marcharte, y quiero que seas sincera, porque si mientes me daré cuenta y eso diría muy poco en tu favor.
—Procura que no sea muy difícil porque estoy cansada, y me cuesta pensar —trata de sonar tranquila.
—Si yo no fuese el padre de Blanca, ¿habría alguna posibilidad de tener algo entre tú y yo?
—¿Qué quieres decir? —pregunta poniéndose muy roja.
—Sabes perfectamente lo que he querido decir, no pienso repetírtelo.
—Quedamos de acuerdo en que no volveríamos a hablar nunca más de lo que ocurrió —cuestiona sin atreverse a mirarlo.
—No te he preguntado eso; contesta sí o no —le dice en tono seco.
—Jamás tendríamos nada, fueras quien fueras. Eso es lo de menos. No me interesas —exclama girándose para enfrentarse a su mirada.
—No te creo —se queja sin soltarle la mano—, hay que estar ciego para no ver lo que nos pasó anoche.
—Eso solamente está en tu imaginación. Aquello no significó nada para mí —trata de sonar contundente—. Estoy convencida de que tienes mujeres de sobra para pasártelo bien, así que déjame en paz, porque yo no disfruté en absoluto.
—Estás mintiendo, y te lo voy a demostrar.
De pronto, la atrae haciéndola chocar contra su pecho, capturando su boca sin darle tiempo a reaccionar.
Él ha sabido el momento exacto en el que ella se ha rendido al beso, puesto que le ha soltado la mano para abrazarla con más intensidad y ella ha hecho lo propio pasándole la mano por el cuello mientras sus lenguas libran una dulce batalla, que ha terminado cuando Sara, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se ha apartado de él bruscamente jadeando.
—Para, por favor —ruega mientras lo mira con ojos brillantes—. Esto es un disparate. Tú y yo no podemos tener una aventura.
—Ya lo sé, anoche me juré no volver a repetirlo, pero acabo de traicionarnos a los dos. No sé qué me pasa contigo, pero no te voy a pedir que me perdones, me da exactamente igual si lo haces o no, porque eso no va a cambiar las cosas. Será mejor que lo dejemos así.
—Por favor, no vuelvas a besarme —reitera saliendo del coche a toda prisa.
Jaime espera a que ella entre en casa, y después pisa el acelerador mientras su cabeza es una olla exprés a punto de estallar
—¿Qué cojones tiene esa mujer que me atrae como un imán?
—gruñe entre dientes—, puedo tener mujeres con solo chasquear los dedos.
La única explicación lógica que encuentro, es que ella es una fruta prohibida, y por esa razón, la deseo todavía más.
Hoy ha sido la gota que ha colmado el vaso, con ese puto vestido que parecía una segunda piel, por no mencionar las condenadas pecas que me ponen cachondo.
Si Blanca se entera de lo que he hecho, ya puedo despedirme de la buena relación que tengo con ella.
Por no mencionar a Alberto, que seguramente me cortaría los huevos —continúa gruñendo y apretado la boca—, igual que haría yo si estuviera en su lugar, dicho sea de paso.
Antes de irse a Madrid, Jaime decidió llamarlo por teléfono para tomar una copa. Sentía la imperiosa necesidad de hablar con él lo antes posible. No quería esperar ni un minuto más.
Al final de la tarde se sintió satisfecho porque su plan iba a ponerse en marcha muy pronto, aunque ambos admitieron que era muy complicado.
Jaime le pidió que fuera muy discreto para no levantar sospechas, a pesar de saber que era poco probable que consiguieran lo que buscaban.
También quedaron en que se haría todo con absoluta confidencialidad.
Después de estrecharse la mano, cada uno se fue por su lado.
Sara entra en su casa, se quita el abrigo y sube corriendo a su habitación.
Después de respirar despacio para intentar que su corazón deje de latir frenéticamente, se sienta en un rincón y trata de aferrarse a lo que todavía le impide seguir adelante.
Abre ese pequeño frasco, cierra los ojos y al inspirar, vuelve a sentir que Yago sigue a su lado.
Ese olor logra alejarla de todo y de todos, a ese bosque imaginario donde ella siempre encuentra paz.
Sara le confesó a su marido, que el olor de su colonia la cautivó desde la primera vez que lo vio.
Él, por su parte, le contó que lo descubrió por casualidad en un viaje que hizo a Pekín, y desde entonces, esa esencia era la única que le gustaba.
También le contó, que, en la cultura de aquel país, a ese aroma se le atribuían, entre otras propiedades, la de despertar nuestros sentidos para ver el aspecto positivo de la vida, e incluso para alejar los malos espíritus.
Lo más asombroso de esa planta era que, al sembrar su semilla, esta tardaba, nada más y nada menos que seis años en germinar, y durante ese tiempo sus raíces se iban afianzando poco apoco a la tierra, haciéndola increíblemente fuerte.
Ahora más que nunca, debe ser honesta consigo misma y reconocer que, entre Jaime y ella ha surgido algo peligroso que debe atajarlo inmediatamente.
Por eso, después de meditarlo durante unos minutos, ha cerrado el frasco por última vez, le ha dado un beso, y lo ha guardado junto a todas las fotografías y algunos recuerdos que tiene en una caja en lo alto de su armario.
Es consciente de que, en este momento, no sería honrado por su parte mezclar el aroma de dos hombres.
Tras la muerte de Yago hubo varias situaciones que hicieron más traumática su pérdida.