La esencia del bambú Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

—Entonces, será mejor que nos traiga una botella para los tres —sugiere mostrando una sonrisa a las dos mujeres.

Cuando llega Sara a la mesa los encuentra charlando animadamente, pero no se le ha escapado la mirada de censura que le ha lanzado su amiga.

—Bueno —dice quitándose el abrigo—, ya soy toda vuestra. Me he tomado la libertad de pedirle al chef que nos sirva la comida a su gusto. Ahora vendrán a retirar el cubierto que…

—Perdón, no es necesario, al final he podido llegar a tiempo. —Sonríe seductor poniendo una mano en su hombro a modo de saludo.

A Sara le ha recorrido un escalofrío por la columna e incluso ha estado a punto de llevarse los dedos a los labios, gesto que Jaime ha cazado al vuelo.

—Ah, creía que no ibas a venir —menciona tratando de que no le tiemble la voz.

—He hecho lo imposible por estar aquí como me pediste. No quería ser descortés.

—Si no hubieras venido, no te lo habría tomado en cuenta, sé sobradamente que eres un caballero —comenta en tono tenso.

—Gracias por recordármelo continuamente —contesta sonriendo.

Sus amigas están siguiendo la conversación como si se tratara de un partido de tenis.

—Ahora que estamos todos, voy a presentaros: él es Jaime, el padre de Blanca, y ellas son mis amigas, Sindy y Rocío. —Lo saludan encantadas— Y él es Álvaro, supongo que lo recuerdas.

—Sí, nos vimos en el aeropuerto la última vez —añade estrechando su mano—. Agradezco el detalle que tuviste la otra noche con mi amigo, quedó encantado, muchas gracias.

—Fue un placer hacerle un favor a Sara. La quiero muchísimo, por eso cuando me pidió algunos cuadros, no lo dudé ni un segundo. —remarca sonriendo—. Por cierto, recuerdo que también coincidimos en el club de Marbella hace unos meses, aunque no fuimos presentados en aquella ocasión.

—Ah, pues no lo recuerdo. —Mentira, sí que lo recordaba, y también el beso que le dio a Sara en la boca. Pero mejor no mencionarlo.

El momento podría parecer de lo más normal, pero nada más lejos de la realidad, ya que la tensión en la mesa es palpable. Los minutos pasan y todos se miran disimuladamente, mientras cada uno intenta adivinar qué están pensando los demás.

—Ya teníamos ganas de conocerte —interviene Sindy de forma “inocente”—. Sara nos habla continuamente de lo bien que lo pasáis juntos.

Sara acaba de atragantarse con el vino y Jaime ha reaccionado rápidamente dándole unos golpecitos en la espalda. Tras el incidente, no se ha molestado en apartar la mano, pues se le ha quedado pegada como un imán.

—¿Os lo cuenta todo? Vaya, eso no me lo esperaba. Pero me alegra saber que no os ha dicho ninguna mentira. —Sigue con la mano en su espalda, mientras empieza a moverla arriba y abajo notando la suavidad de su piel. Sabe que no debería hacerlo, pero es un placer tan grande que no puede parar.

—Por favor, disculpadme —se excusa levantándose de golpe, algo nerviosa—.  Tengo que ir un momento a recepción para comprobar si han gestionado bien un problema, que ha surgido esta mañana con un cliente.

Ha salido del comedor como si le quemara la espalda, porque de haber seguido un minuto más, seguramente le habría salido humo.

«¿Cómo puede ser tan descarado?», se pregunta mentalmente. «No puede comportarse así, y menos delante de mis amigas. ¿Qué habría pasado si alguna de ellas se hubiera dado cuenta? Uf, no lo quiero ni imaginar».

Después de echarse un poco de agua en el cuello para calmar los nervios se dispone a salir del baño más tranquila, aunque al abrir la puerta se topa de frente con su amiga Sindy.

—Ah, estabas aquí —dice sonriendo con malicia—.

He ido a recepción y no sabían nada de ti, por eso me he imaginado que estarías escondida.

Reconozco que, al principio, me ha cabreado muchísimo que hayas invitado a Álvaro sin avisarme.

En cambio, al ver que también has invitado a Jaime, te he perdonado.

Ha sido una jugada maestra, lástima que no hubiera un candidato para Rocío.

—No lo he hecho con ninguna doble intención —cuenta tratando de defenderse—. Ha sido un cúmulo de casualidades.

—Mira, Sara —aclara sonriendo de medio lado—, las cosas en la vida no pasan por casualidad. Y antes de que termine esta comida voy a averiguar por qué le has invitado.

—He invitado a Álvaro porque me hizo un gran favor dejándome alguna de sus obras.

—No me refiero a ese hombre —enfatiza las dos últimas palabras—, sino al que te estaba acariciando la espalda.

—Eso no ha sido así —protesta apretando los puños—. Tú ves visiones. Anda, será mejor que volvamos al comedor.

—De acuerdo, pero que sepas que esto no va a quedar así —insinúa pícara saliendo por la puerta.

El resto de la velada ha mejorado considerablemente.

En un principio parecía que la tensión no iba a disminuir, aunque después de todo, están disfrutando de una agradable comida.

Álvaro les ha contado las próximas exposiciones que tiene previstas en Nueva York y Japón, y Rocío y Jaime han estado hablando sobre temas legales referentes a gastos extras de sus “mellis”.