Capítulo 20 #2
Sin darle tiempo a que ella responda, Jaime le rodea con los brazos la cintura, y atrapando sus labios de forma comedida comienza a besarla. Al no recibir ningún rechazo por parte de ella, sigue profundizando el beso de forma más posesiva.
Nunca hubiera imaginado que esa mujer pudiera afectarle tanto.
Poco a poco, su boca empieza a recorrerle la cara y el cuello, mientras escucha maravillado la respiración agitada de Sara.
Por fin ha hecho realidad su fantasía de recorrer con la lengua, entre besos y pequeños mordiscos, esas pecas que lo vuelven loco desde hace tiempo. Ahora ya puede quedarse tranquilo.
Sara, por su parte, siente que se está lanzando por un tobogán, tan alto que da vértigo; tan intenso que no la deja pensar con claridad. Ha sentido una explosión, la cual ha invadido todas las partes de su cuerpo, incluso aquellas que hacía mucho tiempo creía muertas.
De pronto, reúne el valor suficiente para apartarlo de un empujón.
—¿¡Qué has hecho!? —grita respirando agitadamente—. Estás completamente loco, esta vez has llegado demasiado lejos. Entiendo que te guste hacerme cabrear, pero hoy te has pasado de la raya.
—Te aseguro que no lo he hecho con esa intención —responde mientras trata de recomponerse.
—Pues has cometido un grave error, será mejor que te marches —lo acusa mirándolo aturdida.
—Estoy de acuerdo contigo, ha sido un error. Lo siento, he sentido un impulso irracional. De hecho, si mañana no quieres que venga a comer, lo entenderé perfectamente. —Agarra su chaqueta de malos modos, y sale por la puerta sin esperar a que ella responda.
Ahora Jaime se siente peor. Creía que al besar a esa mujer saciaría su deseo, y de esa forma se quedaría tranquilo.
Pero la realidad ha sido más cruel, porque el demonio que lleva dentro ha decidido que quiere mucho más, y ahora siente la imperiosa necesidad de comprobar, si el resto de su cuerpo es tan apetecible cómo lo ha sido su boca y el hueco de su cuello.
Sin embargo, debe olvidar lo que ha pasado, ya que esa mujer es la madre de Alberto, y su hija no lo perdonaría jamás si se enterase de que había intentado seducir a la madre de su novio.
Sara, por su parte, se ha quedado temblando sin atreverse a contestar a su comentario cuando lo ha visto salir.
Muy despacio posa los dedos temblorosos sobre sus labios mientras trata de ordenar sus pensamientos.
Reconoce que se ha sorprendido al sentir la presión de su boca, pues no esperaba que al profundizar ese beso le ha hecho sentir viva un instante.
Aun así, prefiere no ponerle nombre, puesto que no va a volver a suceder.
Sin embargo, lo que más le ha afectado, ha sido el hecho de no haber tratado de detenerlo a tiempo, aun sabiendo de antemano que eso iba a suceder.
A pesar de saber que no había hecho lo correcto, no se siente culpable, y esa realidad le ha golpeado en su conciencia, porque Yago no merecía su traición.
Ha sido una noche muy larga donde el sueño ha llegado prácticamente al amanecer, por eso las ojeras le han dado los buenos días cuando se ha mirado en el espejo.
En vez de darse una ducha, decide correr un rato por la playa para despejarse, y de paso, plantearse por enésima vez, cuál va a ser la forma más sensata de abordar el tema de lo sucedido con Jaime.
Porque fingir que no había pasado nada, no era una opción; era más bien una forma de ignorar algo muy serio, y ambos debían tener muy claro que jamás debía repetirse algo así.
Después de una larga ducha, tras haber corrido seis kilómetros en los cuales no ha podido dejar de comparar el beso de Antonio, el cual no le había hecho sentir nada, con el beso de Jaime, que le había hecho sentir demasiado, ha decidido no conceder ni un minuto más a seguir torturándose.
Es una mujer adulta y lo ocurrido había sido un desliz, punto final.
Así, con fuerzas renovadas se ha puesto delante del espejo con el vestido verde, pues quiere que sus amigas vean que les ha hecho caso.
También decide dejarse el pelo suelto; ahora que lo lleva un poco más corto, no le apetece recogérselo.
Se maquilla para disimular las ojeras, se pinta los labios color cereza y los ojos en un verde muy suave.
Con un abrigo marrón claro y unos zapatos dorados a juego con el bolso se va al hotel donde le esperan sus amigas y Álvaro, puesto que duda mucho que Jaime aparezca después de salir corriendo la noche anterior.
—Hola chicas, Feliz Año Nuevo —saluda mientras le da dos besos a cada una—. Os acompaño a nuestra mesa, y a continuación os dejo un momento para ver si todo está en orden. Luego ya me contareis que tal fue la noche. Ahora os mando a un camarero para que os ponga algo de beber.
—Muy bien, no te preocupes por nosotras, tómate el tiempo que necesites. ¿Por qué hay cinco cubiertos? —pregunta Rocío desconcertada.
—¿Hay algo que no nos hayas contado? —indaga la otra amiga entornando los ojos.
—En cuanto vuelva os lo explicaré todo. —«Bueno, todo no», piensa sonriente—. Sobra un cubierto, pero después hablamos.
—Rocío, me parece que Sara nos va a endosar algún compromiso de última hora, recuerdo que no nos dijo nada cuando nos invitó.
—Espero que no sean muy repipis, con tantos tenedores y cuchillos me temo que voy a hacer el ridículo —comenta mirando la mesa.
—Hola —escucha Sindy a su espalda—, he llegado a tiempo. Feliz Año Nuevo.
—Hola, Álvaro, qué casualidad —lo saluda Rocío levantándose para darle dos besos.
—¿Vas a comer con nosotras? —pregunta Sindy desconcertada.
—Sí, Sara me invitó el otro día, pero me dijo que no os iba a decir nada, quería daros una sorpresa —cuenta mientras le da un beso muy cerca de la boca.
—Pues sí que ha sido una sorpresa. Ahora falta saber quién va a ocupar la otra silla.
—Vamos a pedir algo de beber —indica Rocío mirando al camarero que se acerca—, una copita de vino blanco no estaría mal.
—Yo quiero lo mismo que Rocío.