La esencia del bambú Capítulo 20
48%

Capítulo 20

Es treinta y uno de diciembre, y Sara se ha levantado temprano para ir a la peluquería, después de pensárselo muy bien, ha decidido cortarse un poco la melena.

Se toma un café y unas tostadas, mientras habla por teléfono con la jefa de personal para comentarle que hoy llegará más tarde.

Tras ello, llama a Sindy para decirle que pasará en una hora a recogerla para ir juntas a la peluquería.

Cuando deja toda la casa arreglada, saca su coche del garaje y pone la canción Bandido de Azúcar Moreno a todo volumen. La tararea contenta mientras unos ojos del color del hielo ocupan su mente.

—No se te ocurra emborrachar a Rocío esta noche.

—Sara, ¿por quién me tomas?  —la amonesta, mirándose las uñas recién pintadas—. Vamos a cenar en casa de sus padres.

—Sí, pero después os vais a una sala de fiestas. Ahí es donde empieza el problema.

—No te preocupes, me portaré bien con ella —contesta con mirada inocente—. Mañana le preguntas y verás como no le he presentado a ningún amigo. Después, si se enfada contigo por habérmelo prohibido, allá tú.

—Tampoco es necesario que hagas eso, no es una niña que no sepa defenderse.

—Sé lo que quieres decir, crees que los hombres van a pensar que ella es igual de desinhibida que yo por el simple hecho de ir juntas.

—Yo no he querido decir semejante barbaridad —se defiende—. Simplemente, me preocupa que, ahora que quiere buscar novio —explica mirando su nuevo color de uñas—, algún sinvergüenza se aproveche de la situación.

—Ah, si es por eso no te agobies, que yo la vigilaré de cerca. Pero tampoco le vendría mal una noche loca —dice entrecerrando los ojos—, y a ti tampoco. Sé perfectamente que candidatos no te faltan, así que no estaría demás que te dieras un homenaje.

—No me apetece, y tampoco tengo ningún interés en pasar la noche con un hombre.

—Ni siquiera lo has intentado, ya va siendo hora de que te dejes llevar por una vez.  No te estoy diciendo que te cases, simplemente darle una alegría al cuerpo, que no viene mal de vez en cuando. Seguro que ya no te acuerdas de lo que se siente cuando te dan un buen.

—Agradezco tu interés —la detiene alzando las manos—, además, estás consiguiendo que me sofoque. Vamos a cambiar de conversación porque alguien puede oírnos. ¿Tomamos algo ligero antes de irme a trabajar?

—Vale, hoy he dado el día libre a todos. No creo que nadie venga a comprar ninguna vivienda, así que no tengo nada mejor que hacer hasta la hora de ir a casa de los padres de Rocío. Pero quiero que tengas en cuenta lo que te he dicho antes.

A media tarde llega al hotel dando órdenes a diestro y siniestro. Cuando comprueba que está todo bien, se encierra en su despacho para hablar con sus padres antes de que acabe el año.

Después de pensárselo durante un buen rato decide llamar también a Jaime.

—Hola, simplemente te llamaba para… —No sabía exactamente para qué, ya que se le había quedado la mente bloqueada—, para ver si habías hablado con Blanca.

—Sí, por lo visto los dos están pasándolo muy bien —comenta sorprendido por la llamada—. Y tú, ¿qué tal llevas eso de trabajar hoy y mañana?

—Bueno, no me voy a aburrir; primero cenaré temprano con los responsables de cada sección, y después de recibir personalmente a algunos de los invitados que vayan llegando, me quedaré en mi despacho trabajando hasta las dos de la madrugada, más o menos.

Luego, si todo va bien, me iré a casa a descansar.

—Suena muy divertido —bromea riendo.

—Para morirse de risa —dice siguiendo la broma—. Y tú, ¿dónde vas a cenar?, ¿has decidido ir con tus amigos?

—Sí, no he podido escaparme. Mañana en cambio, sí que voy a quedarme en casa. Le he pedido a Alicia que me deje algo preparado antes de que se vaya unos días con su familia.

—¿Te apetece venir a comer? He invitado a unas amigas y a Álvaro —se lo pregunta muy deprisa para no arrepentirse.

—No quiero que lo hagas porque sientas lástima de ver que voy a estar solo —se queja fingiendo ofenderse.

—¿Por qué piensas esa tontería?

—Eso es toda una novedad. —Ella se da cuenta demasiado tarde—. Si te apetece es porque no te caigo tan mal como siempre das a entender.

—Eres un presumido. Lo hago simplemente, porque…

—Lo haces porque sí —la corta—. No hace falta que te justifiques.

Tres horas más tarde llega a la conclusión de que ha sido un error invitarlo a comer, ya que sus amigas no le van a dar tregua. Pero en el fondo lo ha hecho porque Blanca y Alberto se van a poner muy contentos cuando se enteren, y así van a ver que se llevan muy bien.

Han cenado un menú exquisito y después se han tomado las doce uvas entre risas, a pesar de que aún faltan cuatro horas para las doce.

Seguidamente, ha felicitado a todos los empleados del hotel, y se ha ido a la recepción para ir dando la bienvenida a los clientes que están empezando a llegar para la cena.

Cuando ya estaban todos en el comedor, se ha ido a su despacho para hablar con Alberto tranquilamente.

—Hola, mamá , ¿te está explotando tu jefa?, dímelo y enseguida la llamo para ponerle una demanda —bromea en tono cordial—. No dejes que se aproveche de ti.

— No te preocupes, la conozco lo suficiente para saber cómo tengo que hacerle la pelota para que me trate bien.

— Me alegra saber que la tienes en el bolsillo. ¿Has cenado ya?

—Sí, y también hemos tomado las uvas —dice riendo—. Hemos hecho el simulacro de las doce campanadas.

—Entonces… ¡Feliz Año Nuevo! —exclaman Blanca y Alberto a la vez.

—Igualmente —contesta consiguiendo aguantar las lágrimas, mientras hablan un rato los tres.

—Lo siento, tenemos que dejarte porque nos están esperando. Mañana te llamamos para hablar con más tiempo. Adiós, “ reina mora”.

—En ese caso no os quiero entretener, hasta pronto, “pequeño héroe”.

Para ocupar su tiempo, decide ir preparando las nuevas tarifas del próximo año.

Lleva algo más de dos horas inmersa entre facturas cuando le llama por teléfono la jefa de recepción, para informarle de que ha venido alguien que quiere hablar con ella.

Cuando le ha dicho de quién se trata, se ha quedado sin saber qué decir.

Tras reponerse de la sorpresa le ha pedido que le deje pasar.

—Jaime, ¿qué te trae por aquí a estas horas? —dice intentando sonar tranquila, aunque a él no ha conseguido engañarlo porque ha notado el desconcierto en sus ojos—. Creía que ibas a cenar con tus amigos.

—He cenado con ellos, y ahora me dispongo a terminar el año contigo. —Ella abre los ojos como platos—. ¿Tienes algún inconveniente?

—Eh, bueno —carraspea aclarándose la garganta—, ahora estoy trabajando.

—Supongo que puedes parar un rato para tomarte las uvas —comenta mirándola fijamente mientras se acerca a ella.

—Ya las tomamos en Manhattan —lo informa dando un paso atrás—. No es necesario repetir.

—Pero esas no cuentan —asegura ignorando el último comentario y mostrándole una bolsa—. Aquí he traído champán y las uvas. Anda, pide que nos traigan un par de copas.

Sara está poniéndose muy roja, pero decide hacerle caso sin pararse a pensar en lo surrealista de la situación. Ni en un millón de años se habría imaginado, que Jaime aparecería por esa puerta dispuesto a pasar la última hora del año con ella.

Va vestido con esmoquin negro, camisa blanca y pajarita negra. «Todo un lujo para la vista si no fuera el padre de la novia de mi hijo», piensa mientras intenta, sin mucho éxito, no mirarlo a los ojos.

De repente, se ha sentido fuera de lugar, porque ella va vestida con una falda de tubo negra y una camisa azul claro.

Jaime ha adivinado lo que ella está pensando, y enseguida se ha quitado la chaqueta y la pajarita para hacerla sentirse mejor.

Cuando acabó de cenar con sus amigos, les dijo que tenía otro compromiso y salió prácticamente corriendo, ya que en su mente no tenía otra idea más que ir a pasar las últimas horas de la noche junto a esa mujer.

No se ha querido engañar en ningún momento, pues tiene claro que necesita hacer algo que lleva varios días pensando, y ha decidido que esta noche es la indicada.

—Apenas faltan cinco minutos para que termine el año.

—Sí, y hoy vuelves a ser la Cenicienta. Espero que no salgas corriendo cuando den las doce y pierdas un zapato por el camino —bromea sin quitarle la vista ni un momento.

—De ser así, el que se tiene que ir en cuanto acaben de sonar, eres tú. Recuerda que yo estoy aquí trabajando —sugiere divertida tratando de poner orden en su mesa para tener las manos ocupadas.

—¿Puedes parar quieta un momento?

—¿Te he dicho alguna vez que eres un mandón? —se queja girándose para mirarlo.

En ese instante se ha dado cuenta del error que ha cometido, puesto que no estaba preparada para enfrentarse a esos ojos que la miraban como un depredador a punto de atacar.

—No deberías haber venido.

—Dudo que pienses eso. Me ofende que prefieras estar sola, pero si ese es tu deseo, solamente tienes que pedírmelo y me iré. —No pensaba hacerlo, pero ella no tenía por qué saberlo.

—No, quédate —concede ofreciéndole la botella de champán para poner distancia entre ambos—. Vamos a brindar por el Año Nuevo. Espero que las uvas que has traído no sean muy grandes.

—Tranquila, no hace falta que las tomemos deprisa, podemos hacerlo lentamente —la provoca sin dejar de mirar esas pecas que hoy pensaba lamer sin más demora—. Relájate, por favor.

Sin apartar la vista de ella ni un milímetro, descorcha la botella y llena las dos copas, mientras se escuchan de fondo los gritos de la gente celebrando la entrada del Año Nuevo.

—Vaya, hemos llegado tarde a comernos las uvas —dice ofreciéndole una copa—. En ese caso, brindemos por el comienzo del nuevo año.

—Sí, eso parece —susurra acercándose la copa a los labios, algo nerviosa, y bebiéndosela de un solo trago.

—Te deseo —anuncia quitándole la copa para dejarla sobre la mesa— un feliz Año Nuevo.