Capítulo 19
Cuando llegan al aeropuerto de Málaga tres días después, Rocío las está esperando.
—Hola. ¡Feliz Navidad, chicas! —Le da dos besos a cada una—. Ya tenía ganas de veros.
—Nosotras también te hemos echado un poco de menos.
—Sindy, me halagas, pero seguro que no os habéis acordado de mí.
—¿Cómo qué no? Mira qué regalos te hemos traído. —Alza una bolsa—. Nos duele muchísimo que pienses que nos hemos divertido como locas sin pensar en nuestra amiga favorita.
—Esos regalos seguro que son de tus padres. —Mira a Sara.
—Sí, pero también hay algo más que hemos comprado nosotras por nuestra cuenta.
—Entonces me callo para no seguir metiendo la pata —sugiere y acaban riendo las tres.
—Vamos a por el coche y os dejo a cada una en vuestra casa mientras me vais contando qué tal lo habéis pasado. Ya veré los regalos después.
Al llegar a casa, lo primero que hace es subir a su habitación.
Se sienta en un rincón para inspirar un momento, y así dejar que los recuerdos vuelvan.
Había pasado años encerrada en sí misma, ocupándose de su hijo y trabajando sin descanso, bloqueando así todo lo demás.
Ahora iba abriéndose al mundo avanzando poco a poco.
Ha recordado un instante todas las Navidades que pasó junto a su marido y las últimas que ha pasado sin él, ahora el dolor ha dado paso a la resignación y a la aceptación. Tiene que ser coherente y ver que la vida sigue sin detenerse, no puede seguir permitiendo que ese hecho defina su vida.
Hace tiempo, se propuso luchar con uñas y dientes para que a Alberto no le influyera todo lo que ocurrió, y eso también la debía incluir a ella.
Se levanta de un salto, y con esa determinación, decide llamar a su hijo para comunicarle que ya está en casa, y de paso, preguntarle, cómo lo están pasando en aquel rancho al otro lado del mundo.
Por la mañana, a pesar de estar muy cansada, madruga para ir un rato al gimnasio antes de ir al trabajo.
—Hola, gracias por los regalos, los he envuelto otra vez y los he dejado debajo del árbol para destaparlos la noche de Reyes —dice Rocío muy contenta.
—Pues va a dar asco estar en tu salón con el olor a queso.
—Sindy qué bruta eres, los quesos están en el frigorífico —añade riendo—. Me refiero a los otros.
—Ah, es que de ti me lo puedo creer todo.
—Cambiando de tema: Sara, ¿cómo se supone que tenemos que ir vestidas para comer?
—Eso iba a preguntarte yo también—añade Sindy.
—Como os dé la gana —contesta restándole importancia con la mano.
—Ya, pero a mí me gustaría saber cómo va la gente ese día. No quiero ir ni más ni menos que las demás mujeres. Vamos, que no quiero llamar la atención.
—La gente suele ir muy arreglada, pero nadie lleva traje largo porque se trata de una comida.
—Yo ya sé lo que me voy a poner. Me he comprado un traje de pantalón y chaqueta de raso en color gris con una blusa de color rosa —dice Sindy mientras levanta pesas.
—En ese caso, me pondré el vestido azul que llevé para la boda de mi hermano. Es muy elegante y solamente me lo puse esa vez. Dudo que coincida en la comida con algún invitado de la boda —declara riendo.
—Pues yo aún no he decidido que me pondré ese día.
—Con el armario de ropa que tienes —añade Rocío—, no creo que tengas ningún problema a la hora de elegir modelito .
—No es eso, es que todavía no me he parado a pensar en la comida; tengo tanto lío antes de que llegue ese día —comenta bebiendo agua—. Eso no me preocupa, cuando llegue el momento lo sabré.
—Recuerdo aquel vestido que te compraste y todavía no has encontrado la ocasión de estrenarlo.
—¿Te refieres a ese que te empeñaste en decir que era el modelo perfecto para mí, mientras yo sigo pensando que es un poco descarado? Sindy, no sé en qué estaba pensando cuando me convenciste.
—Ah, ya lo recuerdo —interviene Rocío—. Es ese vestido verde ajustado con falda de raso, y la parte de arriba de encaje con la espalda al aire.
—Sus amigas asienten—. Por favor, ponte ese vestido y empieza el año con tus amigas como Dios manda.
Vamos a ver si algún ricachón de esos, se fija en nosotras —bromea moviendo las cejas—.
Estamos para entrar a vivir, y nadie se ha dado cuenta.
—No creo que me atreva ese día, en mi trabajo suelo llevar ropa muy formal y ese vestido es muy llamativo.
—¿Te estás escuchando? Ese vestido es precioso. No es nada vulgar, no seas mojigata.
—Sindy, cuando llegue el momento, me lo pensaré.
Después de pasar por una pastelería, ha decidido ir a visitar a la madre de Antonio para que no le pregunte constantemente por ella.
—Me alegra que hayas venido —le dice Antonio cuando le abre la puerta— espero que así se quede tranquila. No sabes la lata que le da a la chica que viene a atenderla por las mañanas, la pobre tiene la gloria ganada con ella.
—Ah, qué bien te va a venir tener un poco de ayuda.
—Ha sido una batalla con mi madre, pero al final la pude convencer. Y la verdad, está resultando mejor de lo que esperaba.
—Hola doña Adela, cuanto me alegro de volver a verla —exclama entrando al comedor—, le he traído sus dulces favoritos.
—Hola, hija mía, ya era hora de que volvieras del viaje. Me dijo mi hijo que estabas pasando unos días con tu familia —afirma apretando la boca—, que sepas que esta también es tu familia y hace mucho que nos tienes desatendidos.
—Ahora ya está aquí y tienes que hablarle bien, si no ya no vendrá más —la regaña su hijo.
—Cada día que pasa estoy más enfadada contigo, porque no sé a qué esperas para venirte a vivir aquí con nosotros. Esta chica que viene no tendría que hacerlo si tú estuvieras donde te corresponde.
—Doña Adela, no quiero que se enfade conmigo. Yo vengo siempre que puedo —explica en tono conciliador—, y estoy muy contenta de ver que está atendida.
—No es lo mismo —la corta—, la que tendría que estar aquí eres tú.
—Me gustaría que siguiéramos siendo amigas —ignora sus comentarios—, yo intentaré venir cada vez que el trabajo me lo permita.
—Mamá, ya la has oído, no queremos que te enfades.
—Pues sí que estoy enfadada —agrega en tono seco—. Me siento engañada.
—Bueno, Sara tiene que marcharse porque se está haciendo tarde.
—Sí, es verdad —confirma mirando el reloj—, tengo que irme ya. Otro día pasaré a visitarla.
Levantándose apresuradamente y prometiendo volver más adelante, sale a la calle.
—Antonio, antes de nada, no te preocupes, puesto que no le tengo en cuenta a tu madre las cosas que dice.
—Me quitas un peso de encima. Aunque me siento en la obligación de pedirte que no vengas más a verla. No quiero que te lo tomes a mal, pero cada vez que te ve, se pone más maniática y nerviosa. Necesito que lo comprendas —le confiesa realmente afectado.
—Te comprendo perfectamente. —Sonríe para tranquilizarlo—. A decir verdad, yo también iba a proponértelo.
—Gracias, no sabes el alivio que supone para mí que seas tan empática. La chica que he buscado está conectando muy bien con ella, por eso, poco a poco, voy a contratarla más horas.
—Eso también es bueno para ti, sobre todo, cuando tienes que pasar muchas horas fuera de casa.
—Sí, no imaginas la tranquilidad que me supone saber que no está sola tanto tiempo.
—Me alegro de que por ese lado las cosas estén mejor —agrega en tono amable—, ahora me tengo que ir.
—Qué pena que siempre tengas tanta prisa —confiesa acercándose—, cuando hablo contigo el tiempo pasa volando.
La situación se ha vuelto un poco violenta, por eso Sara ha decidido terminar cuanto antes para no herirlo.
—Ahora que tienes ayuda en casa, deberías plantearte eso que te dije.
—Si te refieres a que me busque una novia —hace comillas con los dedos— pierdes el tiempo. Ya sabes lo que siento por ti. Te dije que esperaría lo que hiciera falta.
—No me gusta que hables así, debes asumir de una vez que yo no soy esa mujer.
—¿Cómo lo sabes? Ni siquiera te has dado la oportunidad, eres muy joven para cerrarte a la posibilidad de empezar una nueva relación —alega acercándose a ella más de lo necesario—. Dame una razón para que no podamos intentarlo.
—Simplemente, mi corazón se fue con él —responde tratando de alejarse sin conseguirlo.
—Voy a demostrarte que aún lo tienes y, además, sigue latiendo. —La besa en la boca antes de que a ella le dé tiempo a reaccionar.
—¿Qué haces? —grita apartándolo muy sorprendida—. No deberías haber hecho eso.
—Siento mucho si te he ofendido, pero quiero que entiendas que ya es hora de que pases página.
—La he pasado ya, y te aseguro, que eso no cambia lo que siento por ti. Debería quedarte claro de una vez, que tú y yo nunca vamos a ser pareja. Por favor, no te ofendas. Eres una persona muy importante para mí, pero de ahí a estar enamorada, hay un abismo.
—Me duele que no quieras intentarlo conmigo, estoy seguro de que te haría muy feliz.
—Y no lo dudo —tercia tratando de hablarle con calma—, pero yo no podría hacerte feliz, puesto que no estoy enamorada de ti, y al final perderíamos esta bonita amistad que tenemos ahora. Eso es algo que no quiero que suceda.
—Y no la vas a perder, eres muy especial para mí, Sara. Perdóname si he ido demasiado lejos —le dice realmente arrepentido.
—Vamos a olvidar lo que ha pasado. Ahora es mejor que me vaya —aclara subiendo al coche.
—Debería darme cabezazos contra la pared —murmura mientras la ve alejarse.
— Ahora la he asustado con el puto beso y dudo que quiera volver a verme.
No sé lo que me ha detenido para no contarle la verdad.
¿Cómo puedo hacerle entender que yo valgo mil veces más que el cabrón de su marido, sin hacerle daño?
¿Cómo podía ese impostor tenerla tan engañada?
Ahora entiendo cuando dicen que el amor es ciego, porque ella nunca vio que su marido, además de ser un ladrón, se acostaba con otras mujeres.
Cuando llega a su casa aún no se ha repuesto por el mal trago que ha pasado con Antonio. Sabía que él sentía algo por ella, aun así, no se esperaba que la besara. Ahora más que nunca debe poner distancia, ya que no quiere hacerlo sufrir, y a su madre tampoco.