Capítulo 18 #3
—Por eso nos retiramos ya a descansar —señala a su amiga—, ahora no vas a echarte atrás. Esos dos nos van a hacer mañana la comida, como que me llamo Sara Guzmán.
Los padres de Sara están muy contentos de ver juntos a sus tres hijos. Hacía tanto tiempo que no los escuchaba reír, que les ha dado pena lo rápido que ha pasado la velada.
El día de Navidad, están en el comedor riendo a carcajadas mientras Rodrigo y Nicolás preparan la comida.
—¿Puedo ayudarles, aunque sea un poquito?
—Mamá, una apuesta es una apuesta —dice sin parar de reír—. Estamos dispuestas a comer un huevo frito si es necesario, pero han perdido y eso es lo que les toca.
—Hija, no seas tan dura, por favor, hacía tanto tiempo que no estábamos en familia —demanda en tono suplicante—. Creo que ya los habéis humillado suficiente.
—Tu madre tiene razón —dice su padre riendo—, son dos negados para la cocina y nos tememos que la comida va a ser un desastre. Anda hija, deja a tu madre que les eche una mano.
—Papá, si los hubierais visto esta mañana antes de empezar la carrera la guasa que tenían con nosotras, no dirías lo mismo. Sindy, diles a mis padres cómo se reían de nosotras.
—He de ser sincera y deciros que se han presentado soltando frases como: “Cuando lleguemos os escribiremos una carta”, o también: “Podéis salir diez minutos antes, para ver si llegáis a la hora de comer”. O también…
—Vale vale, ya me hago una idea —dice Selmo alzando las manos—. Se han pasado de listos, y ahora vamos a pagar todos las consecuencias.
—Mamá, te dejamos que vayas a asesorarles un poco, pero nada de ponerte tú a cocinar. Entiendo que vosotros no tenéis la culpa, aun así, ellos apostaron y han perdido.
—Iré a ver qué están haciendo sin interferir más de lo necesario. Gracias por ser tan comprensiva —añade riendo mientras sale prácticamente corriendo.
Sara y Sindy les han preparado una sorpresa a los perdedores, y están deseando sentarse a comer para reírse un rato más a costa de ellos.
—¿Cuánto queda para la comida?
—Sara, no seas impaciente, en diez minutos ya estará lista —dice su madre cuando vuelve.
—Vamos a dejarles el regalito —sugiere a su amiga en voz baja—, ahora que mis padres no se dan cuenta.
—De acuerdo. —Sonríe divertida, poniendo dos botellas de agua con una pegatina en la que han escrito en letras grandes la palabra OXÍGENO en color rojo.
—Bueno, ya podemos sentarnos a comer —menciona Rodrigo entrando con bandejas de canapés—. Ahora viene Nicolás con el resto.
—Ya veréis qué pescado a la brasa tan rico me ha salido —afirma Nicolás con orgullo—. Mamá no me ha ayudado casi nada.
La cara de ambos es un poema cuando han visto las botellas en la mesa, y agradecen mentalmente que los niños hoy no estén, porque si no, serían más risas a costa de los perdedores.
—Muy graciosas —dice Rodrigo con desagrado—. No queremos confesaros que os hemos dejado ganar porque somos dos caballeros.
Sara ha dejado de reír al escuchar esa palabra, de hecho, su corazón ha empezado a latir de forma acelerada. De pronto como si hubiera sido invocado, el teléfono ha empezado a sonar en su bolsillo.
—Ahora vuelvo, tengo que atender esta llamada —comenta saliendo a toda prisa.
—Hola, Feliz Navidad —responde Jaime con voz profunda.
—Gracias, igualmente —contesta algo cortada.
—Estaba haciendo tiempo por si todavía no te habías levantado, no quería despertarte.
—Hace muchas horas que estoy levantada. Esta mañana nos hemos ido muy temprano a correr por la playa, mis hermanos, mi amiga y yo. Hemos decidido hacer una carrera —no entendía por qué le estaba dando tantas explicaciones y de forma tan acelerada—, y tengo que decirte que hemos ganado nosotras.
—Eso suena muy bien, espero que algún día me des la oportunidad de retarte.
—No creo que se dé la ocasión.
—¿Acaso temes perder? Te creía más competitiva.
—No tiene nada que ver —suelta en tono airado—. Simplemente no creo que coincidamos jamás tú y yo en la playa.
—Nunca se sabe. Parece que estás muy segura —indica empezando a divertirse—. La vida da muchas vueltas y estoy convencido de que algún día coincidiremos en la playa al amanecer, y entonces veremos quién gana.
—Ya te he dicho que eso no pasará jamás. Bueno, siento no poder seguir hablando, me están esperando para comer. Gracias por llamar. —No entendía por qué ahora le daba las gracias otra vez, si la estaba haciendo rabiar, por lo que se regañó mentalmente.
—Gracias a ti, por el rato tan agradable que me has hecho pasar. Ah, y no olvides que tenemos una carrera pendiente —la reta cortando la llamada con una dulce sonrisa.
Al principio ha dudado en llamarla, pero al final ha decidido hacerlo y se ha sentido realmente bien, ya que hacerla rabiar le causa una satisfacción muy grande. Y, más grande aún, es la admiración que siente por ella con la forma que tiene de contestarle a sus provocaciones.
Sara ha regresado al comedor sin reponerse todavía de la llamada.
—¿Quién era? —pregunta su madre.
—Em, era una llamada del trabajo, nada importante —contesta sin mirarla a la cara—. ¿Empezamos a comer?
—Para no ser importante, traes la cara un poco roja. —Su amiga la provoca mientras mira a la madre de Sara significativamente.