La esencia del bambú Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Aurora, no tenías que haber traído nada —la riñe Irene—, ya le dije a Santiago que hemos comprado comida de sobra.

—Ya lo sé, pero no podíamos venir con las manos vacías. Estoy segura de que tú habrías hecho lo mismo.

—Supongo que tienes razón, pero cuando os vayáis os llevaréis unos quesos.

—Eso está muy bien, no voy a despreciarte ese rico manjar. Eres muy amable.

—Sindy, para ti también hay, y no lo digo porque nos hayas traído un regalo tan suculento.

—Ya lo sé, sois muy generosos conmigo y es lo menos que podía hacer. Sara me dijo que os encanta el caviar, y se me ocurrió que estaría bien para el aperitivo.

—¿Qué te parece si vamos a la cocina y lo vas poniendo en los platos de la forma que tú veas mejor? Aurora y Sara pueden encargarse de ir sacando los platos cuando estén listos.

—Mamá, ya nos avisas, yo voy con Aurora a ver si necesitan algo mis cocineros favoritos. —De pronto le suena el móvil—.  Ay, qué alegría, es Alberto el que llama.

—Hola, “reina mora”, ¿te llamo en mal momento?

—Eso no lo pienses jamás “pequeño héroe”, sabes que me puedes llamar todas las veces que quieras —expresa con los ojos brillantes de emoción.

—Ya lo sé, era broma.

—¿Es mi nieto el que está al teléfono? Anda, dámelo que quiero saludarlo —pide quitándoselo de la mano.

—Hola, “guaje”, ¿qué tal te tratan los americanos?

—Muy bien, abuela. Son algo diferentes a nosotros, pero muy bien. ¿Y los abuelos, están por ahí?

—Sí, espera un momento que voy a pasarles el teléfono. Sara, ahora vuelvo, después ya hablarás con él tranquilamente.

—De acuerdo, voy a servirme una copa de vino mientras espero.

—¿Me puedes poner a mi otra? —le dice Aurora.

—Claro —añade tratando de sonar alegre—, y para ti también. —Señala mirando a su amiga.

—No quiero que hoy te pongas triste, por favor —le pide Sindy intuyendo su estado de ánimo—, tu hijo está disfrutando, y eso es suficiente para que estés feliz.

—Ya lo sé, pero no puedo remediarlo. Son fechas agridulces, y en este momento estoy un poco agria.

—Eso lo vamos a solucionar. Aurora, vamos a hacer que Sara esta noche se lo pase bien.

—Por supuesto, esta noche no puede estar nadie triste; todos tenemos motivos para estarlo, pero no vamos a dejarnos llevar por la melancolía.

—Voy a ponerle otra copa a mi madre, así cuando vuelva podemos brindar.

—Ya estoy de vuelta, toma el teléfono.

Sara no quiere que su hijo note su aflicción, así que dando un hondo suspiro empieza a hablar con él y con Blanca animadamente.

—Aurora: Santiago me ha pedido que le lleves la bufanda que se ha dejado en el sofá porque tiene miedo de resfriarse. Sindy, mientras mi hija habla por teléfono, acompáñame a la cocina, por favor.

—De acuerdo —responde siguiéndola.

—Ahora que estamos solas, me gustaría pedirte que seas sincera y me cuentes qué tal le va a mi hija —ruega, retorciéndose las manos—. La he visto más delgada y no estoy tranquila. No quiero preguntarle para que no se ponga a la defensiva, así que, por favor, dime la verdad.

—Últimamente lleva mucho estrés por culpa del trabajo, y el hecho de tener a Alberto tan lejos no debe ser fácil para ella. Pero también te puedo asegurar que está mucho mejor que antes, tú ya me entiendes.

—Sí, la veo animada, pero tengo tanto miedo.

—No te preocupes, Rocío y yo estamos atentas. Además, últimamente está muy entretenida con el padre de Blanca.

—¿Qué quieres decir? —pregunta abriendo mucho los ojos.

—Justamente lo que has oído. Ha quedado alguna vez con él, y a pesar de su insistencia en que ese hombre la saca de quicio, la verdad es que se nota que se lo pasa muy bien, aunque ella todavía no se esté dando cuenta.

Pero por favor, no le digas nada, podría enfadarse conmigo y no quiero perder su amistad.

—No te preocupes porque mis labios están sellados, pero dime una cosa —susurra entrecerrando los ojos—, ¿crees que podría haber algo entre ellos?

—Yo no diría tanto, pero de momento habrá que conformarse con eso.

Durante la cena, la conversación ha girado en torno a las costumbres de cada país a la hora de celebrar las fiestas.

—Nicolas, no quiero ofenderte —le pincha Sindy para provocarlo—, pero en Suecia hace un frío horrible por estas fechas, por no decir que a las cuatro de la tarde ya es prácticamente de noche.

—No me ofendes, te aseguro que, a pesar de tener aquí unos paisajes muy bonitos, no se pueden comparar con las preciosas vistas que tenemos allí.

—Cuéntanos, tío Nico, ya que no nos invitas a ir a tu casa, por lo menos dinos que hay en estas fechas —le dice su sobrino Rodri.

—Pues como acabo de decir, los paisajes parecen sacados de un cuento.

También hay varios mercados navideños y las casas se adornan mucho por dentro y por fuera.

—De pronto se levanta y dice—. Se me acaba de ocurrir una idea.

¿Por qué no venís el año que viene a pasar todos la Navidad?

Sindy, tú también estás invitada, a pesar de haber intentado hacerme rabiar.

—Oh, lo siento, no era mi intención. Bueno, es mentira, no lo siento. ha sido un placer provocarte —le dice muy sonriente—, pero acepto encantada.

—Tío, seguro que lo dices porque llevas dos copas demás, mañana se te habrá olvidado.

—Pablo, te aseguro que voy sereno, y lo que digo va en serio. Estáis todos invitados el año que viene.

—Tía Sara, ya puestos a invitar, a ver si te estiras un poco y nos invitas a pasar algún día este verano en tu hotel.

—Rodri, no seas descarado —le regaña su padre—. El hotel no es suyo, y no puede ir libremente invitando a la gente.

—No puedo invitar, pero puedo hacer una reserva especial para mi familia que correrá por mi cuenta. Ya os diré este verano las fechas que me vienen mejor y os invito a pasar unos días.

—Mañana, seguramente, ya no os acordareis ni el tío Nico ni tú, así que voy a por un papel para que lo pongáis por escrito. —Todos ríen por la ocurrencia de Rodri.

Sentados delante de la chimenea, los dulces y el champán están haciendo que el final de la velada se alargue hasta muy tarde.

Hace un rato que Aurora y Santiago se han ido muy contentos porque lo han pasado realmente bien, se han excusado, pues mañana se van a comer a casa del hijo de Aurora y el trayecto en coche es de casi dos horas, y quieren ir descansados.

—¿Quién se apunta mañana a correr un rato por la playa?

—Rodrigo, antes de que tu hermana se presente voluntaria, y de paso, me comprometa a mí, ya te digo que no contéis conmigo. Estoy de vacaciones y no entra en mis planes cansarme innecesariamente —confiesa Sindy muy solemne.

—Yo sí que me apunto —interviene Nicolas—. Hace mucho tiempo que no salimos juntos y la idea me gusta.

—Sindy, ¿me vas a dejar sola con ellos?, creía que eras mi amiga.

—Y quiero seguir siéndolo, pero ni siquiera me he traído zapatillas para correr.

—Eso no es problema, yo tengo para las dos. —Sindy tuerce el gesto—. Anda, vamos a demostrarles a estos dos que somos unas gacelas.

—Aceptamos el reto. Si perdemos nosotros —cuenta señalando a Rodrigo con suficiencia—, que lo dudo, haremos la comida de mañana. De lo contrario, la haréis vosotras.

—Mira por dónde, ya me apetece eso de salir a correr porque los retos son lo mío —confiesa mirando a su amiga—. Espero que las zapatillas sean de mi número.

—No te preocupes, sé perfectamente que te van a venir bien. Vámonos a dormir que mañana al amanecer tenemos una carrera.

—Oye, creo que ya me estoy arrepintiendo. ¿Va en serio que tiene que ser al amanecer? —pregunta frunciendo las cejas—, ¡si faltan apenas cinco horas!