La esencia del bambú Capítulo 18
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Capítulo 18

Al final de la comida, Jaime se ha disculpado con todos, alegando que tiene que llevar a Sara de vuelta al trabajo, pues se ha negado en rotundo a pedir un taxi como ella le ha sugerido.

Carmen y Eduardo se van al club a tomar una copa con Román y Yuri, que han decidido acompañarlos en el último momento cuando se han enterado de que Silvia llevaba algo de prisa, ya que había quedado con su amiga Elizabeth.

—No tenías que haberte molestado en acompañarme —menciona cuando suben al coche.

—A pesar de ser un caballero de cartón piedra —responde mirándola divertido—, cumplo con mi palabra de vez en cuando.

—No voy a cambiar de opinión tan fácilmente —dice abrochándose el cinturón—. Ahora en serio, me ha sabido muy mal que no te fueras con ellos a tomar una copa.

—Cuando vuelva de dejarte en el hotel, ellos aún estarán allí, no te preocupes más por eso.

»Tampoco quiero que te sientas mal con lo que ha ocurrido con Silvia, cuando quiere suele ser bastante molesta.

Pero he de reconocer que me ha sorprendido lo bien que has sabido manejar la situación.

—Aún siente el calor en su mano cada vez que recuerda dónde la tenía puesta, pero nunca se lo confesará.

—Me cabrea muchísimo que se ponga en duda la honorabilidad de mi marido. Él no puede defenderse, pero yo sí puedo hacerlo, y es muy duro escuchar todas esas acusaciones cada vez que nos vemos. Ella aprovecha cualquier excusa para justificar su frustración, porque su hijo no es el novio de Blanca.

—Eso mismo le he dicho varias veces. —Aunque tenía el presentimiento de que esa no era la única razón—. Ella siempre ha vivido con esa esperanza y nunca va a aceptar que ellos se quieran muchísimo, pero no del modo que a ella le gustaría.

—También ha sido muy cruel al insinuar que Alberto está en Estados Unidos porque tengo dinero adquirido de modo fraudulento —declara con los puños apretados.

—Yo sé perfectamente que tú no mientes. En el fondo me siento culpable porque al enterarme de que mi hija iba en serio con Alberto, hice mis averiguaciones, y seguramente no estuve acertado con algunos comentarios.

Por eso ahora todo se vuelve en tu contra y me cabrea bastante que lo estés pasando mal.

—Eso también ha ayudado, la verdad.

—Pero dime una cosa —ella lo mira—, estoy seguro de que tú también buscaste información sobre nuestra familia, es lo normal en estos casos.

—Si que lo hice, pero no me dediqué a juzgarte antes de conocerte.

—¿¡Cómo que no!?, pero si me matabas con la mirada el primer día que nos vimos —expresa riendo.

—Eso fue porque a Alberto no lo veías con buenos ojos —se excusa tratando de defenderse—. Si lo hubieras tratado bien, yo jamás te habría juzgado.

—¿Alberto te decía que lo trataba mal?

—No. Jamás me ha dicho nada malo de ti, eran sus amigos los que me iban contando cosas. Él siempre lo ha negado restándole importancia.

—Ya te dije que lo habría tratado igual, aunque fuese el hijo del rey, porque mi hija es sagrada para mí.

Tardé un poco en aceptar que mi niña ya es una mujer, y que es ella la que debe elegir con quién quiere salir, pero no voy a pasarme la vida dando explicaciones de mis actos, ya que lo volvería a hacer igual si se dieran las mismas circunstancias.

También ayudó el hecho de ver que tu hijo es un gran chico.

De haber sido de otra forma le habría arrancado los coj…

—Bueno, bueno, para el carro —lo interrumpe alzando las manos—. Ahora que hemos aclarado las cosas, vamos a cambiar de tema. ¿Qué te parece?

—Sí, mejor lo dejamos así. Hablemos del tema que está ahora de moda: ¿Dónde vas a pasar estas Navidades?, ¿vas a hacer algo especial?

—No, van a ser unas fiestas normalitas .

Me voy a casa de mis padres con una amiga a pasar Nochebuena y Navidad.

Y en Nochevieja, voy a trabajar —explica encogiéndose de hombros—.

No quiero pararme a pensar cuánto voy a echar de menos a mi hijo.

Carmen me ha dicho que vais a pasar la Nochebuena en familia y te he escuchado decir que Fin de Año vas a casa de tu padre.

—No voy a casa de mi padre en Fin de Año —ha decidido ser sincero con ella—, es una mentira para que Silvia me deje en paz.

Mi padre y su nueva mujer se van a la finca de unos amigos esa noche, y yo no pinto nada con ellos.

Aún no he decidido con quién voy a cenar; invitaciones no me faltan, pero no es algo que me preocupe.

—Gracias por traerme de vuelta —le dice cuando llegan al hotel—, habría sido una comida muy agradable si hubiéramos sido solamente seis comensales.

—Te prometo que la próxima vez no van a haber sorpresas de última hora —puntualiza dándole un afectuoso apretón en el hombro—. Aun así, hoy me has demostrado lo bien que sabes defenderte, aunque haya sido a costa de fingir que podría haber algo entre nosotros.

—No era esa mi intención —dice poniéndose roja—, pero ha sido lo primero que se me ha ocurrido. Lo siento.

—No lo sientas, me he divertido después de todo. —Sonríe guiñándole un ojo—. Vamos a dejarlo así.

—Sí, mejor lo dejamos —empieza a decirle cuando baja del coche—. Antes de volver al trabajo me gustaría desearte unas felices fiestas, a pesar de no tener a nuestros cachorros estos días a nuestro lado.

—Bueno, ya son mayores y tienen sus planes, ni que decir tiene que no podemos detener el curso de sus vidas, por mucho que nos duela —explica poniéndose a su lado—. Si no nos vemos, Feliz Navidad.

—Lo mismo te deseo, aunque no lo creas —le dice riendo nerviosa mientras se aleja.

Jaime se ha quedado mirándola hasta que la ha visto entrar al hotel con la sensación de haber perdido la ocasión de despedirse de otra forma.

Lleva media hora intentando definir lo que siente cada vez que está junto a esa mujer, pues lo embruja y lo desconcierta a partes iguales, y esa combinación le resulta, cuanto menos extraña, y a la vez peligrosa.

Lo que también le lleva a pensar, que ya es hora de hacer esa llamada que lleva algún tiempo posponiendo.

Sin perder ni un minuto más, marca el número de alguien que puede serle muy útil.

—Hola (...). Sí, soy el mismo (...). Me va de puta madre (...).

Supongo que tú también estás bien, a pesar de llevar cinco años fuera de circulación (...).

Me gustaría quedar contigo para hablar de un asunto: Quiero comprobar que sigues siendo el mismo de siempre (...).

Necesito que hagas algo por mí, te lo voy a compensar sobradamente, ya que es algo muy delicado y requiere de tu destreza.

Tendrás que moverte al margen de la ley (...).

Sí, es bastante importante, si no, no te lo pediría (...).

De acuerdo, cuando pasen fiestas nos vemos y te pongo al día (...).

No no, mejor lo hablamos en persona. Ya quedaremos un día y nos tomamos una copa mientras te lo cuento detalladamente, seguro que te apetece que te dé un poco el sol (...).

Me he alegrado mucho de volver a hablar contigo.

Oye, no quiero que comentes nada a nadie, esto es entre tú y yo (...). Gracias, hasta pronto.

—Si no me sueltas la mano, la sangre no me va a circular. No sé si te has fijado, pero el avión ya está en el aire.

—Perdón —se disculpa alzando las manos—. No me había dado cuenta.

—No entiendo, con lo decidida que eres para algunas cosas y en cambio para esto eres tan miedosa —le dice Sindy moviendo los dedos—. ¿Te das cuenta de que por mucho que te coja la mano, si el avión se estrella vamos a morir igual?

—Sí, pero nos van a encontrar juntas como buenas amigas.

—Los trocitos quedarán esparcidos igual.

—Por favor, no hace falta que me animes más, vamos a pedirnos algo de beber que me lo he ganado.

Al llegar al aeropuerto, los padres de Sara las están esperando.

—Hola, mamá —saluda dándole un fuerte abrazo—. Hay que ver las ganas que tenía de estar aquí con vosotros.

—Hola, cariño —contesta con los ojos brillantes—. Nosotros también hemos ido contando los días que faltaban para estar juntos.

—Me alegro mucho de verte Sindy, hay que ver lo guapa que estás siempre, no entiendo cómo estás soltera.

—Irene, por eso estoy tan guapa, porque no tengo que aguantar a ningún hombre —le dice en tono alegre.

—Ay, qué graciosa eres —comenta la mujer dándole dos besos.

—Mamá, vamos a hacer que mi amiga engorde unos cuantos kilos estos días.

—Eso está hecho, y a ti tampoco te vendría mal engordar algún kilito. He comprado comida para tres meses, tus hermanos ya están en casa y la mesa siempre está dispuesta.

– Hola, Sindy cuánto nos alegramos de que hayas decidido acompañarnos en estas fiestas. –le saluda Selmo.

—Es un honor que me hayan invitado —admite con una sonrisa.

—Vamos a por las maletas, que ya estoy deseando ver al resto de mi   familia; hace mucho tiempo que no los veo —dice agarrando a su amiga del brazo.

Las risas y los villancicos llenan el salón de la familia Guzmán, decorado con todo tipo de adornos navideños.

Tirados en la alfombra están jugando los hijos de Rodrigo, que también han venido a cenar.

Rodri tiene dieciséis años y Pablo catorce.

Sus padres se divorciaron hace seis años, pero mantienen una buena relación, y por el bien de sus hijos, dejan que sean ellos los que decidan con quién quieren pasar las fiestas.

El padre de Sara, Rodrigo, Nicolás y Santiago, son los encargados de asar la carne en una barbacoa cubierta que hay en el patio trasero. El resto de la familia va a empezar a preparar la mesa mientras no dejan de hablar todos a la vez.

Sindy no puede dejar de pensar en su familia, con la cual siempre se ha sentido desplazada.

En cambio, en esa casa se respira amor, lo que le hace ser consciente de todo lo que se ha perdido en su vida.

Al principio no le seducía la idea de ir a pasar las fiestas con ellos, pero ahora, se ha dado cuenta de que ha sido la mejor decisión que podía tomar.

No recuerda una Navidad en la que disfrutara tanto.