La esencia del bambú Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

—Id vosotros solos, este año voy a casa de mi padre. Hace tiempo que no ceno con él y se ha alegrado mucho cuando se ha enterado. —Carmen lo mira sorprendida, pero no dice nada.

—Vaya, qué pena, con lo que se disfruta en la nieve, ¿verdad, Sara? —La mira sin comprender, mientras Silvia añade en tono desafiante—. A ti no sé si te gusta el polvo blanco, sin embargo, a tu marido por lo visto, le gustaba más de la cuenta, ¿no es así?

—¿Qué insinúas? —inquiere dejando el tenedor con mucho cuidado sobre la mesa—. Habla claro.

—No insinúo nada. Sabes de lo que hablo y todos los que estamos aquí también. No hace falta que te recuerde, que lo que llevó a tu marido a su trágica muerte fue…

—¡Basta! —la corta Jaime—. No voy a tolerar que insultes a Sara en mi casa.

—No la estoy insultando, hablo de los hechos que están demostrados.

Sigo sin creer que ella no supiera nada.

No la veo tan tonta para no darse cuenta de que entraba dinero en su casa con demasiada alegría, porque su hijo no creo que esté estudiando en el extranjero por amor al arte.

Estoy convencida de que los dos estaban confabulados, y tarde o temprano saldrá la verdad —alega mirando a cada uno de ellos—.

Dudo que vosotros penséis diferente a mí.

Sara trata de ponerse en pie para darle una bofetada antes de marcharse, pero una mano se lo ha impedido al aferrarse firmemente sobre su muslo. Mientras todos hablan a la vez para afear su conducta, Jaime le ha susurrado al oído, “si te vas, ella habrá logrado su objetivo”.

De repente, esas palabras han actuado de freno, y también esa mano que no se ha apartado ni un milímetro. Por eso, ha decidido defenderse, pues él tiene razón.

—Silvia, ¿por qué intentas destruirme?, siempre estás con el mismo tema.

Sabes que nunca ha habido nada contra mí —comenta hablando con una calma que no siente—.

¿Te he hecho algo reprochable para que me odies tanto?

Porque por más vueltas que le doy, no encuentro ningún motivo por el cual siempre estés así conmigo.

A no ser…  —mirando a Jaime continúa en el mismo tono—, que sientas celos por algo que yo puedo tener, y en cambio, tú no.

La cara de los presentes se podría enmarcar. El silencio es sepulcral, mientras observan a Silvia sin parpadear para ver si consigue salir airosa.

—Aprecio muchísimo a Jaime, pero no de la forma que insinúas —afirma mirándola con aversión—.

No me gustaría verlo envuelto en ningún escándalo relacionado con temas turbios.

Por no mencionar a Blanca, a la cual quiero como a una hija y me dolería verla sufrir por relacionarse con personas corruptas —le dice en tono afilado.

—Silvia, sigues sin responderme, esas excusas son bastante endebles.

Intenta buscar un argumento más firme, seguro que lo puedes hacer mejor.

Qué fácil te está resultando, hablar mal de mi marido sabiendo que no se puede defender.

Parece mentira que seas tan buena abogada —suelta riendo sin ganas—.

Anda, haz un esfuerzo y busca otro argumento, porque ese, ya empieza a aburrir.

Jaime sigue sin apartar su mano, pero ha aflojado la presión.

Está maravillado por la forma en que Sara está manejando la situación.

Pocas veces ha visto a Silvia contra las cuerdas.

Aun así, no va a dejar que las cosas vayan demasiado lejos para ninguna de las dos.

Sin embargo, de momento no va a intervenir, ya que siente curiosidad.

—No voy a caer en tu juego, sabes perfectamente que digo la verdad. Algún día todos me darán la razón cuando vean que no eres tan inocente cómo nos quieres hacer creer.

—¿Cómo, presentando otra denuncia falsa?

—La próxima vez no vas a tener tanta suerte. Jaime no quiere ver lo que eres realmente, pero yo debo defender sus intereses para que no salga perjudicado.

—Silvia, agradezco tu interés hacia mí —interviene Jaime en tono tranquilo—, pero no necesitas defenderme de nada, tengo edad suficiente para librar mis propias batallas.

Y en este caso no hay ninguna guerra, esa solamente está en tu imaginación.

Es mejor que dejes de insistir, sabes perfectamente que nunca ha habido nada en contra de Sara y jamás lo habrá porque es inocente —todos los demás asienten para mostrar la misma opinión—.

No creo que hayas recorrido tantos kilómetros —sigue en el mismo tono— para hablar de algo que no nos concierne a nadie. Así que déjalo ya o márchate.

—De acuerdo, voy a dejarlo —«De momento», piensa—, no quiero parecer que vivo obsesionada, por más que me cueste creer que no estuvieras al tanto de los “chanchullos” de tu marido. Si es verdad que no sabías nada, te pido disculpas.

Ni Sara ni los demás han creído sus últimas palabras, pero van a dejar pasar el mal trago.

Jaime, por su parte, no tiene ganas de apartar su mano, se encuentra muy a gusto pese a la situación vivida momentos antes. Sin embargo, ha decidido apartarla, ya que tiene miedo de que esta, empiece a moverse hacia donde no debe.