Capítulo 17
Se acerca el fin de semana y Sara no ha tenido tiempo ni de respirar, la organización de la cena de los embajadores y las reuniones de última hora la han dejado extenuada; por eso ha decidido no quedar a comer con sus amigas este jueves, porque prefiere descansar.
Lo que hoy no ha querido perdonar es el rato de salir a andar por la playa, porque siempre le ha reconfortado escuchar el mar mientras recorre la costa.
Durante la caminata, repasa mentalmente todas las cosas pendientes que tiene, hasta que llegue el momento de hacer las maletas para desconectar unos días del trabajo; ese descanso le va a venir fenomenal.
De pronto suena su teléfono y decide contestar, a pesar de no tener muchas ganas de hablar con él.
—Hola —saluda sin aminorar el paso, sintiéndose molesta por la interrupción—. ¿otra vez tú?
—Me encanta comprobar que te alegras de escuchar mi voz.
—Oh, ¿tanto se me ha notado? —contesta riendo sin querer.
—¿Es un mal momento para hablar? No quiero ser inoportuno, te escucho respirar agitadamente y no quisiera interrumpiros.
—Sí que es un mal momento. —Se detiene, sin hacer caso de la provocación—. Dime rápido para qué me has llamado, no me gusta parar a mitad de recorrido.
—El sábado he organizado una comida en la casa de la playa y me gustaría que vinieras.
—Lo siento, pero tengo demasiado lío y no tengo tiempo. —Esta vez no la iba a convencer—. Ya te dije que no, la última vez que nos vimos.
—Sería una lástima, porque Yuri y Román están muy agradecidos por la magnífica cena que organizaste para los embajadores, y les gustaría verte para darte las gracias de nuevo antes de irse de viaje a Seúl. También vienen mi hermana y su marido.
—La verdad es que tengo un montón de cosas que hacer antes de irme a Gijón; no te estoy poniendo excusas. Diles que no es necesario que me den las gracias otra vez, ya lo hicieron durante la cena y les dejé claro que ese es mi trabajo. Pero podemos quedar pasada la Navidad, ahora estoy muy ocupada.
—Vamos a hacer una cosa: el sábado a la una, voy a recogerte donde tú me digas, y así no tienes que molestarte en conducir. Después de comer, te llevo de vuelta.
—No insistas, por favor. En otra ocasión ya quedaremos con más tiempo. Mañana llamaré a Yuri para disculparme.
—Dime a qué hora paso a recogerte, porque dudo mucho que se venga abajo el hotel porque te ausentes unas horas.
—¿Nunca aceptas una negativa por respuesta? —protesta dando una patada en el suelo—. Te he dicho que tengo mucho trabajo estos días.
—Y yo no te lo discuto, solo creía que distraerte un rato mientras comes con amigos te iba a venir muy bien. Siento haberte molestado, no era mi intención agobiarte.
—A la una y media me recoges en la puerta del hotel. —Bufa poniendo los ojos en blanco—. Mira que eres manipulador. Pero cuatro horas, ni una más.
—¿Ves cómo no era tan difícil? —le dice triunfal.
—Creo que ya me estoy arrepintiendo —añade cabreada—, así que voy a colgar antes de cambiar de opinión.
Después de guardarse el teléfono vuelve a ponerse los auriculares pensando que ha sido un error dejarse convencer, tiene muy claro que no van a ser cuatro horas.
Además, no tiene muchas ganas de volver a comer con Jaime, pero ha aceptado porque le apetece pasar un rato con Carmen, su marido, Yuri y Román.
Mientras recorre la playa, ha decidido olvidarse de todo durante un rato.
Dejándose llevar por el sonido de las olas se ha puesto a correr despacio para disfrutar de ese momento de paz.
No ha querido pararse a pensar en los kilos que ha perdido, porque sabe que, en cuanto Rocío se dé cuenta, le va a echar el sermón.
Pero no puede remediarlo, dirigir un hotel tan grande requiere mucha responsabilidad y muchas horas de dedicación.
Al final del día, después de hablar un rato con su hijo por teléfono, se lo ha pensado mejor y ha decidido quedar con sus amigas el viernes por la noche. Sabe que están muy preocupadas por ella, ya que últimamente se han visto en el gimnasio el tiempo justo.
—No quiero que me riñáis como si fuera una niña —protesta de forma airada—. He venido a cenar y a divertirme.
—Eso está muy claro, pero no nos negarás que si sigues así te va a dar algo —se queja Rocío.
—Ya tengo más o menos la agenda bajo control, no seas exagerada. Llevo muchos años en esto y estoy acostumbrada.
—Sí, pero los años no perdonan y tus cuarenta y seis, no son moco de pavo.
—Sindy, este trabajo me gusta muchísimo y, aunque parezca que estoy al límite, puedo con esto y más. He estado enferma, embarazada, destrozada por la muerte de Yago —iba contando con los dedos—, y muchas cosas más, y a pesar de todo, siempre he llevado el trabajo en perfecto orden.
—Nadie duda de tu profesionalidad —le dice Rocío con las manos en las caderas—, pero los años van pasando y cualquier día te puedes llevar un susto, he notado tu bajada de peso por mucho que intentes disimular poniéndote ropa holgada.
Así que mañana, las tres, vamos a dedicarnos a ir de tapas y vinos todo el día. ¿Qué os parece?
—Por mí perfecto, me tomo el día libre, ya que soy la dueña de mi negocio y, además, me lo merezco.
—Imposible, yo trabajo —dice Sara con resignación.
—No creo que trabajes todo el día. Mañana es sábado, ¿qué horario tienes? A ver si podemos adaptarnos a ti.
—No puedo esta vez —dice de forma evasiva—. Mejor os vais solas y ya os acompañaré en otro momento.
—¿Pero qué horario tienes? —le insiste su amiga.
—Todo el día —contesta alzando las manos.
—Hagamos una cosa: pasamos a la hora de comer, te escapas un rato, así desconectas y te relajas y después vuelves a tu despacho.
—He dicho que la próxima vez iré con vosotras.
—Sara, estamos preocupadas por ti. Anda, haz caso a Rocío y vamos, aunque sea un par de horas.
—Mañana precisamente no puedo, lo siento ya he quedado para comer.
—No nos mientas, por favor, nos acabas de decir que trabajas todo el día.
—Es cierto, he quedado a comer.
—Mientes —le insiste Sindy señalándola con el índice—. Dinos ahora mismo con quién vas a comer, y procura que no se te note que quieres deshacerte de nosotras, porque de lo contrario, nos presentaremos mañana en el hotel para sacarte de un empujón.
—No es ninguna excusa. Os vais a sorprender cuando os diga que mañana viene Jaime a buscarme para ir a comer.
—Sus amigas lanzan un grito ahogado a la vez, y Sara aprovecha para seguir hablando—.
Son cuatro horas nada más y no estamos solos, su hermana y su cuñado también vienen junto con una pareja de amigos.
—Qué fuerte, no nos pensabas decir nada si no te hubiéramos propuesto comer mañana —le reprocha Rocío.
—Os lo habría contado de todas maneras, porque no tiene nada de especial.
—Ellos son lo de menos—remarca Sindy sonriendo—. Hace cuatro días no querías saber nada del abogado, y ahora quedas con él, a pesar del trabajo que tienes. No me digas que eso no es un cambio radical.
—A ver —dice tratando de razonar—, sigo sin soportarlo más que lo justo. Pero nuestros hijos nos han pedido que nos llevemos bien y eso es lo que tratamos de hacer.
—Si tú lo dices.
—Sindy, no busques cosas donde no las hay.
—Si tú lo dices —añade Rocío imitando a su amiga.
—Oh, no sé por qué he tenido que deciros con quién he quedado mañana, sabía que lo interpretaríais de forma torticera —dramatiza pasándose una mano por la frente—. Se trata simplemente de una comida, ¡por Dios!
—Si tú lo dices —dicen sus dos amigas a la vez.
El sábado ha mirado el reloj más veces de las que le gustaría, pero no puede remediar los nervios que siente.
Acaba de terminar la segunda reunión de la mañana y falta muy poco para irse a comer.
Con el tiempo justo, ha decidido cerrar su despacho por dentro para cambiarse de ropa, ya que no piensa ir con la misma que usa para trabajar.
Se ha puesto un pantalón ajustado de color cereza y un jersey blanco de lana fina con cuello vuelto, haciendo que resalte su roja melena.
Los zapatos negros de tacón alto, junto al bolso y el abrigo de paño del mismo color forman el conjunto que ha decidido ponerse para esa ocasión.
Se ha retocado el maquillaje, y se ha dejado suelta la melena, haciéndole sentir muy satisfecha cuando se ha mirado en el espejo del baño que hay en su despacho.
Cuando la jefa de recepción le ha comunicado que la estaban esperando, el corazón le ha dado un brinco sin poder remediarlo.
—Hola —saluda a Jaime ante la mirada mal disimulada de sus empleados—anda, vamos, que el tiempo empieza a correr.
—En tal caso, no perdamos más tiempo —le dice poniéndole la mano en la espalda, gesto que ya es muy habitual en él—. Tengo el coche en la puerta, para que veas que no se me ha olvidado que hoy voy a comer con Cenicienta.
—Oh, y yo me temo que voy a comer con el lobo feroz —dice saludando más contenta de lo habitual al portero—. Pon algo de música si no es mucho pedir, no quiero empezar a discutir contigo tan pronto.
—No sé si mis gustos musicales van a ser de tu agrado.
—Adelante, a ver si me sorprendes —responde sonriendo de medio lado—. Espero que no sea muy soporífera.
Diez minutos más tarde, Sara aún no sale de su asombro porque la música de Queen sale por los altavoces a un ritmo frenético.
—Jaime —baja ella un poco el volumen—, no me esperaba que te gustara este tipo de música.
—¿Qué música creías que me gustaba, Beethoven?
—Pues sí. —La mira, sorprendido—. Te veo tan estirado que no pensaba que te gustara este grupo.
—Me han llamado de todo en esta vida menos estirado, pero he de decirte que la música clásica no me disgusta, el rock me encanta, y a un buen flamenco tampoco le hago ascos.
Porque la buena música sea del estilo que sea, me gusta.
Y desde hace un tiempo, Pablo Milanés no me desagrada del todo —declara mirándola significativamente—.
Depende del momento y de mi estado de ánimo, me apetece escuchar una u otra.
Por ejemplo, en este momento te miro y me apetece un poco de marcha.