Capítulo 16 #3
Después de charlar los tres mientras toman unas copas, Sara ha descubierto que Enrique es un juez que se toma muy en serio su trabajo. En cambio, cuando sale de fiesta es un hombre muy divertido, y eso ha hecho que no paren de reír escuchando sus anécdotas.
Durante la noche se han acercado muchos amigos a saludar a Jaime y él la ha presentado simplemente como Sara , sin entrar en más detalles. Por eso ella se ha quedado pensando en lo que le había dicho Silvia, y la semilla de la duda empieza a germinar.
Cuatro horas más tarde regresan al hotel entre risas, recordando las historias de Enrique.
—Hacía una eternidad que no trasnochaba tanto.
—¿No sales nunca? —le pregunta extrañado.
—Sí, tengo dos amigas y salimos muy a menudo, pero no solemos estar hasta tan tarde por ahí. No creas que somos unas aburridas —le aclara rápidamente—, pero termino tan cansada del trabajo, que nunca me quedo mucho rato después de cenar. ¿Y tú, sueles retirarte tan tarde?
—Si la noche vale la pena, sí. —La mira de una forma que Sara no ha sabido interpretar.
—Bueno, ya hemos llegado. Ha sido una noche muy divertida, gracias por invitarme a cenar. También por todo lo demás que has hecho esta noche —él la mira interrogante—, como no haber consentido que Silvia cenara con nosotros.
—Tenía que evitar que salieras corriendo —dice riendo a carcajadas. Él era un buen abogado y con los años había aprendido a interpretar el lenguaje corporal.
—¿Tanto se me ha notado? —Se tapa la boca.
—Sí, lo llevabas escrito en la cara. —Después de pensarlo un momento, añade—: Por cierto, eso me recuerda que no hemos hablado nada relacionado con nuestros hijos, por lo que no nos queda más remedio que vernos otro día para cenar.
—No hace falta, para eso están los teléfonos —le dice restándole importancia con la mano.
—Pero no es lo mismo. ¿Tan mal lo has pasado conmigo? —pregunta mostrándose sorprendido.
—No es eso. Lo que quiero decir es que ambos tenemos mucho trabajo y vivimos a muchos kilómetros uno del otro.
—No me has contestado a la pregunta que te he hecho —insiste sonriendo—dime qué tal lo has pasado esta noche.
—Sabes que lo he pasado bien. —Él alza una ceja—. Bueno, muy bien. Pero es evidente que no podemos coincidir cada fin de semana al vivir tan lejos.
—En eso no hay problema, tengo que ir a la casa de la playa la semana que viene y podemos quedar. Debo reconocer, muy a mi pesar, que me has sorprendido.
—¿Yo?
—Sí, tú. Hoy he conocido una faceta muy divertida de ti y quiero comprobar si eres así realmente, o ha sido todo fruto de mi imaginación —le dice en tono burlón.
—Yo, en cambio, no quiero volver a cenar contigo. Por mucho que intentes hacerme creer que eres un caballero, en realidad no me convences en absoluto. —Sube las escaleras de forma airada.
—Anda, no seas cobarde y cena conmigo la semana que viene —le pide medio riendo.
—Ya lo pensaré, pero dudo mucho que cambie de opinión. —Alza las manos sin volverse a mirarlo.
Le encanta hacerla rabiar, por eso no ha querido dejar pasar la ocasión para provocarla antes de despedirse de ella. Hacía tiempo que no se divertía tanto, por esa razón, le apetecía volver a repetir.
A pesar de saber que las segundas partes nunca fueron buenas, intuía que eso último era una soberana estupidez.
Mientras va en el tren con los ojos cerrados, se ha puesto a recordar la cena de la noche pasada. Aunque no tiene intención de repetir, no deja de reconocer que disfrutó muchísimo, a pesar del incidente de Silvia.
Después de un largo viaje, llega por la noche a casa muy cansada y lo primero que hace es ir a la nevera para ponerse una copa de vino mientras se dispone a deshacer el equipaje.
—Jaime, ¿tienes un minuto? —le dice Alfredo entrando en su despacho a primera hora de la mañana.
—Dime, tengo uno y los que te hagan falta —contesta levantando la vista.
—Me voy unos días a Mallorca, pero no te preocupes porque he dejado todo arreglado para que no haya ningún problema en mi ausencia.
—¿Tu padre no va mejor?
—Ha empezado la quimio y mi madre me ha dicho que no lo lleva muy bien, por eso me gustaría estar con ellos.
—Por supuesto, vete los días que hagan falta. Si hay alguna duda ya te llamaremos, aunque conociéndote sé que lo has dejado todo en orden. ¿Silvia irá algún día?
—Lo dudo —se sincera mientras mira a Jaime—. Nunca se ha llevado bien con mis padres, y últimamente es mucho peor, ya que la hacen totalmente responsable de que David haya decidido vivir en la otra punta del mundo.
—Vuestro hijo ya es mayorcito para decidir dónde y con quién quiere vivir.
—Sí, eso ya lo sé, pero mis padres no opinan igual. De todas formas, no quiero que venga, me apetece estar tranquilo y ella se aburre allí. Por cierto, hablando de aburrirse —le dice riendo—, me ha dicho un pajarito que la otra noche te vieron muy entretenido.
—Ya os dije que teníamos que hablar sobre nuestros hijos, y aprovechamos que Sara estaba por aquí para hacerlo. No hay nada de extraño en quedar para cenar.
—Por lo visto fue una larga conversación —lo pincha quitándose una pelusa imaginaria de la chaqueta.
—No sé dónde quieres ir a parar. —Apoya los codos sobre la mesa.
—Se os vio de madrugada tomando unas copas —comenta pícaro guiñándole un ojo—. Por lo visto, no fue suficiente con la cena.
—Ah, es eso. —Sonríe intentando sonar desinteresado—. No seas mal pensado. Lo que ocurre es que nuestros hijos se empeñan en que nos llevemos bien, y eso es lo que estamos haciendo.
—Bueno, eso está muy bien. Ahora me voy, tengo que tomar un avión en menos de tres horas.
Ya sabes, si hay algún problema, Ana tiene mi agenda y te puede aclarar cualquier duda.
También le he pasado a Silvia un par de clientes que no podían cambiar su cita.
Por lo demás, todo está en orden. Ah, y ya que estoy en la isla aprovecharé para visitar a algunos clientes de allí.
—De acuerdo, dales un abrazo a tus padres de mi parte y no te preocupes, quédate todo el tiempo que haga falta.