Capítulo 16 #2
—Sí. Conocía a mi marido. Sus compañeros declararon que últimamente lo notaban reservado y algo nervioso, y eso les hizo sospechar que algo no iba bien.
El único que estuvo dándome su apoyo, y, además, siempre ha creído en su inocencia, ha sido Antonio.
Era el subcomisario en ese momento, y también su mano derecha.
Él también lo había notado raro en las últimas semanas, pero nunca pensó que estuviera metido en asuntos turbios.
Una y mil veces me ha confesado que se siente culpable porque jamás se imaginó que aquello pudiera estar ocurriendo sin haber sospechado lo más mínimo.
Ese día no estaba de servicio, por eso no estuvo presente en el momento que me dieron aquella horrible noticia, y eso también lo cabreó bastante.
Al final me dejaron en paz, después de varias semanas de continuas visitas.
No me permitieron ni un momento de sosiego, ni siquiera el día que viajé a Gijón a esparcir sus cenizas. Fui poco menos que una fugitiva.
»Sé que aún me vigilan las cuentas por si hay algo fuera de lugar. Pero se van a quedar con las ganas porque jamás, ¿me oyes bien? —concluye en tono firme—, jamás van a encontrar ni un céntimo que no haya sido ganado honradamente por mí, o del dinero que me han dado mis padres.
—Te creo cuando dices que él era un hombre íntegro, en cambio, hay pruebas más que suficientes que demuestran lo contrario —ella iba a contestar, pero él no la deja alzando la mano—.
¿Hay algo que vieras extraño en su comportamiento?
, ¿o que llamara tu atención? Porque me acabas de decir que sus compañeros cuentan que lo veían raro últimamente, y dudo mucho que tú no notaras, que algo no iba bien en las últimas semanas —indaga traspasándola con la mirada—.
¿Cuál fue ese detalle que te puso en alerta?
Se había propuesto contar la misma versión que a todo el mundo, pero decidió ser totalmente sincera con él.
Más tarde analizaría por qué, sintió la necesidad de verbalizar algo que siempre había estado guardado en sus más íntimos pensamientos.
Porque esa pregunta se la hicieron varias veces, y jamás contó nada a nadie por miedo a descubrir algo horrible.
—Sí, yo lo noté algo tenso los últimos días, aunque no era la primera vez que lo veía así —le aclara rápidamente—.
Al principio no le di mayor importancia, pero esa mañana estaba muy nervioso durante el desayuno.
Le pregunté si le preocupaba algo y me lo negó sin mirarme a la cara.
Su actitud era muy extraña. Por esa razón, le pregunté otra vez, y al final me dijo que me lo contaría en otro momento porque no quería llegar tarde a trabajar.
Era la primera vez que hacía algo así —le confiesa con un nudo en la garganta difícil de digerir—salió prácticamente corriendo, jamás se marchaba sin darme un beso porque siempre decía que quería despedirse de la mejor forma por si le pasaba algo.
—Solamente pudo aspirar su aroma cuando pasó sin detenerse por su lado, pero eso no se lo iba a confesar.
»Muchas veces me he torturado pensando que, si hubiera salido detrás de él, y le hubiera insistido en que me contara lo que le estaba pasando…
quizá, solo quizá, habría alguna esperanza de que aún continuara con vida, o por lo menos, tener todas las respuestas que me faltaban.
Él siempre me avisaba cuando había un cambio de planes para que no me preocupara, y ese día no hubo ninguna llamada. Eso es algo que tampoco entenderé.
—Puede que no fuera la primera vez que te mentía —le dice con cautela, tomando sus manos para tranquilizarla—, y esta vez te enteraste por lo que ocurrió después.
—No —asevera de forma tajante—. Tiene que haber una explicación, te repito que era un hombre honrado.
No tenía vicios, vivía para su familia, y su trabajo era su vocación desde pequeño.
¿Te ha pasado alguna vez que sientes que hay algo que se te escapa, por muy claras que estén las cosas?
No sé, siento que las piezas del puzle no encajan correctamente.
No hablo por estar enamorada de mi marido, es otra cosa.
Pero no quiero obsesionarme, tengo que vivir, a pesar de sentir que no tengo las respuestas adecuadas.
»Yago jamás habría hecho nada malo para hacernos sufrir, era un padre ejemplar —declara tratando de recomponerse al recordar aquellos días—.
Dios mío, si hubiera podido absorber todo el dolor que pasó el pobre Alberto, lo habría hecho sin dudarlo ni un segundo.
Sufrió demasiado siendo tan joven, por eso nunca voy a poner en duda la honorabilidad de Yago.
—¿Cómo están las cosas ahora? —Decide no presionarla más.
—Antonio es el único que sigue pendiente por si hay alguna pista que se pueda relacionar con otros casos, pero hasta ahora no ha encontrado nada para poder tirar de algún hilo.
—Sabes que leí todo lo referente al caso y he de decir que la investigación fue exhaustiva, y no encontraron ninguna duda sobre la implicación de tu marido en varios delitos.
—Ya lo sé, pero te aseguro, que, si le hubieras conocido bien, no pensarías que era un hombre corrupto, y mucho menos un asesino. En fin, creo que por hoy ya he hablado demasiado.
—Siento haber removido el pasado. —La inocencia de su marido no se sostenía por ningún lado, pero no pensaba decírselo para no causarle más sufrimiento.
—No te preocupes. Aunque no lo creas, ahora ya soy capaz de hablar de todo aquello con más entereza. El tiempo es como un bálsamo que va aliviando el dolor y me ha hecho ver las cosas con más calma. —Vuelve a sonreír—. Esta noche estamos aquí y me siento muy a gusto.
—Es cierto que cuando pierdes a alguien a quien amas, el mundo se hunde a tu alrededor y parece difícil seguir adelante, pero poco a poco las cosas van poniéndose otra vez en su sitio —había un punto de ternura en su voz—, y llega un día en el que te das cuenta de que no podemos pasarnos la vida pensando en el pasado, porque eso hace que no vivamos el presente.
Así que es mejor que cambiemos de tema —ella asiente—, yo también estoy disfrutando muchísimo.
—Se me ha pasado la noche volando —le dice volviendo a sonreír, mientras le mira su corbata.
—¿Qué te parece si nos vamos dando un paseo hasta tu hotel? —Le devuelve la sonrisa.
—Me parece una idea estupenda, pero antes voy un momento al cuarto de baño.
Sara se ha levantado, y al ir caminando hacia allí, se ha dado cuenta de lo fácil que ha sido hablar con él. Haberse sincerado con Jaime le ha venido muy bien y eso la ha sorprendido.
Sin perder la sonrisa entra en el baño, abre el grifo para refrescarse la cara y al mirar al espejo ve a Silvia detrás de ella.
—Que bien lo debes estar pasando —dice con rabia contenida—. Eres una inconsciente. ¿No te has parado a pensar que a él lo pones en una situación comprometida?
—¿A qué te refieres? —pregunta dándose la vuelta para mirarla a la cara.
—Él tiene una reputación, y tú puedes ponerlo a los pies de los caballos. Si alguien lo ve contigo y se entera de tu pasado, perdería el prestigio que tiene como abogado.
—Si eso fuera verdad, no habría insistido en invitarme a cenar.
Además, yo no tengo nada de lo que avergonzarme.
En cambio, tú eres la única que le ha puesto en una situación incómoda, porque ha dado la sensación de que te apetecía más cenar con él que con tu marido —menciona mirándola de arriba a abajo—.
Como bien has dicho antes, una debe saber cuándo está demás, y esta noche esa eras tú.
—Qué sinvergüenza eres, no creas que a mí me vas a engañar como a los demás. Te juro que encontraré el modo de ponerte en el lugar que te corresponde —añade saliendo por la puerta.
Sara ha decidido no decirle nada a Jaime, puesto que no quiere darle mayor importancia; sabe lo que pretende esa víbora, e intuye que el motivo es que no lleva nada bien la relación de Alberto y Blanca, y aprovecha cualquier ocasión para hacerle daño.
Así que ha inspirado unas cuantas veces para tranquilizarse antes de volver a la mesa con su codiciado acompañante.
—¿Vamos a tomar la última copa? —dice Jaime cuando llevan un rato caminando.
—Sí, ¿por qué no? —le grita su subconsciente. Sabía que esa noche le iba a costar mucho dormir—. Mañana no sale mi tren hasta las tres, así que puedo levantarme más tarde.
—En tal caso, vamos a un sitio que conozco que no queda muy lejos de aquí —dice pasándole una mano por la cintura para cruzar la calle.
Al llegar al local de copas, el portero lo saluda llamándolo por su nombre, y eso le confirma a Sara, que es cliente habitual.
—Vamos al salón de arriba que está menos concurrido —señala una escalera que hay en el lateral—. Aquí hay demasiada gente.
—De acuerdo.
Mientras caminan, Jaime ha decidido tomarla de la mano para no perderla. Sara ha agradecido que hubiera poca luz porque se ha puesto colorada ante ese gesto, pero no piensa soltarse para no perderse por el camino.
—Hola, Jaime, cuánto tiempo sin verte por aquí —lo saluda un hombre de algo más de sesenta años, moreno con el pelo engominado y gafas de montura dorada—, y ahora me acabo de dar cuenta del motivo de tu ausencia.
—Hola, Enrique. —Estrecha su mano.
—¿No me vas a presentar a esta preciosa desconocida? —sugiere mirándola de arriba a abajo sin ningún pudor.
—Ella es Sara y este granuja es Enrique, un viejo amigo.
—Hola, un placer conocerte; soy su amigo —sonríe amablemente—, pero de viejo nada.
—Encantada de conocerte —dice tendiéndole la mano rápidamente, para evitar que se le acerque, gesto que a Jaime le hace mucha gracia.
—Coño, Jaime, ¡qué corbata tan bonita llevas!
—La primera que he cogido al abrir el cajón, no sabía que te fijaras en esas nimiedades.
—Me ha sorprendido, eso es todo. Por cierto, ya era hora que le dieras un toque de color a tu vida —menciona mirando a Sara significativamente.